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De la paz de Westfalia a la ley de la jungla

El asesinato del general iraní Qasem Soleimani por parte de Estados Unidos el 2 de enero fue un acontecimiento de enorme trascendencia.

El general Soleimani era la figura militar de mayor rango en Irán, un país con 80 millones de habitantes, y tras 30 años de celebrada trayectoria había llegado a ser universalmente querido y admirado. La mayoría de analistas consideran su influencia solo por debajo de la del ayatolá Alí Jamenei, el anciano Líder Supremo del país, y existen importantes indicios de que se le había instado a presentarse como candidato a la presidencia en las futuras elecciones de 2021.

Las circunstancias de su muerte, perpetrada en tiempos de paz, fueron también bastante extraordinarias. El vehículo en el que iba fue incinerado por un misil lanzado desde un dron Reaper estadounidense cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad, en Iraq, poco después de haber llegado allí en un vuelo comercial corriente para participar en unas negociaciones de paz que originalmente habían sido propuestas por el propio gobierno estadounidense.

Nuestros medios de comunicación principales no ignoraron la gravedad de este súbito e inesperado asesinato, tratándose además de una figura de tremenda importancia política y militar, y le dedicaron buena parte de su atención durante un tiempo. Un día o dos después de producirse, la página de portada de mi New York Times matinal estaba llena casi por completo de noticias relacionadas con el suceso y sus implicaciones, además de dedicarle varias páginas en el interior. Más tarde, esa misma semana, el periódico estrella del país dedicaba más de un tercio de todas sus páginas a su sección principal en torno a esta misma noticia.

Pero incluso una cobertura mediática tan copiosa por parte de veteranos periodistas no logró poner el suceso en su adecuado contexto. El año pasado, la administración Trump declaró a la Guardia Revolucionaria iraní como una “organización terrorista”, recibiendo por ello numerosas críticas e incluso burlas de parte de muchos expertos en seguridad nacional, que reaccionaron con incredulidad ante la idea de clasificar a una de las ramas principales de las fuerzas armadas iraníes como “terroristas”. El general Soleimani era uno de los mayores oficiales de dicho cuerpo, y esto, aparentemente, le proporcionó a Estados Unidos una excusa suficiente como para asesinarlo a plena luz del día mientras ejercía como diplomático en una misión de paz.

Pero ha de notarse que el Congreso ha estado ponderando aprobar una ley que declararía a Rusia oficialmente un “estado patrocinador del terrorismo”, y Stephen Cohen, el afamado experto en estudios sobre Rusia, ha argumentado que ningún líder político extranjero desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido tan masivamente demonizado por los medios estadounidenses como Vladimir Putin. Durante años, muchos airados tertulianos han condenado a Putin como “el nuevo Hitler”, y algunas prominentes figuras públicas incluso han hecho llamamientos a su derrocamiento o hasta su asesinato. De modo que, a día de hoy, nos encontramos a solo un par de pasos de distancia de embarcarnos en una campaña pública para asesinar al líder de un país cuyo arsenal nuclear podría aniquilar rápidamente al grueso de la población estadounidense. Cohen ha advertido en reiteradas ocasiones de que el peligro de entrar actualmente en una guerra nuclear puede ser incluso superior al que existía durante los días de la crisis de los misiles de Cuba en 1962. ¿Podemos desestimar por completo su preocupación?

 

Incluso si nos concentrásemos solo en el asesinato del general Soleimani e ignorásemos por entero sus peligrosas implicaciones, parece haber pocos precedentes modernos de este estilo de asesinatos políticos de alto nivel ejecutados por un país contrario. Al buscar ejemplos pasados, los únicos que se me ocurren ocurrieron hace casi tres generaciones, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando unos agentes checos asistidos por los Aliados asesinaron a Reinhard Heydrich en Praga en 1941, y cuando más tarde el ejército estadounidense derribó el avión del almirante japonés Isoroku Yamamoto en 1943. Pero estos sucesos ocurrieron en el fragor de una brutal guerra global, y los líderes aliados no los presentaron como asesinatos políticos oficiales. El historiador David Irving cuenta que cuando uno de los consejeros de Adolf Hitler sugirió que se intentase asesinar a los líderes soviéticos en esa misma guerra, el Führer alemán censuró inmediatamente tales prácticas como violaciones evidentes de las leyes de la guerra.

En 1914, el asesinato terrorista del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio austrohúngaro, estuvo ciertamente organizado por elementos fanáticos de los servicios de inteligencia serbios, pero el gobierno serbio negó vehementemente su participación en el asunto, y ninguna de las principales potencias europeas estuvo nunca implicada en la trama. La muerte del archiduque pronto llevó al estallido de la Primera Guerra Mundial, y, aunque fueron muchos los millones de hombres que murieron en las trincheras durante los años siguientes, habría sido completamente impensable para cualquiera de los principales países combatientes asesinar a los líderes de sus países enemigos.

Un siglo antes, las Guerras Napoleónicas habían arrasado el continente europeo durante la mayor parte de una generación, pero no recuerdo leer acerca de ninguna conspiración gubernamental para asesinar a líderes contrarios durante aquel periodo, ni mucho menos durante las guerras –mucho más caballerescas– del precedente siglo XVIII, cuando Federico el Grande y la reina María Teresa se disputaban militarmente el control de la próspera provincia de Silesia. No soy para nada especialista en historia europea moderna, pero, después de que la Paz de Westfalia en 1648 pusiera fin a la guerra de los Treinta Años y se estandarizasen las leyes de la guerra, no me viene a la mente ningún asesinato político de tan alto nivel como el del general Soleimani.

Las sangrientas guerras religiosas durante los siglos anteriores ciertamente sí vieron varias conspiraciones para asesinar a líderes contrarios. Por ejemplo, me parece que Felipe II supuestamente promovió varias tramas con el objetivo de asesinar a la reina Isabel I de Inglaterra sobre la base de que era una cruel hereje, y sus reiterados fracasos contribuyeron a que se decidiese a lanzar la desastrosa ofensiva naval que acabó con la derrota de la Armada Española. Sin embargo, siendo un devoto católico, probablemente habría recelado de utilizar una artimaña tan rastrera como invitar a la reina Isabel a unas negociaciones de paz para allí acabar con ella. En cualquier caso, aquello sucedió hace más de cuatro siglos, de modo que hoy Estados Unidos se ha situado en un terreno bastante desconocido.

 

Los diferentes pueblos tienen también diferentes tradiciones políticas, y esto puede tener un papel crucial a la hora de influir en el comportamiento de los países que estos establecen. Bolivia y Paraguay fueron creados a principios del siglo XVIII como apéndices del ya decadente Imperio español, y según Wikipedia han sufrido más de treinta golpes de estado exitosos a lo largo de su historia (la mayoría de ellos antes de 1950), mientras que México ha tenido media docena. En contraste con esto, los Estados Unidos y Canadá fueron fundados como colonias de pioneros anglosajones, y ninguno de los dos países ha sufrido nunca un golpe de estado.

Durante nuestra guerra de Independencia, George Washington, Thomas Jefferson y el resto de nuestros Padres Fundadores eran plenamente conscientes de que si su esfuerzo fracasaba, serían todos colgados por los británicos por su rebelión. Sin embargo, nunca he oído que temieran ser víctimas de la daga de un asesino, ni que el rey Jorge III llegase siquiera a plantearse emplear un método tan ruin. Durante el primer siglo y más de historia de nuestra nación, casi todos nuestros presidentes y otros altos dirigentes políticos tenían ascendencia británica, y los asesinatos políticos eran excepcionalmente raros, siendo el de Abraham Lincoln uno de los pocos que se me vienen a la mente.

En el apogeo de la Guerra Fría, nuestra CIA se involucró en varios complots secretos para asesinar al dictador comunista de Cuba, Fidel Castro, y otros líderes extranjeros considerados hostiles a los intereses estadounidenses. Pero, cuando estos hechos salieron luego a la luz en la década de 1970, provocaron una indignación tan tremenda en el público y los medios de comunicación que tres presidentes consecutivos –Gerald Ford, Jimmy Carter y Ronald Reagan– firmaron sucesivos decretos presidenciales que prohibían terminantemente que tanto la CIA como cualquier otra agencia del gobierno estadounidense llevase a cabo asesinatos.

Aunque algunos incrédulos pueden decir que estas declaraciones públicas fueron meros actos de cara a la galería, una reseña literaria de marzo de 2018 en el New York Times sugiere lo contrario. Kenneth M. Pollack pasó años como analista para la CIA y como asistente del Consejo de Seguridad Nacional de EE. UU., y posteriormente publicó varios influyentes libros sobre política exterior y estrategia militar durante las siguientes dos décadas. Pollack se había unido a la CIA en 1988, y abre su reseña diciendo lo siguiente:

Una de las primeras cosas que me enseñaron cuando me uní a la CIA fue que la agencia no practicaba asesinatos. A los nuevos reclutas se nos machacaba con ello una y otra vez.

Sin embargo, Pollack apunta con indignación que durante más del último cuarto de siglo, estas antaño sólidas prohibiciones han ido paulatinamente erosionándose, en un proceso especialmente acelerado desde los ataques del 11 de septiembre de 2001. Las leyes escritas no han cambiado, pero

Hoy parece que todo lo que queda de esa prohibición es un eufemismo.

Ya no lo llamamos asesinatos. Ahora son “eliminaciones de objetivos”, a menudo practicadas por medio de drones, y se han convertido en el arma predilecta de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo.

La administración Bush llevó a cabo 47 de estos asesinatos-pero-con-otro-nombre, mientras que su sucesor, Barack Obama, un académico constitucional y premio Nobel de la Paz, elevó su propia cifra a 542. No sin razón, Pollack se pregunta si acaso el asesinato no se ha convertido en “un medicamento muy efectivo, pero que trata solo los síntomas sin ofrecer cura alguna”.

Así pues, a lo largo de las últimas dos décadas la política estadounidense ha seguido una perturbadora trayectoria en cuanto al uso del asesinato como herramienta de política exterior; al principio restringiendo su aplicación solo a las circunstancias más extremas, luego ciñéndose a un pequeño número de “terroristas” de alto perfil escondidos en terrenos difíciles, y después escalando gradualmente hasta llegar a las varias centenas de víctimas. Y ahora, bajo el mandato del presidente Trump, se ha dado el fatídico paso por el que Estados Unidos se arroga el derecho a asesinar a cualquier líder mundial que no nos guste y que unilateralmente declaremos merecedor de tal destino.

Pollack había hecho carrera como demócrata en la era Clinton, y es más conocido por su libro de 2002 titulado The Threatening Storm, que apoyaba firmemente la propuesta de Bush de invadir Iraq y fue enormemente influyente, contribuyendo a lograr que los dos grandes partidos apoyasen tan nefasta acción militar. No me cabe duda de que Pollack es un convencido defensor del estado de Israel, y probablemente pueda clasificarse vagamente como un “neocon de izquierdas”.

No obstante, al repasar, hablando de Israel, la extensa historia del país en el uso del asesinato como su política estrella de seguridad nacional, parece profundamente perturbado ante la posibilidad de que Estados Unidos esté siguiendo el mismo terrible camino. Menos de dos años después, nuestro repentino asesinato de uno de los principales líderes iraníes demuestra que sus temores no estaban infundados.

“Rise and Kill First”

ORDER IT NOW

El libro sobre el que versaba la reseña era Rise and Kill First, escrito por el periodista del New York Times Ronen Bergman: un voluminoso estudio sobre el Mossad, el servicio de inteligencia exterior de Israel, y otras agencias íntimamente ligadas. El autor dedicó seis años de investigaciones a este proyecto, que se apoyaba en un millar de entrevistas personales y en un enorme número de documentos oficiales previamente inaccesibles. Como sugiere el título, su tema principal era la larga historia de asesinatos políticos perpetrados por Israel, y, a lo largo de sus 750 páginas y más o menos mil referencias bibliográficas, recuenta los detalles de un gran número de ellos.

Esta clase de temas están siempre, obviamente, teñidos de polémica, pero el volumen de Bergman exhibe en la portada elogiosos halagos de varios premios Pulitzer especializados en materia de espionaje, y la cooperación oficial que recibió de la agencia se hace patente por el apoyo de un antiguo jefe del Mossad e incluso de Ehud Barak, antiguo primer ministro de Israel que en su tiempo lideró él mismo grupos operativos encargados de llevar a cabo asesinatos. Durante las últimas dos décadas, el exoficial de la CIA Robert Baer se ha convertido en uno de nuestros más prominentes escritores en este mismo ámbito, y Baer alaba este libro como “sin duda” el mejor que ha leído nunca en cuanto a servicios de inteligencia, Israel y Oriente Próximo. Las reseñas a lo largo y ancho de nuestros medios de comunicación hegemónicos fueron igualmente elogiosas.

Aunque yo había visto algunos debates sobre el libro cuando se publicó, solo me puse a leerlo hace unos pocos meses. Y, aunque me vi profundamente impresionado por su labor periodística tan exhaustiva como meticulosa, lo sentí como una lectura un tanto amarga y deprimente dada la ingente enumeración de asesinatos israelíes de enemigos tanto reales como meramente sospechados, en operaciones que a veces involucraban secuestros y brutales torturas o resultaban en un considerable número de muertes de ciudadanos inocentes. Aunque la inmensa mayoría de los ataques descritos tuvo lugar en varios países de Oriente Próximo o los territorios palestinos ocupados de la Franja de Gaza y Cisjordania, otros se produjeron en varias partes del mundo, incluida Europa. La narración comienza en 1920, décadas antes de que se creasen realmente el estado judío de Israel o el Mossad, y se extiende hasta nuestros días.

La cantidad de estos asesinatos llevados a cabo por todo el mundo es realmente notable. El instruido comentarista del New York Times que escribió la reseña del libro antes mencionada sugería en ella que el número de asesinatos israelíes durante el último medio siglo o así parecía ser mucho mayor que el de cualquier otro país. Yo iría incluso más allá: si excluimos los asesinatos dentro del propio territorio, no me sorprendería que el número de asesinatos israelíes superase el total de todos los demás grandes países del mundo juntos. Creo que todas las impactantes revelaciones sobre complots de la CIA o la KGB durante la Guerra Fría para asesinar a sus rivales, que tantas veces he visto comentadas en artículos de prensa, podrían resumirse cómodamente en tan solo uno o dos capítulos del vastísimo libro de Bergman.

Los ejércitos nacionales siempre han tenido reparos a la hora de usar armas biológicas, sabiendo bien que, una vez liberados, los letales microbios podrían extenderse fácilmente más allá de las fronteras del país rival y acabar causando gran sufrimiento sobre los civiles del país que los empleó. De manera análoga, los agentes de inteligencia que han pasado largas carreras ocupados en planear, organizar y llevar a cabo asesinatos (aunque oficialmente permitidos) pueden desarrollar pensamientos que se conviertan en un peligro tanto para ellos mismos como para la sociedad en general a la que se supone que han de servir, y algunos ejemplos de esta posibilidad se entrevén aquí y allá en la extensa narración de Bergman.

En el llamado “incidente del autobús 300” de 1984, un par de palestinos cautivos fueron apaleados hasta la muerte en público por el jefe de la agencia de seguridad interna Shin Bet (conocido por su crueldad) y sus subordinados. En circunstancias normales, este acto no habría acarreado consecuencias para los agresores, pero el suceso fue fotografiado por un fotorreportero israelí que andaba cerca, que consiguió evitar que le confiscaran el carrete. La resultante exclusiva llevó a un escándalo mediático internacional, incluso llegando a las páginas del New York Times, y esto forzó a Israel a realizar una investigación gubernamental con vistas a acusar a los agresores de asesinato. Para protegerse, la cúpula del Shin Bet infiltró a agentes suyos en la investigación oficial y falsificó pruebas para incriminar a unos soldados israelíes ordinarios y un general del ejército, todos ellos completamente inocentes. Un oficial de alto rango del Shin Bet que expresó su reticencia ante esta conspiración de su agencia llegó casi a ser asesinado por sus propios colegas, al parecer, hasta que por fin aceptó falsear su testimonio oficial. Las organizaciones que empiezan a operar como familias mafiosas pueden adoptar eventualmente normas internas propias de la mafia.

Los agentes israelíes a veces llegaron incluso a ponderar la eliminación de sus propios superiores cuando sus políticas eran vistas como lo bastante contraproducentes. Durante décadas, el general Ariel Sharon había sido uno de los mayores héroes militares de Israel, a la vez que alguien con inclinaciones políticas de extrema derecha. Como ministro de defensa, en 1982, orquestó la invasión israelí del Líbano, que pronto se convirtió en una gran debacle política que dañó enormemente el prestigio internacional de Israel al causar tremenda destrucción en su país vecino y su capital, Beirut. Mientras Sharon, tozudamente, continuaba con su estrategia militar y los problemas se agravaban, un grupo de oficiales indignados decidieron que la mejor forma de evitar que Israel siguiera envuelto en tan dañina empresa era asesinar a Sharon, aunque la propuesta nunca se llevó a cabo.

Un ejemplo aún más impactante ocurrió una década después. Durante muchos años, el líder palestino Yasir Arafat había sido el principal objeto de la antipatía israelí, hasta el punto de que en cierto momento Israel planeó derribar un avión civil en un vuelo internacional para asesinarlo. Pero, tras el fin de la Guerra Fría, las presiones procedentes de Europa y Estados Unidos llevaron al primer ministro Isaac Rabin a firmar los Acuerdos de Oslo en 1993 con Arafat. Aunque el líder israelí recibió elogios del resto del mundo y compartió un premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos pacificadores, algunos poderosos sectores del público israelí y de la clase política del país consideraron su acto como una traición, con algunos ultranacionalistas y fanáticos religiosos demandando su muerte por ello. Un par de años después fue, en efecto, muerto de un disparo efectuado por un lobo solitario perteneciente a dichos círculos ideológicos, convirtiéndose así en el primer líder de Oriente Próximo en sufrir tal destino en décadas. Aunque su asesino estaba mentalmente desequilibrado e insistió vehementemente en que actuó solo, había tenido un largo historial de vínculos con los servicios de inteligencia, y Bergman nota con delicadeza en su libro que el magnicida se escabulló entre los numerosos guardaespaldas de Rabin “con inusitada facilidad” para después disparar fatalmente tres veces al primer ministro a corta distancia.

Muchos observadores vieron similitudes entre el asesinato de Rabin y el de nuestro propio presidente John F. Kennedy en Dallas tres décadas antes, y el hijo de este último, John F. Kennedy Jr., desarrolló un fuerte interés personal por este trágico suceso. En marzo de 1997, su distinguida revista política, George, publicó un artículo firmado por la madre del asesino de Rabin en el que acusaba a los servicios de seguridad de su propio país de estar involucrados en el crimen; una teoría también promovida por el difunto escritor israelí-canadiense Barry Chamish. Estas acusaciones encendieron un furibundo debate internacional, pero después de que el propio Kennedy Jr. muriese a su vez en un inusual accidente de avión un par de años después, su revista murió con él y la polémica pronto se apagó. Los archivos de George no se encuentran en línea ni son fácilmente accesibles, de modo que no puedo juzgar con facilidad la credibilidad de dichas acusaciones.

Sharon, habiendo eludido por poco ser asesinado a su vez por agentes israelíes, recuperó gradualmente su influencia política y lo hizo sin renegar de sus posturas extremistas, incluso hasta el punto de llegar en cierta ocasión a describirse a sí mismo como un “judeonazi” ante un boquiabierto periodista. Algunos años después de la muerte de Rabin, Sharon provocó una serie de protestas callejeras en Palestina, y después utilizó la violencia resultante para ganar las elecciones a primer ministro del país. Ya en el cargo, su extremada dureza llevó a una insurrección generalizada en los territorios palestinos ocupados, pero entonces Sharon simplemente redobló la represión contra la población palestina y, después de que la atención del mundo entero se desviase a causa de los atentados del 11 de septiembre y la invasión estadounidense de Iraq, comenzó a mandar asesinar a numerosos líderes políticos y religiosos palestinos en una serie de ataques que a veces ocasionaron también serias bajas civiles.

El principal objeto de la furia de Sharon era el presidente palestino Yasir Arafat, quien súbitamente enfermó y murió, uniéndose así en el eterno reposo a su predecesor Rabin, con quien había colaborado en las negociaciones de paz. La mujer de Arafat afirmó que había sido envenenado y recabó algunas pruebas médicas para apoyar su acusación, mientras que el afamado escritor y periodista político Uri Avnery publicó numerosos artículos fundamentando dichas acusaciones. Bergman, por su parte, simplemente deja constancia de que las autoridades israelíes lo negaron categóricamente, notando no obstante que “el momento en que se produjo la muerte de Arafat fue bastante peculiar”, para terminar enfatizando que, incluso aunque él supiese la verdad, no podría publicarla, dado que todo su libro fue escrito bajo la estricta supervisión y censura de las autoridades israelíes.

 

Este último detalle parece ser extremadamente importante, y aunque solo aparece una vez en ese comentario aislado en medio de todo el libro, tal advertencia podría aplicarse, obviamente, al volumen entero, y la deberíamos tener siempre presente al leerlo. El libro de Bergman tiene unas 350.000 palabras e incluso si cada frase hubiese sido escrita con la más escrupulosa sinceridad, debemos reconocer la enorme diferencia que existe entre decir “la verdad” y decir “toda la verdad”.

También me resultó sospechoso otro detalle. Hace treinta años, un oficial del Mossad desencantado llamado Victor Ostrovsky dejó la agencia y escribió By Way of Deception, un libro muy crítico en el que relataba numerosas presuntas operaciones del Mossad, especialmente contra objetivos estadounidenses y occidentales, de las que él tenía información de primera mano. El gobierno israelí y sus voceros proisraelíes en EE. UU. se embarcaron en una campaña legal sin precedentes para bloquear su publicación, pero esto causó una inmensa reacción contraria y escándalo en los medios, y la publicidad que recibió el libro en consecuencia lo llevó al número 1 de la lista de ventas del New York Times. Yo me leí el libro de Ostrovsky hace aproximadamente una década, tras llegarme información bastante fiable de que ciertos trabajadores a sueldo de la CIA habían considerado, tras revisarlo, que su contenido era probablemente cierto.

Aunque gran parte de la información que ofrecía Ostrovsky era imposible de confirmar independientemente, durante más de un cuarto de siglo su superventas internacional y su secuela de 1994, titulada The Other Side of Deception, han moldeado en gran medida nuestra comprensión del Mossad y sus actividades, de modo que naturalmente me esperaba ver una discusión detallada de sus libros, ya fuera a favor o en contra, en el exhaustivo trabajo de Bergman. En cambio, solo había una única referencia a Ostrovsky enterrada en una nota al pie de la página 684. Allí, se nos dice que el Mossad estaba aterrorizado por los muchos secretos de la agencia que Ostrovsky planeaba revelar, lo que hizo que su cúpula formulase un plan para asesinarlo. Ostrovsky solo sobrevivió porque el primer ministro Isaac Shamir, quien había pasado décadas como jefe de asesinatos del Mossad, vetó la propuesta alegando que “nosotros no matamos judíos”. Aunque esta referencia es breve y se encuentra casi escondida, considero que proporciona un considerable dato a favor de la credibilidad general de Ostrovsky.

Habiéndome surgido, así, serias dudas sobre lo completo de la narración, aparentemente concienzuda, de Bergman, noté un hecho curioso. No tengo ninguna formación especializada en operaciones de inteligencia en general ni las del Mossad en particular, de modo que me pareció bastante notable que la inmensa mayoría de todos los acontecimientos de alto nivel relatados por Bergman ya me resultaran familiares simplemente a fuerza de décadas de leer el New York Times cada mañana. ¿Es realmente plausible que seis años de investigación concienzuda y tantas entrevistas personales hubieran revelado tan escaso número de operaciones importantes que no hubieran sido ya conocidas y relatadas por la prensa internacional? Bergman, evidentemente, proporciona una abundancia de detalles sobre estos hechos antes inaccesibles para el público, junto con numerosos asesinatos nunca publicados de personajes relativamente menores, pero parece extraño que no ofreciese un mayor número de revelaciones sorprendentes.

De hecho, hay algunas lagunas importantes en su narración que resultan bastante aparentes para cualquiera que haya investigado medianamente estos temas, y dichas lagunas ya comienzan a verse en los primeros capítulos del libro, que tratan sobre la prehistoria sionista en Palestina antes de la fundación del Estado judío.

Bergman habría dañado seriamente su credibilidad si no hubiera incluido los infames asesinatos sionistas en 1940 del británico Lord Moyne o del Negociador de Paz de las Naciones Unidas, el conde Folke Bernadotte. Pero, inexcusablemente, Bergman no menciona que en 1937 la facción más derechista del sionismo, cuyos herederos políticos han dominado Israel en décadas recientes, asesinó a Chaim Arlosoroff, la principal figura pública del sionismo en Palestina. Más aún, omite un buen número de sucesos similares, incluyendo uno cuyo objetivo eran grandes líderes políticos occidentales. Como escribí el año pasado:

En efecto, la inclinación de las facciones más derechistas del sionismo hacia el asesinato, el terrorismo y otras formas de comportamientos esencialmente criminales era realmente notable. Por ejemplo, en 1943 Shamir había mandado asesinar al líder de la facción contraria, un año después de que los dos hubieran escapado juntos de prisión por el atraco a un banco en el que unos viandantes habían resultado muertos, y a su vez dijo haber actuado así para evitar el asesinato de David Ben-Gurión, el principal líder sionista y futuro fundador de Israel. Shamir y su facción continuaron en esta línea durante los años 40, asesinando exitosamente a Lord Moyne, el ministro británico para Oriente Próximo, y el conde Folke Bernadotte, Negociador de Paz de las Naciones Unidas, aunque fallaron en sus otros intentos de matar al presidente estadounidense Harry Truman y al ministro de exteriores británico Ernest Bevin, y al parecer sus planes de asesinar a Winston Churchill nunca pasaron de la fase preliminar. Su grupo también fue pionero en el uso de coches bomba y otros atentados terroristas contra objetivos civiles inocentes, todo mucho antes de que ningún árabe ni musulmán hubiera siquiera pensado en utilizar tácticas similares, y la facción de Beguín dentro del sionismo, más “moderada” y mayoritaria que la de Shamir, actuó de forma muy parecida.

Hasta donde yo sé, los primeros sionistas habían tenido un historial de terrorismo político prácticamente sin parangón en la historia mundial, y en 1974 el primer ministro Menájem Beguín incluso se jactó una vez en una entrevista televisada de haber sido el padre fundador del terrorismo en todo el mundo.

Tras la Segunda Guerra Mundial los sionistas sentían una amarga hostilidad contra todos los alemanes, y Bergman describe la campaña de secuestros y asesinatos que pronto desataron, tanto en partes de Europa como en Palestina, terminando con hasta doscientas vidas. Una pequeña comunidad germana había vivido pacíficamente en Tierra Santa durante muchas generaciones, pero después de que algunos de sus principales miembros fueran asesinados el resto huyó permanentemente del país, y todas las propiedades que dejaron atrás fueron requisadas por organizaciones sionistas; un patrón de conducta que pronto sería replicado a escala mucho mayor con la población árabe en Palestina.

Estos hechos eran nuevos para mí, y Bergman parece tratar esta ola de matanzas vengativas con considerable simpatía, apuntando que muchas de las víctimas habían apoyado activamente el esfuerzo de guerra alemán. Pero, curiosamente, no menciona que a lo largo de los años 30, el propio movimiento sionista había mantenido una fuerte alianza económica con la Alemania de Hitler, cuyo apoyo financiero fue crucial para establecer el Estado judío. Más aún, tras el inicio de la guerra una pequeña facción sionista de derechas liderada por un futuro primer ministro de Israel intentó unirse a la alianza militar del Eje, ofreciendo llevar a cabo una campaña de espionaje y terrorismo contra el ejército británico en apoyo al esfuerzo de guerra nazi. Estos hechos históricos innegables, obviamente, han sido una fuente de inmensa vergüenza para los activistas sionistas, y a lo largo de las últimas décadas han hecho todo lo posible por extirparlas de la conciencia pública, de modo que, siendo un nativo israelí en torno a los 40 años de edad, puede que Bergman simplemente ignorase esta realidad.

“Quién mató a Zia?”

El largo libro de Bergman contiene treinta y cinco capítulos de los cuales solo los dos primeros cubren el periodo anterior a la creación de Israel, y, si sus notables omisiones se limitasen a ellos, podrían verse simplemente como una pequeña falta en un libro de historia por lo demás fiable. Pero hay un considerable número de importantes lagunas que se hace evidente en su relato de las siguientes décadas, aunque puede que sea menos culpa del propio autor y más de la estricta censura israelí a la que el libro fue sometido, o de las realidades de la industria editorial estadounidense. En el año 2018, la influencia de grupos proisraelíes en Estados Unidos y otros países occidentales había llegado a proporciones tan gigantescas que Israel no habría sufrido muchas repercusiones a nivel internacional si hubiese admitido su papel en numerosos asesinatos de varias personas importantes en el mundo árabe u Oriente Próximo. Pero otros actos pasados todavía se considerarían, con mucho, demasiado dañinos como para poder ser reconocidos públicamente.

En 1991, el reconocido periodista de investigación Seymour Hersh publicó The Samson Option (“La Opción de Sansón”), donde describía el programa secreto de desarrollo de armas nucleares que tenía Israel en la década de 1960, que fue considerado como una prioridad nacional absoluta por el primer ministro David Ben-Gurión. Existen rumores muy extendidos de que fue la amenaza de usar tal arsenal nuclear lo que permitió extorsionar a la administración Nixon para que rescatase a Israel de su probable derrota durante la guerra de 1973: una decisión que provocó el embargo de petróleo de los países árabes y llevó a muchos años de dificultades económicas en todo Occidente.

El mundo islámico pronto reconoció el fallo estratégico que suponía su falta de capacidad de defensa nuclear y se hicieron varios esfuerzos para equilibrar la balanza de poder en Oriente Próximo, que a su vez Israel hizo todo lo posible por frustrar. Bergman cubre con gran detalle las extensas campañas de espionaje, sabotaje y asesinatos con las que los israelíes lograron detener con éxito el programa nuclear de Sadam Husein, culminando finalmente con el ataque aéreo que destruyó su complejo de reactores de Osirik en 1981. El autor también habla de la destrucción de un reactor nuclear sirio en 2007 y de la campaña de asesinatos del Mossad que se llevó por delante las vidas de varios físicos iraníes unos pocos años más tarde. Pero todos estos sucesos fueron ya desvelados por nuestros principales periódicos en su momento, de modo que no se está descubriendo nada nuevo. Entretanto, hay una importante historia, no tan conocida, que se encuentra ausente del relato de Bergman.

Hace unos siete meses, mi New York Times matutino portaba un elogioso tributo de 1.500 palabras en memoria del antiguo embajador estadounidense John Gunther Dean, fallecido a los 93 años, dándole a este eminente diplomático el tipo de largo obituario que normalmente se reserva estos días para raperos famosos muertos en un tiroteo con su camello. El padre de Dean había estado a la cabeza de su comunidad judía local en Alemania, y después de que su familia huyese a Estados Unidos a comienzos de la Segunda Guerra Mundial Dean obtuvo la nacionalidad en 1944. Después tuvo una carrera diplomática muy distinguida, en especial por su papel durante la guerra civil camboyana, y en circunstancias normales esta pieza periodística no me habría dicho mucho más que a cualquier otro lector. Pero ocurre que yo había pasado gran parte de la primera década de los años 2000 digitalizando los archivos completos de cientos de nuestros principales periódicos, y de cuando en cuando algún título particularmente intrigante me había llevado a leer el artículo en cuestión. Tal fue el caso con uno titulado “Who Killed Zia?” (“¿Quién mató a Zia?”), aparecido en 2005.

A lo largo de los años 80, Pakistán se había alineado con Estados Unidos en su oposición a la ocupación soviética de Afganistán, y su dictador militar Zia-ul-Haq era uno de nuestros principales aliados en la región. Entonces, en 1988, él y gran parte de su cúpula de gobierno murieron en un misterioso accidente de aviación, que también se llevó por delante las vidas de un embajador y un general estadounidenses.

Aunque las muertes pudieron ser accidentales, la larga lista de enemigos acérrimos de Zia llevó a la mayoría de observadores a asumir que había habido juego sucio de por medio, y hubo algunos indicios de que un gas nervioso, posiblemente introducido a través de una caja con mangos, había sido utilizado para incapacitar a la tripulación, causando así que el avión se estrellase.

En ese momento, Dean había alcanzado la cima de su carrera profesional, estacionado como embajador en la cercana India, a la vez que el embajador estadounidense muerto en el avión, Arnold Raphel –también judío–, había sido su amigo más íntimo. En 2005, Dean ya era mayor y llevaba mucho tiempo jubilado, y finalmente decidió romper sus diecisiete años de silencio y revelar las extrañas circunstancias en torno al suceso, afirmando que estaba convencido de que el Mossad israelí había estado detrás del siniestro.

Unos pocos años antes de su muerte, Zia había declarado abiertamente que la producción de una “bomba atómica islámica” era una gran prioridad del gobierno pakistaní. Aunque su principal razón era servir de contrapeso al pequeño arsenal nuclear de India, Zia prometió compartir tan poderosas armas con otros países musulmanes, incluyendo los de Oriente Próximo. Dean describe la tremenda preocupación que expresó Israel ante esta posibilidad, y cómo ciertos miembros proisraelíes del Congreso estadounidense comenzaron una fiera campaña de cabildeo para detener los esfuerzos de Zia. Según el veterano periodista Eric Margolis, uno de los principales expertos sobre el sur de Asia, Israel intentó en repetidas ocasiones colaborar con India para lanzar un ataque conjunto contra las instalaciones nucleares pakistaníes, pero, tras considerar atentamente la posibilidad, el gobierno indio rechazó la oferta.

Esto puso a Israel en una encrucijada. Zia era un dictador militar orgulloso y con cierto poder, y sus cercanos lazos con EE. UU. reforzaban mucho su potencia diplomática. Más aún, Pakistán estaba a más de 3.000 kilómetros de Israel y poseía un ejército fuerte, de modo que cualquier tipo de ataque aéreo de larga distancia similar al que usaron contra el programa nuclear iraquí era imposible. Esto dejaba el asesinato como única opción.

Dado el conocimiento de Dean sobre la atmósfera diplomática previa a la muerte de Zia, inmediatamente sospechó de Israel, y sus experiencias personales apoyaron esta posibilidad. Ocho años antes, cuando estaba ejerciendo en el Líbano, los israelíes habían intentado ganarse su apoyo personal de cara a sus proyectos locales, apelando a su simpatía como judío. Pero, cuando Dean rechazó sus ofrecimientos y declaró que su principal lealtad era con Estados Unidos, sufrió un intento de asesinato, del que eventualmente se supo que la munición empleada provenía de Israel.

Aunque Dean se sintió tentado a comunicar sus fuertes sospechas respecto a la aniquilación del gobierno pakistaní a los medios internacionales, decidió hacerlo en cambio por los canales diplomáticos oficiales, e inmediatamente partió hacia Washington para compartir sus opiniones con sus superiores del Departamento de Estado y otros altos miembros de la administración. Pero al llegar a Washington D. C. fue rápidamente declarado “mentalmente incompetente”, se le prohibió regresar a su puesto en la India y fue forzado a dimitir. Entretanto, el gobierno estadounidense se negó a ayudar a Pakistán en su investigación sobre el fatídico accidente y en su lugar intentó convencer al resto del mundo, que miraba los hechos con suspicacia, de que la cúpula entera del gobierno pakistaní había muerto debido a un simple fallo mecánico en un avión de fabricación estadounidense.

Se podrá decir que este sorprendente relato de los hechos podría sin duda ser la trama de una rocambolesca película de Hollywood, pero las fuentes eran extremadamente fiables. La autora del artículo de 5.000 palabras era Barbara Crossette, la anterior jefa de redacción del New York Times para el sur de Asia, quien ya ocupaba ese cargo durante la muerte de Zia, mientras que la pieza apareció en el World Policy Journal, la prestigiosa revista trimestral de la New School en Nueva York. A su vez, el editor era Stephen Schlesinger, hijo del afamado historiador Arthur J. Schlesinger Jr.

Uno podría naturalmente esperar que tan explosivas acusaciones, y procedentes de una fuente tan sólida, atrajesen considerable atención por parte de los medios, pero Margolis señala que, por el contrario, la noticia fue totalmente ignorada y boicoteada por todos los medios de Norteamérica. Schlesinger había pasado una década a la cabeza de su revista, pero un par de entregas más tarde se había desvanecido de la cúpula editorial y dejó de trabajar en la New School. El texto no es ya accesible desde la página web del World Policy Journal, pero todavía puede encontrarse en Archive.org, de modo que aquellos interesados pueden leerlo y decidir por sí mismos.

Cuando leí el artículo por primera vez, hace poco más de una década, tuve sentimientos encontrados acerca de la plausibilidad de la provocadora hipótesis de Dean. En el sur de Asia se suceden los magnicidios con cierta regularidad, pero los medios empleados son casi siempre rudimentarios, normalmente con uno o más pistoleros disparando a corta distancia o, en ocasiones, terroristas suicidas. En contraste con esto, los métodos altamente sofisticados que al parecer se habían empleado para asesinar al gobierno pakistaní parecían indicar un tipo muy diferente de autoría. Por su parte, el libro de Bergman cataloga un enorme número y variedad de tecnologías del asesinato empleadas por el Mossad.

Dada la relevancia de las acusaciones de Dean y el medio altamente reputado en el que aparecieron, Bergman ciertamente debe de haber tenido noticia de ellas, de modo que me pregunté qué argumentos ofrecían sus fuentes del Mossad para rebatirlas o desmontarlas. En su lugar, me encontré con que el incidente no aparece en ningún lugar del extenso volumen de Bergman, tal vez reflejando así la reticencia del autor a engañar a sus lectores.

También noté que Bergman no hace mención alguna del intento de asesinato contra Dean cuando era embajador en Líbano, a pesar de que los números de serie de los misiles antitanque que se lanzaron contra su limusina blindada habían sido rastreados hasta verse que provenían de una remesa comprada por Israel. Sin embargo, el avezado periodista Philip Weiss apunta que la organización que reivindicó oficialmente el ataque, apenas conocida, era según Bergman una tapadera creada por Israel y empleada para llevar a cabo numerosos atentados terroristas con coches bomba y por otros medios. Esto parece confirmar la autoría de Israel en el asesinato del gobierno pakistaní.

Asumamos que este análisis es correcto y que hay una probabilidad importante de que el Mossad estuviera en efecto tras la muerte de Zia. Las ramificaciones de esto son considerables.

Pakistán era uno de los países más poblados del mundo en 1988, con una población que superaba los 100 millones y estaba creciendo rápidamente, además de tener un poderoso ejército. Uno de los principales proyectos de Estados Unidos durante la Guerra Fría había sido derrotar a los soviéticos en Afganistán, y Pakistán había tenido un papel central en dicho esfuerzo, siendo su gobierno uno de nuestros más importantes aliados a nivel global. El súbito asesinato del presidente Zia y gran parte de su gobierno proamericano, junto con nuestro propio embajador, fue, pues, un enorme golpe a los intereses de EE. UU. Sin embargo, cuando uno de nuestros principales diplomáticos señaló al Mossad como el responsable más probable, fue inmediatamente purgado y se puso en marcha una enorme operación de ocultamiento, de modo que ni un solo susurro sobre esto llegó nunca a oídos de nuestros medios o de la ciudadanía, incluso tras haber repetido sus acusaciones años después en una prestigiosa publicación. El vasto libro de Bergman no contiene ni una mención de esta historia, y ninguno de los cualificados expertos que reseñaron su libro parece haber notado esta laguna.

Si un suceso de tal magnitud puede ser completamente ignorado por la totalidad de nuestros medios de comunicación y omitido del libro de Bergman, muchos otros incidentes pueden haber también pasado desapercibidos.

“By Way of Deception”

Un buen punto de partida para investigar esto podría ser la obra de Ostrovsky, dada la profunda preocupación que al parecer tenía la cúpula del Mossad ante los secretos que revelaba en su manuscrito y sus esperanzas de poder cerrarle la boca asesinándolo. De modo que decidí releer sus libros después de una década más o menos, y teniendo también relativamente reciente la lectura de Bergman.

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El libro de Ostrovsky de 1990 tiene apenas una fracción de la longitud del volumen de Bergman y está escrito en un estilo mucho más coloquial, careciendo por completo de la copiosa cantidad de referencias bibliográficas de aquel. Gran parte del texto consiste en una narración de sus experiencias personales, y, aunque tanto él como Bergman se enfocan en el Mossad, el tema principal de Ostrovsky era el espionaje llevado a cabo por la agencia, tanto en sus técnicas como en sus implicaciones, más que los detalles de asesinatos concretos, aunque también comentaba un cierto número de estos. A un nivel enteramente impresionista, el estilo de las operaciones del Mossad que relataba parecía ser bastante similar al de las presentadas por Bergman; tanto que, si algunos casos se traspasasen de un libro a otro, dudo que nadie pudiera notar fácilmente la diferencia.

Al intentar evaluar la credibilidad de Ostrovsky, un par de detalles me llamaron la atención. Al principio, afirma que con 14 años obtuvo el segundo puesto en una competición de tiro a nivel nacional en Israel, y a los 18 años fue el oficial más joven del ejército israelí. Estas parecen ser afirmaciones sustantivas, fácticas, que, de ser ciertas, explicarían los repetidos esfuerzos del Mossad para reclutarlo, mientras que si fuesen falsas habrían sido indudablemente usadas por los agentes proisraelíes para desacreditarlo y tacharlo de mentiroso. No he visto ningún indicio de que dichas afirmaciones hayan sido alguna vez cuestionadas.

Los asesinatos del Mossad eran una parte relativamente menor del libro de Ostrovsky de 1990, pero es interesante comparar su puñado de ejemplos con los varios cientos de incidentes letales enumerados por Bergman. Algunas diferencias en cuanto al detalle y la forma de tratarlos siguen un patrón reconocible.

Por ejemplo, el capítulo inicial del libro de Ostrovsky describía los sutiles medios por los que Israel venció los sistemas de seguridad del proyecto de armamento nuclear de Sadam Husein de finales de los 70, saboteando con éxito su equipamiento, asesinando a sus científicos y eventualmente destruyendo el reactor completo en un arriesgado bombardeo aéreo en 1981. Como parte de esta operación atrajeron a uno de sus principales físicos a París, donde, tras no lograr reclutarlo, lo mataron. Bergman dedica una o dos páginas a ese mismo incidente, pero no menciona que la prostituta francesa que se vio envuelta sin saberlo en el plan israelí también fue asesinada el mes siguiente después de que le entrase miedo y contactase a la policía. Uno se pregunta si acaso otras víctimas colaterales europeas o estadounidenses que pudieran verse haberse visto envueltas por accidente en los tejemanejes del Mossad no habrán sido también cuidadosamente borradas del censurado relato de Bergman.

Un ejemplo aún más evidente aparece más tarde en el libro de Ostrovsky, cuando describe cómo el Mossad se alarmó al descubrir que Arafat estaba intentando iniciar unas negociaciones de paz con Israel en 1981, y pronto asesinó al líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) que supervisaba dicho área. Este suceso se encuentra ausente del libro de Bergman, a pesar de su extenso catálogo de víctimas del Mossad con perfiles políticos mucho menos relevantes.

Uno de los asesinatos más notorios en suelo estadounidense ocurrió en 1976, cuando la explosión de un coche bomba en el corazón de Washington D. C. acabó con las vidas del antiguo ministro de exteriores chileno Orlando Letelier, entonces en el exilio, y su joven asistente. En seguida se dijo que el servicio secreto chileno era el responsable y estalló un gran escándalo internacional, especialmente dado que los chilenos habían comenzado ya a liquidar a numerosos oponentes a lo largo y ancho de Latinoamérica. Ostrovsky explica cómo el Mossad había entrenado a los servicios secretos chilenos en esas técnicas de asesinato como parte de un complejo acuerdo de venta de armas entre los dos países, pero Bergman no hace mención alguna a este suceso.

Uno de los personajes principales del Mossad en la narración de Bergman es Mike Harari, quien pasó unos quince años ocupando posiciones de alto rango en la división de asesinatos de la agencia, y según el índice del libro su nombre aparece en más de 50 páginas distintas. El autor generalmente presenta a Harari bajo una luz amable, a pesar de admitir su papel en el infame “asunto de Lillehammer”, en el que sus agentes mataron a un camarero marroquí completamente inocente por pensar que era otra persona; un asesinato que llevó al encarcelamiento de varios agentes del Mossad y dañó severamente la reputación internacional de Israel. En contraste, Ostrovsky presenta a Harari como un individuo profundamente corrupto, quien tras jubilarse se involucró en el tráfico de armas internacional y sirvió como agente del conocido dictador panameño Manuel Noriega. Después de la caída de Noriega, el nuevo gobierno del país –apoyado por Estados Unidos– anunció triunfalmente el arresto de Harari, pero el exagente del Mossad consiguió escapar de algún modo a Israel, mientras que su superior recibió una condena de treinta años en una prisión federal estadounidense.

Los desmanes sexuales y financieros generalizados dentro de la jerarquía del Mossad también son un tema recurrente a lo largo del libro de Ostrovsky, y lo que cuenta parece bastante creíble. El estado de Israel había sido fundado sobre principios estrictamente socialistas y estos aún funcionaban durante la década de 1980, de modo que los empleados gubernamentales tenían una remuneración miserable. Por ejemplo, los oficiales del Mossad ganaban entre 500 y 1.500 dólares mensuales dependiendo de su rango, mientras controlaban presupuestos muchísimo mayores y tomaban decisiones por valor de millones de dólares; una situación que, obviamente, llevaba a que tuvieran serias tentaciones de enriquecerse ilícitamente. Ostrovsky señala que, aunque uno de sus superiores había pasado toda su carrera trabajando para el gobierno por ese magro salario, de algún modo había logrado adquirir una enorme finca, incluyendo un pequeño bosque. Mi propia impresión es que, a pesar de que los agentes de inteligencia en Estados Unidos a menudo se embarcan en lucrativos proyectos privados tras jubilarse, cualquiera que se hiciese conspicuamente rico mientras aún trabaja para la CIA se enfrentaría a graves riesgos penales.

Ostrovsky también parece perturbado por otro tipo de excesos que afirma haberse encontrado. Sus compañeros y él, cuando eran aún reclutas, presuntamente descubrieron que la cúpula del Mossad a veces organizaba orgías sexuales de madrugada en ciertas áreas seguras de las instalaciones de entrenamiento para reclutas, a la vez que el adulterio parecía ser ubicuo dentro de la organización, especialmente entre oficiales supervisores y las esposas de aquellos agentes que se encontraban estacionados en misiones sobre el terreno. El moderado ex-primer ministro Isaac Rabin era universalmente detestado en el Mossad y un agente se jactaba a menudo de haber derrocado personalmente el gobierno de Rabin en 1976 al hacer pública cierta violación menor de las regulaciones financieras del país que al parecer Rabin había cometido. Este suceso augura lo que Bergman sugiere en su libro respecto a la involucración del Mossad en el asesinato de Rabin dos décadas más tarde.

 

Ostrovsky enfatiza la curiosa naturaleza del Mossad como organización, especialmente comparándolo con los análogos de las dos grandes superpotencias mundiales durante la Guerra Fría. La KGB tenía 250.000 empleados en todo el mundo y la CIA decenas de miles, pero la plantilla del Mossad apenas sumaba 1.200 personas, incluyendo secretarias y personal de limpieza. Mientras que la KGB tenía un ejército de 15.000 agentes de campo, el Mossad operaba con solo 30 o 35.

Esta asombrosa eficiencia era posible debido a la dependencia del Mossad sobre una enorme red de judíos voluntarios por todo el mundo (o sayanim) que les prestaban ayuda, y a quienes podían llamar en cualquier momento para que les asistiesen en una operación de espionaje o asesinato, les prestasen grandes sumas de dinero o les proporcionasen pisos francos, oficinas o equipamiento. Solo Londres contaba con unos 7.000 de estos ayudantes, siendo el total global probablemente de varias decenas o incluso cientos de miles. Solo los judíos de pura sangre podían desempeñar este rol, y Ostrovsky expresa considerables reparos ante un sistema que parecía confirmar tan decisivamente toda acusación tradicional lanzada contra los judíos por funcionar como “un estado dentro del estado”, al ser muchos de ellos desleales a los países de los que eran ciudadanos. Entretanto, el término sayanim no aparece ni una sola vez en el índice onomástico del libro de Bergman, de 27 páginas de extensión, y apenas existe alguna mención sobre su empleo en todo el texto, aunque Ostrovsky argumenta plausiblemente que este sistema era absolutamente central de cara a la eficiencia operativa del Mossad.

Ostrovsky también presenta con franqueza el completo desprecio que muchos oficiales del Mossad expresaban respecto a sus supuestos aliados de otros servicios de inteligencia occidentales, intentando engañarlos cada vez que había ocasión y tomando de ellos todo lo posible a la vez que daban lo mínimo. El autor describe lo que parece ser un sorprendente grado de odio desnudo, casi xenófobo, hacia todos los no judíos y sus líderes políticos, sin importar lo amigables que fuesen estos con Israel. Por ejemplo, Margaret Thatcher era ampliamente considerada como la primera ministra más projudía y proisraelí de la historia de Gran Bretaña, tras llenar su gabinete de gobierno de miembros de esa minúscula minoría que constituía solo un 0,5% de la población, y elogiar frecuentemente a Israel como un precioso bastión de la democracia en Oriente Próximo. Sin embargo, los miembros del Mossad la odiaban profundamente, refiriéndose a ella normalmente como “la perra”, y estaban convencidos de que era una antisemita.

Si los europeos no judíos eran frecuente objeto de su odio, las gentes de otras partes menos desarrolladas del mundo eran a menudo ridiculizadas en términos duramente racialistas, siendo los aliados de Israel en el tercer mundo descritos a veces coloquialmente como “simiescos” y “no muy lejos de habitar en árboles”.

En ocasiones, esta extrema arrogancia suponía un riesgo al nivel diplomático, tal como sugiere una divertida anécdota. Durante la década de 1980 hubo una amarga guerra civil en Sri Lanka entre los tamiles y los cingaleses, en la que también participó un destacamento del ejército indio. En cierto punto el Mossad estaba entrenando simultáneamente a las fuerzas de estos tres bandos, a su vez hostiles entre sí, al mismo tiempo y en las mismas instalaciones, de modo que estuvieron a punto de encontrarse, lo cual sin duda habría supuesto un gran golpe diplomático para Israel.

El autor narra su creciente descontento con la organización, que, según dice, era presa de una terrible deslealtad fruto de la lucha entre facciones internas. También parece preocupado por las posiciones de extrema derecha que expresaba buena parte del Mossad, llevándole a preguntarse incluso si la propia organización no suponía tal vez una amenaza para la democracia israelí o la propia supervivencia del país. Según cuenta, en cierto momento se le convirtió injustamente en chivo expiatorio por una operación fallida y, creyendo que su vida estaba en peligro, huyó de Israel con su mujer y volvió a Canadá, que era su país natal.

Después de decidir escribir su libro, Ostrovsky llamó a Claire Hoy, un conocido periodista canadiense, para que fuera su coautor, y a pesar de la tremenda presión ejercida por Israel y sus partidarios el proyecto salió adelante, convirtiéndose en un gran superventas internacional con nueve semanas de permanencia en el puesto número 1 de la lista del New York Times y vendiendo en poco tiempo más de un millón de ejemplares.

Aunque Hoy había pasado 25 años siendo un exitoso escritor y este proyecto era, con mucho, el mayor logro editorial de su carrera, poco tiempo después tuvo que declararse en bancarrota y fue ridiculizado incesantemente por los medios, sufriendo así el tipo de desgracia personal que tan a menudo parece visitar a aquellos que son críticos con Israel o con las actividades de ciertos intereses judíos. Tal vez a consecuencia de esto, cuando Ostrovsky publicó su secuela en 1994, titulada The Other Side of Deception (“La otra cara del engaño”), el libro no contó con ningún coautor.

“The Other Side of Deception”

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El contenido del primer libro de Ostrovsky era bastante mundano, sin ninguna revelación realmente sorprendente. Meramente describía el funcionamiento interno del Mossad y relataba algunas de sus grandes operaciones, perforando así el velo de secretismo que durante tanto tiempo había cubierto a una de las agencias de inteligencia más efectivas del mundo. Pero, habiendo establecido su reputación como superventas internacional, el autor se sintió lo bastante confiado como para incluir numerosas exclusivas en su secuela de 1994, de modo que los lectores individuales han de decidir por sí mismos si se trata de hechos verdaderos o simplemente productos de la excitada imaginación del autor. La amplia bibliografía de Bergman consta de unos 350 títulos, y, aunque en ella se incluye el primer libro de Ostrovsky, no es el caso con el segundo.

Algunas partes del libro original de Ostrovsky, ciertamente, me habían resultado algo vagas y extrañas al leerlas. ¿Por qué se le había, presuntamente, usado de chivo expiatorio por una misión fallida y apartado del servicio activo? Y, dado que dejó el Mossad a principios de 1986 pero solo comenzó a trabajar en su libro dos años más tarde, me preguntaba qué habría estado haciendo durante el tiempo restante. También me resultaba difícil entender cómo un joven oficial había obtenido tal cantidad de información detallada sobre operaciones del Mossad en las que él no había participado personalmente. Parecían faltar ciertas piezas del puzle.

En la parte inicial de su segundo libro, el autor dio explicaciones sobre todos estos puntos, aunque obviamente son imposibles de verificar. Según él, su salida de la agencia se había producido a consecuencia de una lucha interna dentro del Mossad, en la que una facción disidente de moderados lo había utilizado para desacreditar a la organización en su conjunto y así minar el liderazgo de la facción en el poder contra cuyas políticas se oponían.

Al leer este segundo libro hace ocho o nueve años, una de las primeras afirmaciones en él me pareció totalmente desquiciada. Al parecer, el director del Mossad había sido tradicionalmente una persona externa a la agencia, elegida a dedo por el primer ministro, y esa política había levantado ampollas entre muchos de sus oficiales más veteranos, quienes preferirían ver a uno de los suyos en el cargo. En 1982, sus airadas exigencias de un proceso de promoción interno habían sido ignoradas, y en su lugar se había nombrado jefe de la agencia a un célebre general israelí, quien pronto puso en marcha planes para depurar la organización en apoyo de ciertas políticas. Pero, en lugar de aceptar esta situación, algunos elementos rebeldes dentro del Mossad organizaron su asesinato en Líbano justo antes de que tomase posesión del puesto. Ciertas pruebas del complot, que tuvo éxito, salieron inmediatamente a la luz y fueron más tarde confirmadas, prendiendo así la mecha de un conflicto subterráneo entre facciones que involucraba tanto a personal del Mossad como a ciertos miembros del ejército; conflicto que en cierto momento se llevó también por delante al propio Ostrovsky.

Esta historia era relatada al principio del libro, y me pareció tan delirantemente implausible que me hizo ser profundamente suspicaz respecto al resto del libro. Pero tras leer el autoritativo volumen de Bergman ya no estoy tan seguro. Después de todo, sabemos que en torno a esas mismas fechas, una facción diferente de la inteligencia había considerado seriamente asesinar al ministro de defensa de Israel, y cabe sospechar que los operativos de seguridad orquestaron el asesinato posteriormente el asesinato del primer ministro Rabin. De modo que tal vez la eliminación de un director del Mossad que no caía lo bastante bien dentro de la agencia no sea una posibilidad totalmente absurda. Además, Wikipedia confirma que, en efecto, el general Yekutiel Adam, jefe de gabinete de Israel, fue nombrado director del Mossad a mediados de 1982 y después muerto en Líbano tan solo un par de semanas antes de tomar posesión del cargo, convirtiéndose así en el oficial militar israelí de más alto rango caído en combate hasta la fecha.

Según Ostrovsky y sus compañeros de facción, ciertos elementos poderosos dentro del Mossad lo estaban transformando en una organización peligrosa y rebelde, que amenazaba la democracia de Israel y bloqueaba cualquier posibilidad de paz con los palestinos. Estos individuos incluso actuarían, según él, en directa oposición a las directrices de la cúpula del Mossad, a quienes veían como demasiado débiles y diplomáticos.

A principios de 1982, algunos de los elementos más moderados de la agencia, apoyados por el director entonces saliente, habían encomendado a algunos de sus agentes en París abrir canales diplomáticos con los palestinos, y lo hicieron mediante un intermediario estadounidense a quienes habían reclutado para tal empresa. Pero, cuando la facción más beligerante descubrió este plan, intentó frustrarlo proyectando el asesinato tanto del propio agente del Mossad como de su colaborador estadounidense, para después echarle la culpa a un grupo extremista palestino. Obviamente yo no puedo dar fe de la veracidad de este extraordinario hecho, pero el archivo del New York Times sí confirma el relato de Ostrovsky respecto a los misteriosos asesinatos en 1982 de Yakov Barsimantov y Charles Robert Ray, que dejaron a los investigadores atónitos al no poder encontrarles un móvil.

Ostrovsky dice haberse sentido profundamente impactado e incrédulo cuando se le informó por primera vez sobre las acciones de esta facción beligerante dentro del Mossad, y su historial de asesinatos tanto de oficiales israelíes como de sus propios compañeros de agencia, pero poco a poco fue convenciéndose de su veracidad. De modo que, ya como un ciudadano particular residente en Canadá, aceptó llevar a cabo una campaña para desestabilizar las operaciones del Mossad existentes, esperando con ello desacreditar lo bastante a la organización como para que las facciones dominantes perdieran influencia o al menos para que sus peligrosas actividades fueran suprimidas por el gobierno israelí. Aunque recibió cierta ayuda de los elementos moderados de la agencia que le habían reclutado, el proyecto era evidentemente en extremo peligroso, y su propia vida corría un gran peligro de descubrirse sus acciones.

Presentándose como un exoficial del Mossad desengañado con la agencia que buscaba vengarse de sus antiguos jefes, pasó gran parte del siguiente año entablando contactos con los servicios de inteligencia de Gran Bretaña, Francia, Jordania y Egipto, ofreciéndoles su ayuda de cara a destapar redes de espionaje israelíes a cambio de sustanciosas sumas de dinero. Ningún otro desertor del Mossad con su nivel de conocimientos había salido nunca a la luz, y aunque algunos de estos servicios de inteligencia le trataron al principio con suspicacia eventualmente se ganó su confianza, a la vez que la información que les proporcionaba les resultó crucial para romper algunos de los círculos de espías israelíes, muchos de los cuales les eran desconocidos hasta el momento.

 

La narración detallada de esta campaña de contrainteligencia de Ostrovsky contra el Mossad ocupa más de la mitad del libro, y no tengo modo alguno de determinar si lo que cuenta es real o ficticio, o tal vez una mezcla de las dos cosas. El autor proporciona copias de sus billetes de avión a Amán (Jordania) y El Cairo, donde supuestamente tuvo largos encuentros con los servicios de inteligencia locales, y en 1988 estalló un gran escándalo internacional cuando los británicos cerraron, de manera nada sutil, un gran número de pisos francos del Mossad, expulsando a muchos agentes israelíes. Personalmente, me parece que el relato de Ostrovsky es razonablemente fiable, aunque tal vez otros que tengan verdadera experiencia personal en operaciones de inteligencia podrían llegar a una conclusión distinta.

Aunque sus dos años de ataques contra las redes de inteligencia israelíes llegaron a hacer bastante daño al Mossad, los resultados a nivel político fueron mucho menores de los que esperaba. La cúpula existente todavía tenía un firme control sobre la organización y el gobierno israelí no daba señales de estar tomando medidas. De modo que Ostrovsky finalmente concluyó que a lo mejor lo que hacía falta era cambiar de estrategia, y decidió escribir un libro sobre el Mossad y sus dinámicas internas.

Sus aliados dentro de la agencia se mostraron bastante escépticos al principio, pero finalmente le apoyaron y participaron plenamente en el proyecto. Algunos de estos individuos habían pasado muchos años en el Mossad, incluso llegando a ostentar cargos importantes, y fueron la fuente de la que Ostrovsky extrajo el material extremadamente detallado que ofrecía en su primer libro de 1990, que parecía estar muy por encima del nivel de conocimiento que podía tener un oficial de la agencia tan joven como Ostrovsky.

Los intentos del Mossad de suprimir el libro por medios judiciales fueron un terrible fracaso y acabaron generando, por el contrario, la enorme publicidad que lo convirtió en un superventas internacional. Los observadores externos se encontraron asombrados de que los israelíes hubieran adoptado una estrategia mediática tan contraproducente, pero, según Ostrovsky, sus aliados internos fueron quienes ayudaron a convencer a la cúpula del Mossad de tomar ese camino. También intentaron mantenerle informado de cualquier plan de la agencia de secuestrarlo o asesinarlo.

Durante la producción del tomo de 1990, Ostrovsky y sus aliados habían comentado un gran número de operaciones pasadas, pero solo una fracción de ellas llegó a ser incluida en el texto. De modo que, cuando el autor se decidió a lanzar una secuela, tenía ya una gran abundancia de material en el que basarse, que incluía varias exclusivas impactantes.

La primera de ellas es en relación al destacado papel de Israel en la venta ilegal de equipamiento militar estadounidense a Irán durante la amarga guerra irano-iraquí de los años 80; una historia que eventualmente llegó a los titulares de prensa como el “escándalo Irán-Contra”, aunque nuestros medios nacionales hicieron todo lo posible para ocultar la involucración de Israel en todo el asunto.

El tráfico de armas con Irán era un negocio extremadamente lucrativo para Israel, que pronto se expandió también hasta incluir el entrenamiento de pilotos militares. La profunda antipatía ideológica que la República Islámica sentía por el Estado judío hacía necesario que estos negocios se llevasen a cabo utilizando intermediarios, de modo que se estableció una vía de contrabando a través del pequeño estado alemán de Schleswig-Holstein. Sin embargo, cuando más tarde se intentó involucrar al principal responsable político de la región, este rechazó la propuesta. Los líderes del Mossad tenían miedo de que pudiera interferir en sus negocios, de modo que conspiraron para fabricar un escándalo que le sacase del poder e instalar en su puesto a un político más moldeable. Desgraciadamente, el ultrajado gobernador de Schleswig-Holstein no se dejó derrocar sin más y exigió que se abriera una investigación pública para limpiar su nombre, de modo que unos agentes del Mossad le atrajeron hasta Ginebra y, después de que rechazase un cuantioso soborno para mantenerle callado, lo mataron, haciendo luego que su muerte pareciese un suicidio.

Durante mi lectura original, este suceso, larga y detalladamente narrado a lo largo de más de 4.000 palabras de texto, me pareció bastante dudoso. Yo nunca había oído hablar antes de Uwe Barschel, pero se le describía como un amigo íntimo del canciller alemán Helmut Kohl, y me resultaba totalmente implausible que el Mossad hubiera podido sacar del poder tan fácilmente a un líder electo europeo, para después acabar asesinándolo. Las profundas sospechas que ya albergaba respecto al resto del libro de Ostrovsky se hicieron aún más fuertes.

Sin embargo, al volver a repasar el incidente hace poco, descubrí que siete meses después de la aparición del libro el Washington Post publicaba la noticia de que el caso de Barschel había sido reabierto, y varias investigaciones policiales por parte de Alemania, España y Suiza habían encontrado fuertes indicios de que fue asesinado, y que lo fue en unas circunstancias exactamente tales como las que sugería Ostrovsky. De nuevo, las sorprendentes afirmaciones del desertor del Mossad se habían corroborado, y para entonces me sentí mucho más dispuesto a creer que al menos la mayor parte de sus subsiguientes revelaciones eran probablemente ciertas. Y había una lista bastante larga de ellas.

(Como nota aparte, Ostrovsky apuntó a una de las fuentes principales de la creciente influencia interna del Mossad en Alemania. La amenaza del terrorismo doméstico llevó al gobierno alemán a enviar regularmente grandes contingentes de agentes de seguridad y policías a Israel para completar allí su entrenamiento, y estos individuos se convirtieron en objetivos ideales para el reclutamiento de la agencia de inteligencia, colaborando con sus jefes israelíes mucho después de haber vuelto a Alemania y haber retomado sus funciones habituales. Así, aunque la cúpula de estas organizaciones era generalmente leal a su país, los rangos intermedios se vieron cada vez más infiltrados por agentes del Mossad, quienes podían ser usados para distintos proyectos. Esto suscita dudas evidentes respecto a la política estadounidense tras el 11-S de mandar grandes contingentes de nuestros propios agentes de policía a Israel para llevar a cabo entrenamientos similares, así como la tendencia de prácticamente todos los nuevos miembros electos del Congreso de viajar a dicho país.)

Recordé vagamente la polémica que hubo a principios de los años 80 en torno al secretario general de la ONU, Kurt Waldheim, de quien se descubrió que había mentido sobre su servicio militar en la Segunda Guerra Mundial, y dejó el puesto envuelto en una oscura nube de dudas en torno a su persona, hasta el punto de que su nombre llegó a evocar para muchos la idea de unos crímenes de guerra nazis largo tiempo ocultados. No obstante, según Ostrovsky, todo ese escándalo fue elaborado por el Mossad, que colocó documentos incriminatorios obtenidos de otros archivos en el archivo de Waldheim. El líder de las Naciones Unidas se había vuelto cada vez más crítico con la ofensiva militar israelí en el Líbano, de modo que las pruebas falsificadas se utilizaron para lanzar una campaña de desprestigio en los medios que acabase con su carrera.

Asimismo, si le damos crédito a lo que dice Ostrovsky, durante muchas décadas Israel llevó a cabo actividades que habrían ocupado un lugar central en los Juicios de Núremberg. Según su relato, desde los años 60 en adelante el Mossad había operado un pequeño laboratorio en Nes Ziyyona, al sur de Tel Aviv, donde experimentaban con compuestos nucleares, químicos y bacteriológicos letales utilizando como sujetos a indefensos palestinos seleccionados para su eliminación. Este proceso todavía en marcha permitió a Israel perfeccionar sus tecnologías del asesinato a la vez que mejorar su poderoso arsenal de armas no convencionales para ser usado en caso de guerra. Aunque durante la década de los 70 los medios estadounidenses se enfocaron una y otra vez en la terrible depravación de la CIA, no recuerdo haber escuchado jamás ninguna acusación dirigida contra estos planes israelíes.

En cierto momento, Ostrovsky se sorprendió al descubrir que algunos agentes del Mossad solían acompañar a los médicos israelíes en misiones humanitarias a Sudáfrica, donde trataban a la empobrecida población africana en una clínica ambulatoria de Soweto. La explicación que se le dio fue descorazonadora: a saber, que ciertas compañías privadas israelíes estaban utilizando a los ingenuos pacientes africanos como cobayas humanas para experimentar con compuestos químicos de formas que no podrían haberse llevado a cabo legalmente en Israel. Obviamente yo no tengo manera de verificar esta afirmación, pero a veces me había preguntado cómo es que Israel había llegado a dominar gran parte de la industria farmacéutica de medicamentos genéricos a nivel mundial, lo que naturalmente conlleva emplear los medios más baratos y eficientes de experimentación y producción.

También me resultó muy interesante la historia sobre el ascenso y caída del magnate de la prensa británica Robert Maxwell, un inmigrante checo de raíces judías. Según lo que cuenta Ostrovsky, Maxwell había colaborado de cerca con el Mossad a lo largo de toda su carrera, y la agencia había sido crucial a la hora de elevarlo al poder, prestándole dinero en sus inicios y posicionando a sus colaboradores en varios sindicatos y entidades financieras para debilitar a sus competidores. Una vez que el imperio de Maxwell estuvo ya establecido, este recompensó a sus benefactores por vías tanto legales como ilegales, apoyando las políticas israelíes en sus periódicos y dando acceso al Mossad a un fondo monetario secreto con el que financiar sus operaciones encubiertas en Europa con dinero extraído de su fondo de pensiones empresarial. En principio, ofrecía estos pagos al Mossad en la forma de préstamos temporales, pero en 1991 la agencia estaba tardando demasiado en pagar sus deudas y Maxwell se empezó a ver en una situación económicamente desesperada cuando su frágil imperio comenzaba a tambalearse. Cuando se puso en contacto con el Mossad y dejó caer que conocía peligrosos secretos de la agencia y que podría verse forzado a desvelarlos a no ser que le pagasen lo que le debían, el Mossad decidió asesinarlo y hacer pasar su muerte por un suicidio.

De nuevo, las afirmaciones de Ostrovsky no pueden comprobarse, pero el difunto magnate mediático tuvo un funeral de estado en Israel, en el que el primer ministro entonces en el cargo alabó sus importantes servicios prestados al Estado judío, junto a la presencia de otros tres anteriores primeros ministros del país, y Maxwell fue enterrado con honores en el Monte de los Olivos. Muy recientemente, su hija Ghislaine Maxwell saltó a los titulares por ser la socia más próxima del infame extorsionador Jeffrey Epstein, y existe la creencia generalizada de que es una agente del Mossad y que ahora se encuentra fugitiva en Israel.

 

Pero la historia potencialmente más dramática de las que relata Ostrovsky, en un corto capítulo hacia el final del libro, tuvo lugar a finales de 1991. Tras la gran victoria militar estadounidense sobre Iraq en la Guerra del Golfo, el presidente George H. W. Bush decidió invertir parte de su considerable capital político en forzar por fin un acuerdo de paz en Oriente Próximo entre israelíes y árabes. El derechista primer ministro israelí, Isaac Shamir, se oponía fieramente a cualquier tipo de concesión, de modo que Bush empezó a aplicar cierta presión financiera sobre el Estado judío bloqueando sus garantías de préstamos, a pesar de los esfuerzos en contra del poderoso lobby proisraelí. Así, en ciertos círculos, pronto se le empezó a conocer como un diabólico enemigo de los judíos.

Ostrovsky explica que, tradicionalmente, cuando los grupos proisraelíes se han topado con la firme oposición de un presidente estadounidense han intentado influir en el vicepresidente como medio para recuperar subrepticiamente su poder. Por ejemplo, cuando el presidente Kennedy se opuso fieramente al programa de armamento nuclear israelí a principios de los 60, el lobby de Israel concentró sus esfuerzos en el entonces vicepresidente Lyndon Johnson, y su estrategia se vio recompensada cuando este último duplicó las ayudas a Israel poco después de llegar a la presidencia. De forma parecida, en 1991 enfatizaron su amistad con el vicepresidente Dan Quayle; una tarea sencilla dado que su jefe de personal y consejero principal era William Kristol, un eminente neocon judío.

Sin embargo, había una facción extrema en el Mossad que pensaba resolver los problemas políticos de Israel de forma mucho más directa, decidiendo asesinar al presidente Bush durante la conferencia internacional de paz que tuvo lugar en Madrid y culpar luego a tres militantes palestinos. El 1 de octubre de 1991, Ostrovsky recibió una llamada en la que su principal colaborador en el Mossad, casi sin aliento, le informó de este plan y le pidió desesperadamente su ayuda para truncarlo. Al principio Ostrovsky se mantuvo incrédulo, encontrando difícil de creer que incluso los elementos más radicales dentro del Mossad pudieran contemplar llevar a cabo un acto tan extremo, pero pronto aceptó hacer todo lo que estuviese en su mano para sacar el complot a la luz y de alguna manera hacerle llegar la información a la administración Bush sin que le despacharan como un mero “conspiranoico”.

Dado que Ostrovsky era ya un autor de renombre, se le invitaba con frecuencia a hablar sobre temas de Oriente Próximo en ciertos círculos de élite, y en su siguiente charla subrayó la intensa hostilidad de la derecha israelí a las propuestas de Bush, insinuando también claramente que la vida del presidente corría peligro. Entonces ocurrió que un miembro del reducido grupo de asistentes a esta charla trasladó estas sospechas al excongresista Pete McCloskey, un antiguo amigo del presidente, quien en seguida se puso en contacto telefónico con Ostrovsky para discutir la situación y posteriormente voló a Ottawa para entrevistarse con él en persona con vistas a evaluar la credibilidad de la amenaza. Tras concluir que se trataba, en efecto, de una amenaza real y seria, McCloskey empezó de inmediato a utilizar sus contactos en Washington para contactar con el Servicio Secreto, a quienes persuadió de ponerse en contacto a su vez con Ostrovsky, que les explicaría cuáles eran sus fuentes de información. La noticia pronto se filtró a la prensa, generando una extensa cobertura por parte del influyente columnista Jack Anderson y otros, y la exposición al público de todo el asunto hizo que el complot para asesinar a Bush se abandonase finalmente.

Una vez más, me sentí bastante escéptico tras leer esta historia, de modo que decidí contactar a algunos viejos conocidos míos, que me informaron de que la administración Bush, en efecto, se había tomado muy en serio las advertencias de Ostrovsky sobre la presunta trama del Mossad para asesinarlo, lo que parecía confirmar en gran medida el relato del autor.

 

Tras el triunfo comercial de sus libros y su éxito al frustrar la presunta conspiración para asesinar al presidente Bush a finales de 1991, Ostrovsky perdió hasta cierto punto el contacto con sus antiguos aliados del Mossad y pasó a enfocarse en su vida personal en Canadá y su nueva carrera literaria. Además, las elecciones israelíes de 1992 elevaron al poder al gobierno, mucho más moderado, del primer ministro Rabin, lo que parecía reducir en gran medida la necesidad de continuar trabajando contra el Mossad. Pero a veces los cambios de gobierno tienen consecuencias inesperadas, especialmente en el letal terreno de las agencias de inteligencia, donde las relaciones personales se sacrifican a menudo en pos de la eficacia.

Después de la publicación de su libro en 1990 Ostrovsky había empezado a temer que pudieran secuestrarlo o matarlo, así que, en consecuencia, había evitado cruzar el Atlántico y visitar Europa. Pero, en 1993, sus antiguos compañeros del Mossad le comenzaron a instar a viajar a Holanda y Bélgica para promocionar las distintas traducciones que se habían publicado allí de su libro, convertido ya en superventas internacional. Le aseguraron firmemente que los cambios políticos ocurridos en los últimos años en Israel suponían que estaría totalmente a salvo, de modo que finalmente accedió a hacerlo a pesar de sus temores. Sin embargo, aunque tomó ciertas precauciones, un extraño incidente ocurrido en Bruselas le hizo darse cuenta de que acababa de escapar por los pelos de ser secuestrado por el Mossad. Alarmado, llamó por teléfono a casa de su principal contacto en el Mossad, pero en lugar de recibir palabras de apoyo se topó con una respuesta extrañamente fría y hosca, en la que este mencionó además un conocido caso en el que un individuo que en una ocasión había traicionado al Mossad fue asesinado junto a su mujer y sus tres hijos.

Con razón o sin ella, el caso es que Ostrovsky concluyó que probablemente la caída del anterior gobierno israelí, de la línea más dura, había permitido que la facción más moderada dentro del Mossad tomase el control de la organización. Entonces, tentados por ese poder, habían pasado a considerarlo un peligroso y prescindible “cabo suelto”, pensando que eventualmente podría sacar a la luz la colaboración de esta facción moderada (ahora en el poder) en sus propias actividades anteriores contra el Mossad, además del peligro que suponía su libro para la agencia.

Así, creyendo que sus anteriores aliados querían ahora eliminarlo, comenzó rápidamente a trabajar en su siguiente libro para sacar a la luz toda la historia, lo que reduciría en gran medida el potencial beneficio de acabar con su vida. También me llamó la atención que en su nuevo texto mencionaba reiteradamente que poseía un exhaustivo compendio secreto de nombres y fotografías de los agentes internacionales del Mossad; una afirmación que, verdadera o no, podría servirle como “seguro de vida” al incrementar enormemente los riesgos a los que se enfrentaría Israel en caso emprender cualquier acción contra su persona.

Esta breve descripción de lo que estaba sucediendo en aquel momento clausuraba el segundo libro de Ostrovsky, sirviendo a su vez para explicar por qué lo había escrito y por qué contenía tanto material sensible que no había aparecido en el primero.

El “juicio final” sobre el asesinato de JFK

El segundo libro de Ostrovsky salió a la luz a finales de 1994 en la afamada editorial HarperCollins. Pero, a pesar de sus explosivas revelaciones, esta vez Israel y sus aliados habían aprendido la lección y se mantuvieron en casi completo silencio en lugar de lanzar ataques histéricos contra el libro, de modo que recibió escasa atención y vendió solo una fracción del número de copias que había vendido el anterior. Entre la prensa hegemónica solo pude localizar una reseña breve y bastante negativa en Foreign Affairs.

Sin embargo, otro libro publicado a principios de ese mismo año sobre un tema similar fue completamente ignorado por el público, y lo sigue siendo aún hoy casi un cuarto de siglo más tarde. A su vez, este “apagón” mediático en torno a él no se debe meramente a que su autor fuese relativamente desconocido. A pesar del boicot casi total que le hicieron los medios, el libro llegó a ser un superventas en ciertos círculos underground en los que se leyó bastante, llegando a imprimirse eventualmente 40.000 ejemplares, aunque casi nunca se mencionaba públicamente. Se trataba de Final Judgment (“Juicio final”), escrito por el difunto Michael Collins Piper, que proponía la explosiva hipótesis de que el Mossad había tenido un papel central en el asesinato más famoso del siglo XX: el del presidente John F. Kennedy en 1963.

Mientras que los libros de Ostrovsky se nutrían de su propio conocimiento personal del servicio secreto israelí, Piper era un periodista e investigador que había pasado toda su carrera profesional en el Liberty Lobby, una pequeña organización activista con sede en Washington D. C. El grupo era duramente crítico con la política israelí y la influencia sionista en Estados Unidos, y era caracterizado normalmente por los medios de comunicación como parte de la extrema derecha populista y antisemita, siendo ignorado la mayor parte del tiempo. Su publicación semanal, Spotlight, que habitualmente trataba temas controvertidos, llegó en cierto punto a tener una respetable tirada de 300.000 ejemplares por número, allá por los turbulentos años 70, pero después menguó sustancialmente durante la más plácida y optimista era Reagan.

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El Liberty Lobby nunca se había dedicado mucho al asunto del asesinato de JFK, pero en 1978 publicó un artículo sobre el tema firmado por Victor Marchetti, un destacado oficial de la CIA, y como respuesta tuvo que hacer frente a una demanda por difamación orquestada por E. Howard Hunt (que había saltado a la fama por el caso Watergate) que amenazó seriamente la supervivencia de la organización. En 1982, esta batalla legal que estaba entonces librándose llamó la atención de Mark Lane, un experimentado abogado progresista de origen judío, que era considerado el padre de las investigaciones conspiratorias en torno al asesinato de JFK y que decidió involucrarse en defensa del Liberty Lobby. Lane ganó el juicio en 1985 y a partir de entonces permaneció como un aliado cercano de la organización.

Piper se fue haciendo amigo de Lane gradualmente y para principios de la década de 1990 también había pasado a interesarse por el asesinato de Kennedy. En enero de 1994 publicó su principal trabajo, Final Judgment, que proporcionaba un enorme cuerpo de evidencias circunstanciales en apoyo de su teoría de que el Mossad había estado envuelto en el asesinato. Yo mismo resumí y comenté la “Hipótesis Piper” en un artículo de 2018:

Durante las décadas que siguieron al asesinato de 1963, prácticamente no surgieron sospechas sobre la involucración de Israel, y en consecuencia ninguno de los cientos o miles de libros que aparecieron durante los años 60, 70 y 80 presentando diversas versiones conspiratorias del asesinato apuntaron al Mossad, a pesar de que prácticamente cualquier otro posible culpable, desde el Vaticano a los Illuminati, había sido señalado en alguno de ellos. Kennedy había obtenido más del 80% del voto judío en las elecciones de 1960, varios judíos estadounidenses tuvieron cargos importantes en su administración y su figura había sido ensalzada por innumerables celebridades, personajes mediáticos e intelectuales judíos desde Nueva York a Hollywood pasando por la Ivy League. Lo que es más, algunos individuos de trasfondo judío como Mark Lane y Edward Epstein habían estado entre los primeros en proponer la idea de que su asesinato había sido fruto de una conspiración, y sus polémicas teorías habían sido a su vez defendidas por influyentes personajes judíos del mundo de la cultura como Mort Sahl y Norman Mailer. Dado que la administración Kennedy era percibida generalmente como favorable a Israel, no parecía existir motivo alguno para que el Mossad hubiera estado implicado, y cualquiera que lanzase acusaciones extravagantes e infundadas sobre un tema tan grave contra el Estado judío difícilmente iba a encontrar hueco en la industria editorial, que era abrumadoramente projudía.

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Sin embargo, a principios de los años 90 ciertos periodistas e investigadores de renombre empezaron a desvelar las circunstancias en torno al desarrollo del arsenal nuclear israelí. Seymour Hersh, en su libro de 1991 The Samsom Option: Israel’s Nuclear Arsenal and American Foreign Policy, describía el extremo al que llegaron los esfuerzos de la administración Kennedy para forzar a Israel a que permitiese que la comunidad internacional supervisara sus reactores nucleares (supuestamente de uso exclusivamente civil) en Dimona, y así impedir que fabricasen armas nucleares. El libro Dangerous Liaisons: The Inside Story of the U.S.-Israeli Covert Relationship, escrito por Andrew y Leslie Cockburn, apareció ese mismo año, tratando temas similares.

Aunque en el momento permaneció completamente oculto para el público, el conflicto político de principios de los años 60 entre el gobierno estadounidense y el israelí por su programa nuclear había sido una prioridad máxima de la política exterior de la administración Kennedy, que había hecho de la no proliferación nuclear una de sus principales iniciativas internacionales. Es notable que John McCone, elegido por Kennedy como director de la CIA, hubiese servido previamente en la Comisión para la Energía Atómica bajo el mandado del presidente Eisenhower, siendo él quien filtró a la prensa el hecho de que Israel estaba construyendo un reactor nuclear para producir plutonio.

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La administración Kennedy comenzó entonces en secreto a presionar y amenazar a Israel con cortarle las ayudas financieras, y dichas presiones llegaron a ser tan fuertes que llevaron a la dimisión del primer ministro israelí David Ben-Gurión en junio de 1963. Pero todos estos esfuerzos se vieron enteramente bloqueados o incluso se revirtieron una vez que Kennedy fue reemplazado por Lyndon Johnson en noviembre de ese mismo año. Piper señala que el libro de Stephen Green de 1984, titulado Taking Sides: America’s Secret Relations With a Militant Israel, ya había documentado que la política de EE. UU. en Oriente Próximo se había revertido por completo tras el asesinato de Kennedy, pero que este importante hallazgo había atraído muy poca atención en su momento.

Los escépticos respecto a la posibilidad de que hubiera motivos políticos para conspirar contra Kennedy han señalado a menudo la estrecha continuidad entre las administraciones de Kennedy y de Johnson, tanto en política interior como exterior, y han argumentado que esto impone serias dudas sobre la existencia de tales motivos. Aunque este análisis parece en gran medida correcto, el comportamiento de Estados Unidos respecto a Israel y su programa de armas nucleares constituye una muy notable excepción a esta regla.

Otra posible preocupación de los oficiales israelíes podría haber sido el fuerte empeño de la administración Kennedy por restringir las actividades de los grupos de presión proisraelíes. Durante su campaña presidencial de 1960, Kennedy se había reunido en Nueva York con un grupo de adinerados empresarios proisraelíes, con el financiero Abraham Feinberg a la cabeza, y le habían ofrecido un enorme apoyo financiero a cambio de tener cierta influencia y control sobre la política de EE. UU. en Oriente Próximo. Kennedy consiguió quitárselos de encima dándoles largas, pero consideró el suceso tan perturbador que a la mañana siguiente llamó al periodista Charles Bartlett, uno de sus amigos más íntimos, y le expresó su indignación ante el hecho de que la política exterior estadounidense pudiera caer en las manos de agentes de un país extranjero, prometiéndole además que, si fuese elegido presidente, se encargaría de rectificar tal situación. Y, en efecto, una vez que hubo instalado a su hermano Robert como Fiscal General, este último inició una gran campaña legal para forzar a los grupos proisraelíes a registrarse como agentes extranjeros, lo que habría reducido drásticamente su poder e influencia. Sin embargo, tras la muerte de JFK este proyecto fue rápidamente abandonado y, como parte del acuerdo, el lobby proisraelí principal simplemente aceptó reconstituirse como el AIPAC (siglas del American Israel Public Affairs Committee, el principal grupo de presión proisraelí en Estados Unidos en la actualidad –N. del T.).

 

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El libro de Piper, Final Judgment, fue reimpreso varias veces después de su publicación original en 1994, y para la sexta edición, lanzada en 2004, contaba ya con 650 páginas, incluyendo varios voluminosos apéndices y más de 1.100 notas a pie de página, la gran mayoría de ellas haciendo referencia a fuentes totalmente públicas, como periódicos de gran tirada. El cuerpo del texto era meramente pasable en cuanto a organización y pulido, reflejando el boicot total de todas las editoriales tanto famosas como alternativas, pero el contenido en sí me pareció valioso y en general bastante convincente. A pesar del total apagón mediático en torno al libro, acabó vendiendo más de 40.000 ejemplares a lo largo de los años, convirtiéndolo en algo así como un superventas underground, y sin duda haciendo que llegase hasta los oídos de toda la comunidad de investigadores sobre el asesinato de JFK, aunque al parecer casi ninguno de ellos estuvo nunca dispuesto a mencionar su existencia. Mi sospecha es que estos otros escritores se dieron cuenta de que tan solo mencionar la existencia del libro, de no ser para ridiculizarlo o despreciarlo, habría resultado un golpe fatal para sus carreras mediáticas y editoriales. El propio Piper murió en 2015 a la edad de 54 años, padeciendo graves problemas de salud derivados del alcoholismo, que tan a menudo está asociado a duras condiciones de pobreza, y es razonable pensar que otros periodistas sintiesen reparos ante la posibilidad de acabar sufriendo tan triste destino.

Como ejemplo de esta extraña situación, cabe mencionar que la bibliografía del libro de Talbot de 2005 contiene casi 140 entradas, entre ellas ciertas obras bastante poco conocidas, pero no se puede encontrar “Final Judgment” entre ellas, ni su índice onomástico contiene mención alguna a “Israel” o “judíos”. De hecho, en cierto momento del libro caracteriza delicadamente el gabinete del senador Robert Kennedy, enteramente judío, diciendo que “no había un solo católico entre ellos”. Su secuela de 2015 es igualmente circunspecta, y aunque el índice contiene numerosas entradas con la palabra “judíos”, todas estas referencias son en relación a la Segunda Guerra Mundial y los nazis, incluidos varios pasajes dedicados a la supuesta vinculación de Allen Dulles –su principal bête noire– con los nazis. El libro de Stone, aunque acusa sin tapujos al presidente Lyndon Johnson del asesinato de JFK, también excluye extrañamente toda mención a “Israel” o “judíos” de su largo índice, y a Final Judgment de su bibliografía. El libro de Douglass sigue este mismo patrón.

Más aún: la extrema preocupación que la “Hipótesis Piper” pareció provocar entre las filas de los investigadores del asesinato de JFK podría explicar una extraña anomalía. Aunque Mark Lane era él mismo de origen judío y trasfondo izquierdista, tras su victoria legal en favor del Liberty Lobby en el juicio por difamación pasó muchos años asociado con dicha organización como asesor legal y aparentemente se volvió amigo de Piper, uno de sus principales colaboradores. Según Piper, Lane le dijo que Final Judgment planteaba un “fuerte argumento” en favor de que el Mossad hubiera tenido un papel crucial en el asesinato, y él mismo veía esta teoría como perfectamente complementaria de la suya, que se enfocaba más en la involucración de la CIA. Mi sospecha es que lo polémico de estas conexiones puede explicar por qué no hay ni siquiera una sola mención a Lane en el libro de Douglass o el de Talbot de 2007, y solo aparecía mencionado por Talbot en su segundo libro cuando su obra era absolutamente esencial para apoyar a su vez su propio análisis. Por el contrario, los redactores de plantilla del New York Times no suelen estar bien versados en las sutiles idas y venidas de la comunidad de investigadores del asesinato de JFK, e, ignorando esta controversia oculta, le dieron a Lane el largo y elogioso obituario que su carrera sin duda merecía.

 

Al evaluar la probabilidad de que distintos sospechosos fuesen los autores de un crimen determinado, suele ser útil considerar sus patrones de comportamiento anteriores. Tal como comenté más arriba, no me viene a la cabeza ningún ejemplo histórico en el que el mundo del crimen organizado perpetrase un intento de asesinato serio contra ninguna figura política estadounidense medianamente relevante a nivel nacional. Y, a pesar de algunas sospechas aquí y allá, lo mismo se aplica a la CIA.

En contraste con esto, el Mossad israelí y los grupos sionistas que le precedieron durante el establecimiento del Estado judío parecen haber tenido un largo historial de asesinatos, incluyendo los de algunas figuras políticas de alto nivel que normalmente consideraríamos inviolables. Lord Moyne, el Ministro de Estado británico para Oriente Próximo, fue asesinado en 1994, mientras que el conde Folke Bernadotte, Negociador de Paz de las Naciones Unidas, que había sido enviado para ayudar a resolver la primera guerra árabe-israelí, sufrió el mismo destino en septiembre de 1948. Ni siquiera los presidentes de Estados Unidos estaban enteramente libres de tal amenaza: Piper apunta que las memorias de la hija de Harry Truman, Margaret, cuentan que unos activistas sionistas militantes habían intentado asesinar a su padre por medio de una carta impregnada de químicos tóxicos en 1947, creyendo que estaba haciendo demasiado poco en favor de Israel, aunque ese intento fallido nunca se hizo público. La facción sionista responsable de todos estos incidentes estaba liderada por Isaac Shamir, quien más tarde se convertiría en líder del Mossad y director de su programa de asesinatos en 1960, antes de llegar a ser primer ministro de Israel en 1986.

Hay otros elementos curiosos que tienden a apoyar la “Hipótesis Piper”. Una vez que aceptamos la existencia de una conspiración tras el asesinato de JFK, el individuo que parece haber participado a todas luces es Jack Ruby, y sus vínculos con el crimen organizado eran, específicamente, con el enorme –aunque rara vez mencionado– sector judío del mismo, cuyo líder era Meyer Lansky, quien a su vez era un fervoroso defensor del Estado de Israel. El propio Ruby tenía vínculos especialmente fuertes con el lugarteniente de Lansky, Mickey Cohen, quien dominaba los bajos fondos de Los Ángeles y había estado personalmente involucrado en el tráfico de armas con Israel antes de la guerra de 1948. De hecho, según el rabino de Dallas, Hillel Silverman, Ruby le había explicado en conversaciones privadas que mató a Oswald “por el bien del pueblo judío”.

Un aspecto intrigante de la superproducción de Oliver Stone, JFK, debería también mencionarse en este punto. Arnon Milchan, el adinerado productor de Hollywood que financió el proyecto, no solo era ciudadano israelí, sino que también había tenido presuntamente un papel destacado en un gigantesco proyecto de espionaje dedicado a trasladar materiales y tecnologías estadounidenses al programa de armamento nuclear israelí, que la administración Kennedy se había esforzado tanto por bloquear. De hecho, Milchan ha sido descrito a veces como “el James Bond israelí”. Aunque la película, JFK, alcanza las tres horas de duración, evita escrupulosamente presentar ninguno de los detalles que Piper más tarde consideraría indicios de la presunta involucración de Israel, señalando en cambio a los movimientos de fanáticos anticomunistas dentro de Estados Unidos y a la cúpula del complejo industrial-militar durante la Guerra Fría como los culpables.

Resumir las más de 300.000 palabras del análisis histórico de Piper en unos pocos párrafos resulta una tarea imposible, pero la discusión anterior proporciona un cierto atisbo de la gigantesca cantidad de evidencia circunstancial que existe en favor de la “Hipótesis Piper”.

 

En muchos sentidos, toda la rama de investigaciones dedicadas al asesinato de JFK se ha convertido en una disciplina académica propia, y mis credenciales en ella son muy limitadas. He leído tal vez una docena de libros al respecto y he intentado aproximarme a los problemas con la mirada fresca y libre de perjuicios propia de un observador externo, pero cualquier investigador verdaderamente experto habrá sin duda digerido decenas o incluso centenares de libros sobre el tema. Mientras que la tesis general de Final Judgment me pareció bastante persuasiva al leerlo, una buena parte de los nombres y referencias me resultaban desconocidos. Sencillamente no poseo la preparación adecuada para juzgar su credibilidad, ni si la descripción de los hechos presentados es correcta o no.

En circunstancias normales intentaría leer reseñas o críticas de otros autores al libro y contrastarlas con las afirmaciones de Piper, para después decidir qué argumento me parece más sólido. Pero, aunque Final Judgment fue publicado hace un cuarto de siglo, el silencio casi absoluto que rodea a la “Hipótesis Piper”, especialmente por parte de los investigadores más influyentes y creíbles, lo hace imposible.

Sin embargo, el que Piper fuese incapaz de encontrar una editorial que publicase regularmente sus escritos, junto con la intensa campaña organizada para censurar su teoría, ha tenido una consecuencia irónica. Dado que el libro fue descatalogado hace años, me resultó relativamente fácil obtener los derechos para incluirlo en mi colección de libros controvertidos en formato HTML, y ahora está disponible para cualquier internauta que desee leer el texto entero y decidir por sí mismo, incluyendo todas las referencias y pudiendo también buscarse palabras o frases concretas.

Además, esta edición incorpora muchos otros trabajos más cortos que se publicaron originalmente por separado. Uno de ellos, que consiste de una extensa sesión de preguntas y respuestas, describe la génesis de la idea y responde a numerosas cuestiones en torno a ella, y para algunos lectores podría ser un mejor punto de partida:

También hay numerosas entrevistas y charlas de Piper en YouTube, y cuando vi una o dos de ellas hace un par de años me pareció que resumían bastante bien sus argumentos principales, aunque no puedo recordar cuáles eran en concreto.

 

Algunos otros indicios parecen apoyar los argumentos de Piper sobre la posibilidad de que el Mossad estuviese envuelto en la muerte de nuestro presidente.

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Brothers, el influyente libro de David Talbot publicado en 2007, desvelaba que Robert F. Kennedy había estado convencido casi desde el principio de que su hermano había sido presa de una conspiración, pero decidió callarse, pues según le confesó a su círculo de amigos no veía posible localizar y castigar a los culpables hasta que él mismo hubiese llegado a la Casa Banca. En junio de 1968 parecía estar al borde de conseguir tal meta, pero fue abatido por la bala de un asesino justo antes de ganar las importantísimas primarias de California. La suposición lógica es que su muerte fue orquestada por los mismos elementos que mataron a su hermano, quienes se estarían ahora protegiendo de las consecuencias de su crimen anterior.

Un joven palestino llamado Sirhan Sirhan había disparado una pistola cerca de la escena del crimen y fue rápidamente arrestado y condenado por asesinato. Pero Talbot enfatiza que, según el informe forense, la bala que terminó con su vida fue disparada desde una dirección completamente diferente, a la vez que el registro acústico demuestra que hubo varios disparos más de los que podría haber disparado el arma del supuesto asesino. Estas sólidas pruebas parecen apuntar a una conspiración.

El propio Sirhan parecía desorientado y confuso, alegando después que no recordaba nada de lo sucedido, y Talbot menciona que varios investigadores del asesinato han venido argumentando desde hace tiempo que era simplemente un peón utilizado en la trama por los verdaderos culpables, tal vez bajo algún tipo de hipnosis o condicionamiento psicológico. Casi todos estos investigadores, no obstante, son igual de reacios a señalar que la elección de un palestino como cabeza de turco del asesinato parece apuntar en una dirección obvia, pero el reciente libro de Bergman incluye una revelación de tremenda importancia sobre esto. Exactamente en el momento en el que Sirhan estaba siendo arrestado en el salón del Hotel Ambassador de Los Ángeles, otro joven palestino estaba siendo sometido a rondas intensivas de condicionamiento hipnótico en Israel de la mano del Mossad, siendo programado para asesinar al líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasir Arafat. Aunque este otro complot terminó fracasando, una coincidencia tal parece ir más allá de lo plausible.

 

Tres décadas más tarde, el heredero y tocayo de JFK había logrado tener un destacado perfil público como editor de su influyente revista política, George, que atrajo una considerable polémica internacional cuando publicó un largo artículo argumentando que el asesinato del primer ministro israelí Isaac Rabin había sido orquestado por elementos fanáticos dentro de su propio servicio de seguridad. También había fuertes indicadores de que JFK Jr. podría entrar pronto en política, tal vez presentándose como senador como un primer paso antes de entrar en la carrera por la Casa Blanca.

Sin embargo, murió en un inusual accidente de avioneta en 1999, y una edición posterior del libro de Piper detallaba algunas de las sospechosas circunstancias, que el autor sospechaba que apuntaban a una autoría israelí. Durante años Piper se esforzó por hacer llegar a la atención del hijo de Kennedy su explosivo libro, y tras la publicación de su artículo en George pensó que finalmente lo había logrado. El autor israelí-canadiense Barry Chamish también creía que había sido el descubrimiento de la “Hipótesis Piper” lo que había llevado al joven Kennedy a promover su propia teoría conspiratoria respecto al asesinato de Rabin en su revista.

El año pasado, el investigador francés Laurent Guyénot publicó un exhaustivo análisis de la muerte de JFK Jr., argumentando que probablemente fuese asesinado por Israel. Mi propia interpretación del material que presenta es bastante distinta, y aunque hay un par de aspectos algo sospechosos creo que los indicios de que el accidente fuese provocado –y menos aún por el Mossad– son bastante endebles, llevándome a concluir que el siniestro probablemente fuese simplemente un trágico accidente, tal como lo presentaron los medios. Sin embargo, su muerte sí hizo resaltar una importante brecha ideológica.

Durante sesenta años, los miembros de la familia Kennedy han sido tremendamente populares entre los judíos estadounidenses corrientes, probablemente provocando mayor entusiasmo que casi ninguna otra figura política. Pero esta indudable realidad ha enmascarado una perspectiva enteramente distinta dentro de un segmento concreto de esa misma comunidad.

John Podhoretz, uno de los principales representantes de la corriente neocon, fervientemente proisraelí, era editor de la sección de opinión del New York Times en el momento del fatal accidente de avioneta, e inmediatamente publicó una pasmosa columna titulada “A Conversation in Hell” (“Una conversación en el infierno”) en la que se congratulaba de la muerte del joven Kennedy. En ella presentaba al patriarca de la familia, Joseph Kennedy, como un horrible antisemita que había vendido su alma al Diablo a cambio de su propio éxito terrenal y el de su familia, para después sugerir que todos los subsiguientes asesinatos y muertes sufridos por los Kennedy constituían meramente la letra pequeña de dicho pacto diabólico. Un artículo tan brutalmente duro como este parece indicar sin duda que estos amargos sentimientos eran hasta cierto punto comunes dentro del pequeño círculo social ultrasionista de Podhoretz, que probablemente se solapaba a su vez con elementos similares en la derecha política israelí. De modo que esta reacción demuestra que las mismas figuras políticas que eran tan profundamente queridas por la gran mayoría de los judíos estadounidenses también podían ser consideradas como enemigos mortales por un influyente sector del Estado judío y su cuerpo de asesinos del Mossad.

Cuando publiqué mi artículo original de 2018 sobre el asesinato de JFK señalé, naturalmente, el uso indiscriminado que los grupos sionistas han hecho del asesinato político –un patrón que se remonta hasta antes de la creación del Estado judío– y cité ciertas evidencias a favor de esto extraídas de los libros de Ostrovsky. Pero en aquel momento todavía tenía considerables dudas sobre la credibilidad de Ostrovsky, especialmente respecto a sus impactantes afirmaciones en el segundo libro, que había sido publicado tan solo unos meses antes. De modo que, aunque parecía haber indicios importantes en favor de la “Hipótesis Piper”, consideré que eran inconcluyentes.

Sin embargo, habiendo ahora digerido el libro de Bergman, que documenta la inmensa magnitud de los asesinatos del Mossad a lo largo de los años, tengo también que concluir que las afirmaciones de Ostrovsky eran más sólidas de lo que yo había previamente supuesto. En consecuencia, mi opinión ha cambiado sustancialmente. En lugar de considerarlo meramente como una posibilidad razonable, ahora creo que hay una probabilidad importante de que el Mossad, junto con sus colaboradores estadounidenses, tuviese un papel central en los asesinatos de los Kennedy de los años 60, lo cual me lleva a sostener por completo la “Hipótesis Piper”. Guyénot se ha basado en muchas de las mismas fuentes y ha llegado a conclusiones bastante similares.

La extraña muerte de James Forrestal y otras tragedias

Una vez que aceptamos que el Mossad fue, probablemente, el responsable del asesinato del presidente John F. Kennedy, puede que nuestra comprensión de la historia estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial deba ser sustancialmente reexaminada.

El asesinato de JFK posiblemente fuese el acontecimiento más famoso de la segunda mitad del siglo XX, e inspiró un gran caudal de cobertura mediática e investigaciones periodísticas que al parecer exploraban cada detalle y recoveco de la historia. Sin embargo, durante las siguientes tres décadas tras el asesinato en Dallas, prácticamente no se musitó ni un susurro de sospecha contra Israel, y durante el último cuarto de siglo desde que Piper publicase su seminal libro, en 1994, apenas se ha oído en los medios anglófonos una sola palabra sobre su análisis. Si una tesis de tamaño calado ha permanecido oculta durante tanto tiempo, tal vez ni haya sido la primera ni sea la última en correr esta suerte.

Si los hermanos Kennedy perecieron, en efecto, debido a un conflicto sobre nuestra política exterior respecto a Oriente Próximo, ciertamente tampoco fueron los primeros líderes occidentales en sufrir tal destino, especialmente comparados con la generación anterior, durante las amargas batallas políticas en torno al establecimiento de Israel. Todos nuestros libros de historia habituales relatan los asesinatos sionistas a mediados de los años 40 de Lord Moyne y del Negociador de Paz de las Naciones Unidas, el conde Folke Bernadotte, aunque rara vez mencionan los intentos de asesinato fallidos contra el presidente Harry S. Truman y el Secretario de Asuntos Exteriores británico Ernest Bevin en torno a la misma época.

Pero hubo otra importante figura pública estadounidense que murió durante aquel periodo en circunstancias bastante extrañas, y, aunque su muerte siempre es mencionada, se suele excluir el contexto político crucial en el que se enmarcó. Como comenté extensamente en un artículo de 2018:

A veces nuestros manuales de historia corrientes nos presentan con dos sucesos aparentemente sin relación, que adquieren muchísima más importancia solo una vez que descubrimos que se trataba en verdad de dos partes de un mismo todo más amplio. La extraña muerte de James Forrestal ciertamente entra en esta categoría.

Durante la década de 1930 Forrestal había alcanzado el pináculo de Wall Street, llegando a ser CEO de Dillon, Read & Co., uno de los bancos de inversión más prestigiosos. Durante el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1940, Roosevelt lo llamó para trabajar en su gobierno, en parte porque su gran renombre dentro del Partido Republicano le ayudaba a enfatizar el aspecto políticamente transversal del esfuerzo de guerra, y pronto llegó a ser Vicesecretario de la Marina. Tras la muerte de su superior en 1944, Forrestal fue ascendido al gabinete de gobierno como Secretario de la Marina, y, tras la contenciosa disputa por la reorganización de nuestros departamentos militares, se convirtió en el primer Secretario de Defensa del país en 1947, con autoridad sobre el Ejército, la Marina, las Fuerzas Aéreas y el cuerpo de marines. Junto con el entonces Secretario de Estado, el general George Marshall, Forrestal probablemente era el miembro más influyente del gabinete de Truman. No obstante, apenas unos meses antes de la reelección de Truman en 1948, la historia oficial cuenta que Forrestal se había vuelto paranoide y suicida y había dimitido de su importante cargo para suicidarse unas semanas después saltando por una ventana del decimoctavo piso del Hospital Naval de Bethesda. Al no saber apenas nada sobre Forrestal o su trasfondo, yo siempre había asentido distraídamente al leer este peculiar acontecimiento histórico.

Entretanto, en alguna página o algún capítulo totalmente diferente de mis manuales de historia se relataba la dramática historia del amargo conflicto político que había dividido a la administración Truman en torno al reconocimiento del estado de Israel, que había tenido lugar el año anterior. Leí que George Marshall argumentaba que dar ese paso sería totalmente desastroso para los intereses estadounidenses al alienar potencialmente a varios cientos de millones de árabes y musulmanes, quienes a su vez tenían enormes riquezas derivadas del petróleo de Oriente Próximo, y Marshall tenía una posición tan fuerte respecto al tema que amenazó con dimitir. Sin embargo, Truman, fuertemente influido por las presiones personales de su amigo judío y antiguo socio empresarial, Eddie Jacobson, finalmente optó por reconocer a Israel como estado, y Marshall se quedó en el gobierno.

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Pero, casi una década más tarde, de algún modo me topé con un interesante libro de Alan Hart, periodista y escritor que había sido durante mucho tiempo corresponsal de la BBC para Oriente Próximo, en el que descubrí que estas dos historias aparentemente desconectadas formaban parte de un mismo todo. Según su versión, aunque Marshall en efecto se había opuesto firmemente a reconocer a Israel, había sido en verdad Forrestal quien había liderado esa facción dentro del gabinete de Truman, y era él a quien más se le identificaba con tal posición, lo que resultó en que sufriese numerosos y duros ataques en los medios y en última instancia que acabase dejando el gabinete de ministros. Hart también expresaba dudas considerables respecto a que la subsiguiente muerte de Forrestal hubiese sido realmente un suicidio, citando una página web casi desconocida en la que podía leerse un análisis detallado del caso.

Es un lugar común de nuestra era que internet ha democratizado la distribución de información, permitiendo el encuentro entre aquellos que crean conocimiento y aquellos que lo consumen sin necesidad de intermediarios que lo filtren. A lo largo del tiempo, he encontrado pocos ejemplos mejores que demuestren el inmenso potencial de este sistema que el artículo “Who Killed Forrestal?” (“¿Quién mató a Forrestal?”); un exhaustivo análisis escrito por un tal David Martin, quien se describe a sí mismo como un economista y bloguero político. Con una longitud de varias decenas de miles de palabras, su serie de artículos sobre la muerte del primer Secretario de Defensa de Estados Unidos examina meticulosamente todas las fuentes, incluyendo el pequeño número de libros publicados sobre la vida y la extraña muerte de Forrestal, junto con artículos de prensa de aquel momento y numerosos documentos gubernamentales relevantes obtenidos a petición personal del autor bajo el amparo del Freedom of Information Act (o Ley de Libertad de Información –N. del T.). Basándose en todo este material, el veredicto de asesinato (seguido de una masiva operación del gobierno para ocultarlo) parece quedar sólidamente fundamentado.

Como se mencionó antes, el papel de Forrestal como principal opositor a la creación del estado de Israel dentro de la administración Truman le había vuelto el objeto de una campaña casi sin precedentes de demonización en los medios, tanto en la prensa como en la radio, liderada por los dos columnistas más poderosos del país tanto de la izquierda como de la derecha, Walter Winchell y Drew Person, de los cuales solo el primero era judío, pero ambos tenían fuertes lazos con la ADL (Anti-Defamation League o Liga Antidifamación, un importante grupo de presión judío –N. del T.) y eran extremadamente prosionistas. Sus ataques y acusaciones continuaron incluso tras su dimisión y su posterior muerte.

Una vez que vamos más allá de las fantasiosas exageraciones respecto a los supuestos problemas psicológicos de Forrestal, promovidas por estos mismos creadores de opinión y sus muchos aliados mediáticos, puede verse que gran parte de la supuesta paranoia de Forrestal al parecer se basaba en la creencia de que le estaban siguiendo por Washington D. C., de que estaban interceptando sus llamadas y de que su vida podía correr peligro a manos de agentes sionistas. Y tal vez dichas preocupaciones no eran enteramente irrazonables dados ciertos acontecimientos que tuvieron lugar en aquel tiempo.

En efecto, un miembro del Departamento de Estado llamado Robert Lovett, una figura relativamente menor y con perfil bajo pero que se oponía a los intereses sionistas, denunció que había recibido numerosas llamadas telefónicas amenazantes por la noche en torno a las mismas fechas, lo que le había preocupado mucho. Martin también cita varios libros escritos por activistas sionistas en los que se jactaban del éxito que habían obtenido por medio de la extorsión, al parecer obtenida por medio de interceptar llamadas telefónicas, de cara a ganar suficiente apoyo político en favor de la creación del estado de Israel.

Mientras tanto, entre bambalinas, poderosas fuerzas financieras parecen haber conspirado para asegurarse de que el presidente Truman ignorase las recomendaciones de todos sus consejeros diplomáticos y de seguridad nacional. Años después, tanto Gore Vidal como Alexander Cockburn comentarían por separado que en los círculos políticos de Washington había llegado a ser un secreto a voces que, durante la desesperada campaña de reelección de Truman en 1948, este había aceptado en secreto un pago de 2 millones de dólares de parte de sionistas adinerados a cambio de reconocer a Israel como estado; una suma que sería más o menos equivalente a 20 millones de dólares en la actualidad.

El republicano Thomas Dewey había sido enormemente favorecido como candidato a la presidencia en las elecciones de 1948, y tras la sorprendente victoria de Truman la posición política de Forrestal no había salido ciertamente favorecida, en especial después de que Pearson proclamase en una columna de prensa que Forrestal se había reunido en secreto con Dewey durante la campaña, solicitándole que le hiciese parte de su equipo de gobierno en caso de ganar él las elecciones.

Tras su derrota política respecto a la política exterior en Oriente Próximo y sufrir incesantes ataques desde los medios, Forrestal dimitió bajo presión de su puesto en el gabinete de ministros. Casi inmediatamente después fue ingresado en el Hospital Naval de Bethesda bajo observación, supuestamente padeciendo fatiga grave y extenuación, y pasó allí siete semanas, con un régimen de visitas muy restrictivo. Finalmente se le iba a dar el alta el 22 de mayo de 1949, pero justo horas antes de que su hermano Henry fuese al hospital a recogerlo se encontró su cadáver en el suelo, debajo de la ventana de su habitación del decimoctavo piso, con una soga firmemente atada en el cuello. Basándose en un comunicado de prensa oficial, todos los periódicos se hicieron eco de este desafortunado suicidio, aventurando que primero había intentado ahorcarse pero, al no conseguirlo, había entonces saltado por la ventana. En su habitación se encontró un cuaderno con media página llena de versos griegos transcritos, lo que, en aquellos años de apogeo del pensamiento psicoanalítico freudiano, se consideró como el desencadenante subconsciente de su súbito impulso de muerte, y fue juzgado casi como el equivalente de una nota de suicidio. Mis propios libros de historia simplificaban toda esta compleja cadena de acontecimientos y simplemente decían “suicidio”, que es lo que yo siempre había leído y nunca había puesto en cuestión.

Martin expresa serias dudas sobre este veredicto oficial. Entre otras cosas, las entrevistas publicadas del hermano y los amigos de Forrestal revelan que ninguno de ellos creía que Forrestal se hubiese quitado la vida, y que a todos ellos se les había impedido visitarlo hasta casi los últimos días de su confinamiento hospitalario. De hecho, su hermano relata cómo justo el día antes Forrestal se encontraba de buen humor, diciendo que tras su salida del hospital pensaba usar parte de su considerable fortuna personal para comprar un periódico y empezar a revelar al público estadounidense muchos de los hechos relativos a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial que se habían venido ocultando, y de los que él tenía un conocimiento directo, suplementado a su vez por un extenso diario personal que había mantenido durante muchos años. Al ser ingresado en el hospital, ese diario de miles de páginas de extensión había sido requisado por el gobierno, y tras su muerte fue publicado solo tras ser estrictamente editado y censurado, convirtiéndose a pesar de todo en un tremendo éxito de ventas.

Los documentos gubernamentales desenterrados por Martin levantan sospechas adicionales respecto a la historia que nos presentan todos los manuales de historia habituales. Los archivos médicos de Forrestal no parecen incluir ningún informe oficial de la autopsia; hay pruebas visibles de cristales rotos en su cuarto, lo que apunta a un forcejeo violento, y lo más importante de todo: la página de versos griegos transcritos –siempre citada como evidencia principal del impulso suicida de Forrestal– no estaba escrita en la letra del propio Forrestal.

Aparte de las noticias en los periódicos y los documentos gubernamentales, gran parte del análisis de Martin, incluyendo las extensas entrevistas personales con familiares y amigos de Forrestal, se basan en un corto librito titulado The Death of James Forrestal (“La muerte de James Forrestal”), publicado en 1966 por un tal Cornell Simpson (casi con toda certeza un pseudónimo). Según Simpson, fue años después cuando decidió sacar el manuscrito de su escritorio y publicarlo en la editorial Western Islands, que resultaba ser un servicio de publicaciones de la John Birch Society, la notoria organización conspiratoria de derechas que por entonces se encontraba en su apogeo de influencia a nivel nacional. Por estas razones, ciertos aspectos del libro son de considerable interés incluso más allá de los contenidos directamente relativos a Forrestal.

La primera parte del libro consiste de una detallada presentación de las pruebas oficiales en torno a la sospechosa muerte de Forrestal, incluyendo numerosas entrevistas con sus familiares y amigos, mientras que la segunda parte se centra en los nefarios complots del movimiento comunista internacional: el sello distintivo de la John Birch Society. Según el libro, las firmes convicciones anticomunistas de Forrestal eran lo que le había marcado como objetivo a eliminar por parte de agentes comunistas, y apenas hay referencia alguna a la polémica derivada de su tremenda batalla respecto al establecimiento del estado de Israel, aunque indudablemente fue ese el factor principal de su caída política. Martin señala estas extrañas inconsistencias e incluso se pregunta si ciertos aspectos del libro y de su publicación pudieron haber sido fomentados conscientemente para desviar la atención de la dimensión sionista del asunto al apuntar a una suerte de malvado complot comunista.

Considérese, por ejemplo, el caso de David Niles, cuyo nombre ha caído en el más absoluto olvido, pero quien fue uno de los escasísimos ayudantes de Roosevelt que luego fue también conservado por su sucesor, Truman. Según varios observadores, Niles llegó a convertirse en cierto momento en una de las figuras en la sombra más poderosas de la administración Truman. Varios testimonios sugieren que tuvo un papel principal a la hora de sacar a Forrestal del gobierno, y el libro de Simpson apoya esta tesis al insinuar que Niles era un agente comunista de algún tipo. Sin embargo, aunque los documentos del Proyecto Venona revelan que Niles había colaborado en ocasiones con agentes soviéticos en actividades de espionaje, aparentemente lo hizo por dinero o por otras consideraciones, y ciertamente no era parte de su red de inteligencia. En cambio, tanto Martin como Hart proporcionan una enorme abundancia de pruebas de que las lealtades de Niles estaban principalmente alineadas con el sionismo, y, en efecto, sus actividades de espionaje para Israel en 1950 llegaron a ser tan extremadamente obvias que el general Omar Bradley, jefe del Estado Mayor, amenazó con dimitir inmediatamente de su puesto si Niles no era despedido, lo que acabó forzando a Truman a hacerlo.

Forrestal era un irlandés católico combativo y adinerado, y creo que hay considerables evidencias para concluir que su muerte fue el resultado de factores muy parecidos a los que se cobraron la vida de otro irlandés católico mucho más famoso en Dallas 14 años antes.

 

También hay algunas otras desgracias que siguen este mismo patrón, aunque la evidencia en estos casos es menos fuerte. El libro de Piper de 1994 se enfocaba principalmente en el asesinato de JFK, pero más de la mitad de sus 650 páginas están dedicadas a una larga serie de apéndices sobre temas relacionados. Uno de ellos examina la extraña muerte de un par de antiguos oficiales de alto rango de la CIA, aventurando que pudieron ser provocadas.

El exdirector de la CIA William Colby había sido, según se decía, muy escéptico respecto a la relación de Estados Unidos con Israel, y por ello los miembros proisraelíes de los medios hegemónicos lo habían caracterizado como un notorio “arabista”. En efecto, mientras ejercía como director de la agencia en 1974, había terminado con la carrera del veterano jefe de contrainteligencia de la CIA, James Angleton, cuya extrema afinidad con Israel y el Mossad había levantado en ocasiones serias sospechas sobre a quién le debía realmente lealtad. Piper dice que en 1996 Colby había llegado a alarmarse tanto por la infiltración y manipulación israelí del gobierno estadounidense y sus servicios de inteligencia que había organizado una reunión con políticos árabes de alto rango en Washington, proponiéndoles que colaborasen juntos para corregir esa problemática situación. Unas pocas semanas después Colby desapareció y más tarde se encontró su cuerpo ahogado, siendo el veredicto oficial que había muerto cerca de su casa en un accidente de canoa, aunque sus interlocutores árabes alegaron que había sido asesinado.

Piper también describe la temprana muerte de John Paisley, antiguo director adjunto de la Oficina de Investigaciones Estratégicas de la CIA y también muy crítico con la influencia de Israel y de sus aliados neocons en la política de seguridad nacional del país. A finales de 1978 el cuerpo de Paisley se encontró flotando en la bahía de Chesapeake con una bala en la cabeza, y aunque su muerte fue decretada oficialmente como un suicidio, Piper afirma que pocos se creyeron la versión oficial. Según él, Richard Clement, quien había liderado el Comité de Contraterrorismo que coordinaba a todas las agencias gubernamentales durante la administración Reagan, declaró lo siguiente en 1996:

Los israelíes no tienen escrúpulos a la hora de “eliminar” a ciertos agentes de inteligencia estadounidenses que pudieran amenazar con destapar sus operaciones. Los que conocemos de cerca el caso de Paisley sabemos que fue asesinado por el Mossad. Pero nadie, ni siquiera en el Congreso, quiere decirlo públicamente.

Piper también recuenta las amargas batallas políticas que otros expertos de seguridad nacional en Washington, como el anterior director adjunto de la CIA, el almirante Bobby Ray Inman, mantuvieron durante años con miembros del lobby israelí en el Congreso y en los medios. Después de que Inman fuese nominado por el presidente Clinton para dirigir el Departamento de Estado, una tormenta de críticas de parte de activistas proisraelíes le forzó a retirarse del cargo.

No he investigado personalmente el material citado por Piper en esta breve exposición. Estos ejemplos me eran previamente desconocidos, y toda la evidencia que proporciona Piper parece ser puramente circunstancial, difícilmente elevándose por encima del nivel de la mera sospecha. Pero sí creo que el autor es un investigador y periodista razonablemente solvente cuya perspectiva debería tomarse en serio. Así pues, aquellos interesados en leer su Apéndice sexto, de 5.000 palabras, pueden hacerlo y decidir por sí mismos.

Los atentados del 11 de septiembre: ¿Qué pasó realmente?

Los asesinatos políticos y los ataques terroristas son dos temas distintos, aunque relacionados, y el detallado libro de Bergman se enfoca explícitamente en el primero, de modo que no podemos culparle por apenas tocar el segundo. Pero el patrón histórico de actividad israelí, especialmente en relación con las operaciones de bandera falsa, es ciertamente notable, tal como señalé en un artículo de 2018:

Uno de los ataques terroristas más destructivos de la historia antes del 11 de septiembre fue el bombardeo del Hotel Rey David de Jerusalén por parte de militantes sionistas disfrazados como árabes, que acabó con la vida de 91 personas y destruyó gran parte del edificio. En el famoso “Asunto Lavon” de 1954, unos agentes israelíes llevaron a cabo una serie de ataques terroristas contra objetivos occidentales en Egipto, intentando señalar luego a varios grupos árabes antioccidentales como los culpables. Existen sólidos testimonios que apuntan a que en 1950 unos agentes del Mossad israelí desencadenaron una oleada de ataques terroristas de bandera falsa contra objetivos judíos en Bagdad, y sus violentos métodos tuvieron éxito a la hora de convencer a la milenaria comunidad judía residente en Iraq de emigrar al estado de Israel. En 1967, Israel perpetró un deliberado ataque aéreo y marítimo contra el U.S.S. Liberty, con el objetivo de no dejar supervivientes, cuyo resultado fue que 200 soldados estadounidenses resultaron muertos o heridos antes de que llegasen noticias del ataque a nuestra Sexta Flota y se abortase el mismo.

La tremenda amplitud de la influencia proisraelí en los círculos políticos y mediáticos a lo largo y ancho del mundo hizo que ninguno de estos brutales ataques fuese seriamente represaliado, y en casi todos los casos se olvidaron rápidamente, de modo que probablemente hoy no más de uno de cada cien estadounidenses sepa de ellos. Además, la mayoría de estos incidentes salió a la luz debido a circunstancias azarosas, de modo que podemos sospechar con facilidad que muchos otros ataques de naturaleza similar nunca han llegado a salir a la luz.

De estos famosos sucesos, Bergman solo menciona la masacre del Hotel Rey David. Pero mucho después describe la enorme oleada de ataques terroristas de bandera falsa desatada en 1981 por el entonces ministro de defensa israelí, Ariel Sharon, quien reclutó a un ex-alto cargo del Mossad para dirigir el proyecto.

Bajo la supervisión israelí, varios coches bomba empezaron a explotar en los barrios palestinos de Beirut y otras ciudades libanesas, matando o hiriendo a un gran número de civiles. Un solo ataque en octubre se saldó con casi 400 bajas, y para diciembre estaban produciéndose dieciocho ataques terroristas al mes, a la vez que su efectividad se veía reforzada por el uso de la nueva tecnología de drones que poseía Israel. La responsabilidad oficial de todos los ataques fue reclamada por una organización libanesa previamente desconocida, pero la intención era provocar a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) para que respondiese militarmente contra Israel, lo que justificaría la invasión que planeaba Sharon en Líbano.

Dado que la OLP se resistió tenazmente morder el anzuelo, se pusieron en marcha planes para bombardear un estadio deportivo de Beirut usando toneladas de explosivos durante una ceremonia política el 1 de enero, con la esperanza de que la muerte y la destrucción ocasionadas fuesen “de proporciones sin precedentes, incluso para el Líbano”. Pero los adversarios políticos de Sharon tuvieron conocimiento del complot y subrayaron que muchos diplomáticos extranjeros iban a estar presentes y probablemente morirían, incluyendo al embajador de la Unión Soviética, de modo que, tras un duro debate, el primer ministro Begin ordenó abortar el ataque. Un futuro jefe del Mossad mencionó más tarde los dolores de cabeza que les ocasionó el tener que quitar la gran cantidad de explosivos que ya habían colocado en la estructura del estadio.

 

Creo que esta documentadísima historia de importantes ataques terroristas de bandera falsa por parte de Israel, incluyendo algunos contra objetivos estadounidenses y occidentales en general, debería ser tenida en mente a la hora de examinar los ataques del 11 de septiembre, que transformaron nuestra sociedad de forma tan profunda y nos costaron tantos billones de dólares. Yo mismo analicé en cierto detalle las extrañas circunstancias de dichos ataques y su posible origen en mi artículo de 2018 sobre el tema:

Curiosamente, hasta transcurridos muchos años después del 11-S presté poca atención a los atentados en sí mismos. Mis esfuerzos estaban completamente enfocados en la construcción de mi software de archivado de contenidos, y el poco tiempo libre que me quedaba para ocuparme de temas políticos lo dediqué totalmente al desastre de la guerra de Iraq que se estaba librando por entonces, así como mi gran temor de que Bush pudiera en cualquier momento extender el conflicto a Irán. A pesar de las mentiras de los neocons que nuestros corruptos medios de comunicación repetían desvergonzadamente, ni Iraq ni Irán habían tenido nada que ver con los ataques del 11-S, de modo que dichos sucesos gradualmente fueron desvaneciéndose de mi memoria, y sospecho que lo mismo les sucedió a muchos otros estadounidenses. Al Qaeda había desaparecido casi por completo y Bin Laden estaba supuestamente oculto en alguna cueva remota. A pesar de las continuas “alertas de amenaza terrorista” del Departamento de Seguridad Nacional, no había habido ningún otro atentado islamista en suelo estadounidense, y relativamente pocos fuera de la gigantesca morgue en la que se había convertido Iraq. De este modo, los detalles exactos de lo sucedido el 11-S se habían vuelto prácticamente del todo irrelevantes para mí.

Otros de mis conocidos parecían encontrarse en la misma situación que yo. Prácticamente todas las comunicaciones que tuve con mi antiguo amigo Bill Odom, el general de tres estrellas que había dirigido la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional, por sus siglas en inglés –N. del T.) durante la presidencia de Ronald Reagan, habían estado enfocadas en la guerra de Iraq y el peligro de que pudiera extenderse a Irán, así como el amargo resentimiento que sentía contra Bush por haber pervertido su querida NSA en una herramienta de espionaje doméstico extraconstitucional. Cuando el New York Times publicó una noticia sobre el increíble alcance del espionaje perpetrado por la NSA contra los propios ciudadanos del país, el general Odom declaró que el presidente Bush debía ser destituido y que el director de la NSA, Michael Hayden, debía ser juzgado en una corte marcial. Pero durante todos los años anteriores a su temprano fallecimiento en 2008, no recuerdo que los propios ataques del 11-S saliesen ni una sola vez como tema de nuestras conversaciones.

Admito que ocasionalmente sí había oído que existían algunas circunstancias extrañas respecto al 11-S aquí y allá, y ciertamente levantaban ciertas sospechas. Muchos días miraba de pasada la portada de Antiwar.com y vi que al parecer algunos agentes del Mossad israelí habían sido pillados grabando en vídeo el impacto de los aviones sobre las torres gemelas en Nueva York, mientras que también se había destapado, en torno a las mismas fechas, una operación de espionaje del Mossad mucho más amplia disfrazada como una organización de “estudiantes de arte” en todo el país. Al parecer, FoxNews incluso había dedicado un reportaje en varios episodios a este último asunto antes de que fuese boicoteado y “desapareciese” debido a las presiones de la ADL.

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Aunque yo no estaba enteramente seguro de la credibilidad de dichas noticias, sí parecía plausible que el Mossad hubiera sabido de los ataques con anterioridad y no hubiera hecho nada para detenerlos, al prever los gigantescos beneficios que le proporcionaría a Israel la oleada de furor antiárabe que se derivaría sin duda de ellos. Por entonces era vagamente consciente de que el director editorial de Antiwar.com, Justin Raimondo, había publicado The Terror Enigma, un librito corto sobre algunos de estos extraños hechos, llevando el provocador subtítulo “El 11-S y su conexión con Israel”, pero nunca me había propuesto leerlo. En 2007, la propia revista Counterpunch publicó un fascinante reportaje sobre la detención de ese mismo grupo de agentes del Mossad en Nueva York que habían sido pillados grabando, y aparentemente celebrando, el impacto de los aviones contra las Torres Gemelas en aquel fatídico día, y la actividad del Mossad parecía ser muy superior a la que yo había previamente supuesto. Pero todos estos detalles no pasaron a ser más que un cierto ruido de fondo en mi cabeza en comparación con mi enorme preocupación respecto a la guerra en Iraq e Irán.

 

Sin embargo, para finales de 2008 mi perspectiva había empezado a cambiar. Bush abandonaba la presidencia sin haber comenzado la temida guerra contra Irán y Estados Unidos había logrado esquivar la presidencia, potencialmente aún más peligrosa, de John McCain. Yo asumía que Barack Obama iba a ser un presidente nefasto y resultó ser aún peor de lo que esperaba, pero aun así no pude sino exhalar un suspiro de alivio cada día que pasaba en la Casa Blanca.

Además, en torno a aquellas fechas me topé con un asombroso detalle sobre los ataques del 11-S que me demostró la profundidad de mi propia ignorancia al respecto. En un artículo de Counterpunch había descubierto que, inmediatamente después de los ataques, la supuesta mente criminal que los había organizado, Osama bin Laden, había desmentido públicamente haber participado en ellos, incluso llegando a declarar que ningún buen musulmán cometería jamás un acto así.

Una vez que indagué un poco y pude confirmarlo completamente, me sentí anonadado. El 11 de septiembre de 2001 no solo fue el ataque terrorista más exitoso en la historia mundial, sino que probablemente fuese mayor en cuanto a su magnitud física que todos los demás ataques terroristas pasados juntos. El objetivo último del terrorismo es el de permitir que una organización pequeña le demuestre al mundo que puede infligir serios daños a un estado poderoso, y nunca antes había oído de ningún líder terrorista que negase su papel en una operación exitosa; mucho menos en la más exitosa de la historia. Algo parecía estar extremadamente fuera de lugar en la narrativa generada por los medios que yo había aceptado previamente. Empecé a preguntarme si no había estado tan engañado como las decenas de millones de estadounidenses que en 2003 y 2004 creyeron ingenuamente que Sadam Husein había sido el cerebro detrás de los ataques del 11-S. Vivimos en un mundo de ilusiones generadas por los medios, y súbitamente sentí como si hubiera encontrado una grieta en las montañas de papel maché de un decorado de Hollywood. Si Osama probablemente no había sido el autor del 11-S, ¿qué otras tremendas falsedades me había creído ciegamente?

Un par de años más tarde me topé con una columna muy interesante escrita por Eric Margolis, un prominente periodista canadiense experto en política exterior que había sido purgado de los medios hegemónicos por su fuerte oposición a la guerra de Iraq. Durante mucho tiempo había publicado una columna semanal en el Toronto Sun y, cuando tuvo noticia de su despido, empleó su última columna para realizar una pieza el doble de larga de lo habitual en la que expresaba sus serias dudas respecto a la historia oficial del 11-S, y en la que señalaba también que el antiguo director de los servicios de inteligencia pakistaníes había insistido en que Israel estaba detrás de los ataques.

Eventualmente descubrí que en 2003 el exministro alemán Andreas von Bülow había publicado un libro superventas en el que sugería que fue la CIA, y no Bin Laden, quien estuvo detrás de los atentados, mientras que en 2007 el expresidente de Italia, Francesco Cossiga, había argumentado en una línea similar que la CIA y el Mossad israelí habían sido los responsables, afirmando que este hecho era bien conocido entre las agencias de inteligencia occidentales.

A lo largo de los años, todas estas voces discordantes fueron gradualmente incrementando mis propias dudas respecto a la historia oficial del 11-S hasta niveles extraordinariamente elevados, pero fue solo muy recientemente cuando finalmente pude dedicar suficiente tiempo para empezar a investigar seriamente el tema y leer ocho o diez de los principales libros del movimiento “Truther” (o “Movimiento por la Verdad del 11-S”), especialmente los del profesor David Ray Griffin, considerado como el líder en dicho campo. Sus libros, junto con los escritos de numerosos colegas y aliados suyos, revelaban todo tipo de detalles muy importantes, la mayoría de los cuales me eran desconocidos. También me impresionó mucho el gran número de individuos de cierta reputación y sin sesgos ideológicos aparentes que se habían sumado al movimiento “Truther” a lo largo de los años.

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Cuando numerosos académicos de aparente reputación y otros expertos realizan afirmaciones de naturaleza extremadamente controvertida a lo largo de muchos años, y son completamente ignorados o censurados pero nunca se les llega a refutar efectivamente, la conclusión más razonable parece apuntar en una dirección obvia. Basándome en mis recientes lecturas sobre el tema, el número total de fallos importantes en la historia oficial del 11-S ha llegado a ser enormemente grande, probablemente llegando a contarse varias docenas de ellos. Muchos de estos puntos, yendo uno por uno, parecen ser razonablemente probables, y, si aceptamos que tan solo dos o tres de ellos son correctos, debemos rechazar totalmente la narrativa que muchos de nosotros hemos venido creyendo durante tanto tiempo.

Ciertamente, yo soy solo un principiante en la compleja tarea intelectual de extraer las pequeñas verdades que se ocultan bajo montañas de falsedades fabricadas. Aunque los argumentos del movimiento “Truther” sobre el 11-S me parecen muy persuasivos, obviamente me sentiría mucho más cómodo si fueran secundados por un profesional con experiencia en el campo, como un analista de alto rango de la CIA. Hace unos pocos años, descubrí para mi sorpresa que ese era el caso.

William Christison había pasado 29 años en la CIA, alcanzando un importante cargo como director de su Oficina de Análisis Político y Regional (“Office of Regional and Political Analysis”), con 200 analistas investigadores a su cargo. En agosto de 2006 publicó un notable artículo de 2.700 palabras en el que explicaba por qué había dejado de creer la historia oficial del 11-S y había llegado a convencerse de que el informe de la Comisión de Investigación del 11-S había tapado la verdad, que era muy diferente. El año siguiente elogió efusivamente uno de los libros de Griffin, escribiendo que “existe un sólido cuerpo de evidencias que muestra que la narrativa del gobierno de EE. UU. sobre lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001 es casi con toda certeza una monstruosa serie de mentiras”. El extremo escepticismo de Christison respecto al 11-S fue luego secundado por muchos otros prestigiosos exagentes de los servicios de inteligencia del país.

Podría esperarse que si un antiguo agente de inteligencia del rango de Christison condenase la historia oficial del 11-S como un fraude y un intento de ocultar lo que realmente ocurrió, la noticia estaría en la portada de todos los periódicos. Pero nunca se informó de ello en los medios de comunicación hegemónicos, y solo me topé con dicha información una década después.

Incluso nuestros medios “alternativos” guardaron casi el mismo silencio. A lo largo de la década de los 2000, Christison y su mujer Kathleen, también una exanalista de la CIA, habían sido escritores habituales en Counterpunch, publicando varias docenas de artículos allí y siendo con toda seguridad los escritores de dicha revista con más credenciales en el campo de la inteligencia y la seguridad nacional. Pero el editor, Alexander Cockburn, se negó a publicar ninguno de sus trabajos que arrojaban dudas sobre el 11-S, de modo que no tuve noticia de ellos en el momento. De hecho, cuando le mencioné las ideas de Christison al actual editor de Counterpunch, Jeffrey St. Clair, hace un par de años, pareció quedarse atónito al descubrir que su amigo, a quien había tenido en tan alta estima durante años, se había vuelto un “Truther”. Cuando los medios de comunicación se convierten en guardianes de lo que puede o no pensarse, la ignorancia se disemina inevitablemente.

Habiendo tantos agujeros en la historia oficial de los hechos que sucedieron hace diecisiete años, cada uno de nosotros es libre de elegir enfocarse en aquellos que personalmente consideremos más persuasivos, y yo tengo varios favoritos. El profesor de química danés Niels Harrit era uno de los científicos que analizó los restos de los edificios destruidos por los ataques y detectó una presencia residual de nanotermita, un compuesto explosivo de uso militar, y me resultó muy creíble al escucharlo durante la entrevista de una hora que le hicieron en Red Ice Radio. El hecho de que se encontrase intacto el pasaporte de uno de los terroristas que habían secuestrado los aviones en una calle de Nueva York tras el infierno que fue el derrumbe de las Torres Gemelas es totalmente absurdo, así como la afirmación de que el secuestrador principal había, curiosamente, perdido la maleta en uno de los aeropuertos, para después ser encontrada por las autoridades, con una gran cantidad de pruebas incriminatorias en su interior. Los testimonios de las docenas de bomberos que oyeron explosiones justo antes del derrumbe de los edificios parecen completamente inexplicables desde el marco de la historia oficial. Del mismo modo, el súbito colapso total del Edificio 7, que nunca fue impactado por ningún avión, también es extremadamente implausible.

Los ataques del 11 de septiembre: ¿Quién fue el responsable?

Supongamos ahora que este abrumador número de evidencias es correcto, y sigamos a los exanalistas de inteligencia de la CIA, los distinguidos académicos y los profesionales experimentados que dicen que los ataques del 11-S no fueron en verdad como nos contaron. Reconozcamos la extrema implausibilidad de que tres gigantescos rascacielos en Nueva York colapsaran de pronto a velocidad de caída libre sobre sus propios cimientos después de que solo dos de ellos fueran impactados por aviones, y aceptemos también que probablemente ningún gran avión de pasajeros llegó a impactar en el Pentágono (no dejando apenas trazas y tan solo un pequeño socavón). ¿Qué pasó exactamente, y más aún, quién estuvo detrás de ello?

La primera pregunta es, obviamente, imposible de responder sin una investigación oficial sincera y exhaustiva de los hechos. Hasta que eso ocurra, no debería sorprendernos que dentro de los confines del movimiento “Truther” se hayan propuesto y debatido numerosas hipótesis a menudo contradictorias entre sí. Pero la segunda cuestión es probablemente la más importante, y creo que siempre ha supuesto un punto de acusada vulnerabilidad para los “Truthers”.

La metodología más habitual, que es la que sigue el propio Griffin en sus numerosos libros, consiste en evitar enteramente este asunto y centrarse solo en exponer los tremendos fallos de la narrativa oficial. Esta es una posición perfectamente aceptable, pero deja fuera todo tipo de dudas importantes. ¿Qué grupo organizado podría haber sido lo suficientemente poderoso y atrevido como para perpetrar un ataque de tamaña escala en el mismísimo corazón de la primera potencia del mundo? ¿Y cómo es que pudieron orquestar una campaña de ocultamiento de la verdad tan ubicua y efectiva tanto en los medios como entre la clase política, llegando incluso al propio gobierno del país?

La minoría de “Truthers” que han elegido centrarse en esta cuestión del “quién lo hizo” parece estar compuesta sobre todo de activistas anónimos más que de expertos de prestigio, y normalmente exclaman que fue un “inside job” (un ataque organizado desde el propio estado, o por una facción del mismo –N. del T.). La creencia más extendida parece apuntar a la cúpula de la administración Bush, incluyendo probablemente al vicepresidente, Dick Cheney, y al secretario de defensa, Donald Rumsfeld, como los responsables de organizar los ataques terroristas, ya fuera con o sin el conocimiento del propio presidente Bush, su ignorante jefe. Los motivos normalmente señalados incluyen justificar ofensivas militares contra varios países, apoyar los intereses financieros del poderoso complejo militar-industrial y la industria petrolera, o llevar a la destrucción de las libertades civiles tradicionales. Dado que la gran mayoría de “Truthers” políticamente activos parecen venir del extremo izquierdo del espectro ideológico, consideran estas posibilidades como lógicas y casi autoevidentes.

Aunque sin llegar a apoyar explícitamente estas teorías de la conspiración, la exitosa película Fahrenheit 9/11 del cineasta de izquierdas Michael Moore planteaba ciertas sospechas en esta misma línea. Este documental de bajo presupuesto llegó a recaudar la asombrosa cifra de 220 millones de dólares, y sugería que los estrechos vínculos entre la familia Bush, los Cheney, las compañías petroleras y los dirigentes de Arabia Saudí explicarían la invasión de Iraq posterior a los ataques terroristas del 11-S, así como la pérdida de libertades civiles en Estados Unidos, como parte integral de la agenda política derechista del Partido Republicano.

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Desafortunadamente, esta imagen aparentemente plausible no parece tener ninguna base real. Durante los meses previos a la guerra de Iraq, pude leer algunos artículos en el New York Times en los que se entrevistaba a varios grandes empresarios del petróleo tejanos que expresaban su total asombro ante la idea de que Estados Unidos estuviese planeando atacar a Sadam, concluyendo que solo podría deberse a que el presidente Bush supiese algo que ellos ignoraban. Antes de unirse a la administración Bush, Cheney había sido CEO de Halliburton, un gigante de la industria petrolera, y su firma había llevado a cabo una intensa campaña de presión política para que Estados Unidos aliviase las sanciones económicas contra Iraq. El profesor James Petras, un académico de fuertes inclinaciones marxistas, publicó un excelente libro en 2008 titulado Zionism, Militarism, and the Decline of US Power (“Sionismo, militarismo y la decadencia del poder de Estados Unidos”), en el que demostraba concluyentemente que fueron los intereses sionistas, y no los de la industria petrolera, los que habían dominado la administración Bush tras los ataques del 11-S y habían promovido la guerra contra Iraq.

En cuanto al documental de Michael Moore, recuerdo haberme reído con un amigo mío (judío) en su momento, al encontrar los dos ridículo que un gobierno tan permeado por neocons fanáticamente proisraelíes hubiera sido presentado en la película como compañero de cama de los saudíes. El argumento central de la película de Moore no solo demostraba el temible poder judío de Hollywood, sino también su enorme éxito, en la medida en que la mayor parte del público estadounidense parecía no haber oído nunca hablar de los neocons.

Los sectores críticos con Bush ridiculizaron, con razón, al presidente por su insincera afirmación de que los terroristas del 11-S habían atacado a Estados Unidos “por sus libertades”, y los “Truthers” han tachado de implausible, también con razón, el supuesto de que los devastadores ataques fueran organizados por un predicador musulmán desde una cueva en el desierto. Pero la idea de que, en cambio, fueran organizados y dirigidos por figuras clave dentro de la administración Bush parece incluso más increíble aún.

Cheney y Rumsfeld habían pasado ambos varias décadas siendo hombres fuertes del ala moderada y pro-empresa del Partido Republicano, desempeñando tanto puestos políticos de alto nivel como puestos ejecutivos en grandes corporaciones. La idea de que hubieran dejado sus carreras para unirse a la administración Bush e inmediatamente después de hacerlo se hubieran puesto a organizar un gigantesco ataque terrorista de bandera falsa contra las torres más orgullosas de nuestra principal ciudad, así como contra el centro neurálgico de nuestro propio ejército, pretendiendo matar en el proceso a varios miles de ciudadanos estadounidenses, es demasiado absurda como para ser siquiera parte de una sátira política de izquierdas.

 

Volvamos un poco atrás. En toda la historia mundial, no puedo pensar en ningún caso documentado en el que la cúpula del gobierno de un país llevase a cabo un gran ataque de falsa bandera contra sus propios centros de poder político y financiero e intentase matar a un gran número de sus propios ciudadanos. Estados Unidos en 2001 era un país pacífico y próspero gobernado por unos líderes políticos relativamente anodinos, enfocados en los objetivos tradicionales del Partido Republicano: bajarles los impuestos a los ricos y reducir las regulaciones medioambientales. Demasiados activistas del movimiento “Truther” parecen haber sacado su imagen del mundo de caricaturas de izquierdas en las que los grandes empresarios y políticos republicanos son todos diabólicos supervillanos que pretenden matar estadounidenses por pura maldad, y Cockburn estuvo totalmente acertado al ridiculizarlos al menos en eso.

Consideremos también las simples cuestiones prácticas de la situación. La gigantesca magnitud de los ataques del 11-S tal como los conciben los “Truthers” habría requerido sin duda enorme planificación y haber involucrado probablemente a varias docenas o incluso centenares de agentes expertos. Mandar a los operativos de la CIA o de las fuerzas especiales del ejército llevar a cabo ataques secretos contra objetivos civiles en Venezuela o el Yemen es una cosa, pero mandarles atacar el Pentágono y el corazón de la ciudad de Nueva York entrañaría un tremendo riesgo.

Bush había perdido en número de votos en las elecciones de noviembre del año 2000 y solo había alcanzado la Casa Blanca a causa de unas cuantas papeletas extraviadas en el estado de Florida y de una polémica decisión de la Corte Suprema, a su vez profundamente dividida al respecto. En consecuencia, la mayor parte de los medios estadounidenses veían su presidencia con la mayor hostilidad. Si el primer acto de un equipo presidencial recién llegado al poder en estas circunstancias hubiese sido ordenar a la CIA o al ejército que preparasen un ataque contra la ciudad de Nueva York y el Pentágono, sin duda esas órdenes habrían sido desoídas y desestimadas como fruto de un grupo de lunáticos, y habrían sido inmediatamente filtradas a la prensa nacional, que ya era hostil de por sí con el gobierno.

Todo este escenario en el que los gobernantes estadounidenses fueron los cerebros detrás del 11-S es más que ridículo, y los “Truthers” que afirman o suponen dicha versión –haciéndolo a su vez sin una sola prueba sólida a la que agarrarse– han jugado, por desgracia, un papel crucial a la hora de desacreditar al movimiento entero. De hecho, la concepción común de este escenario del “inside job” es tan patentemente absurda e insostenible que uno podría incluso sospechar que dicha afirmación fuese promovida por aquellas partes interesadas en desacreditar el Movimiento por la Verdad del 11-S.

Enfocarse en Cheney y Rumsfeld me parece que es errar especialmente el tiro. Aunque nunca he conocido ni he tenido contacto con ninguno de los dos, estuve bastante involucrado en la política activa en Washington D. C. durante los años 90, y puedo decir con cierta confianza que antes del 11-S ninguno de los dos eran considerados neocons. En cambio, eran los ejemplos arquetípicos de republicano “corriente”, moderado y centrado en el mundo empresarial, y esta reputación se extendía llegando hasta sus años como miembros de la administración Ford a mediados de los años 70.

Los que sean escépticos respecto a estas afirmaciones podrían contestar que ambos firmaron en 1997 la declaración del Project for the New American Century (PNAC), un importante manifiesto neocon sobre política exterior organizado por Bill Kristol, pero yo creo que esto puede ser engañoso. En los círculos de Washington D. C. todo el mundo está continuamente intentando reclutar a sus amigos para que firmen varias declaraciones, que pueden ser o no indicativas de sus posiciones reales, y recuerdo que Kristol intentó que yo mismo firmase también la declaración del PNAC. Dado que mis opiniones privadas sobre el asunto eran 100% opuestas a la posición neocon, que consideraba como una pura locura en materia de política exterior, rechacé muy amablemente su petición. Pero yo era bastante amigo suyo en aquel momento, de modo que si no hubiese tenido fuertes opiniones al respecto probablemente habría accedido a firmar.

Esto viene a ilustrar un argumento más amplio. En el año 2000 los neocons habían logrado el control total de casi todos los medios de comunicación conservadores o republicanos, además de las divisiones de política exterior de casi todos los centros de investigación alineados con la derecha política, tras purgar con éxito a sus oponentes tradicionales. De modo que, aunque Cheney y Rumsfeld no eran propiamente neocons, se movían en un mar de neocons, y gran parte de toda la información que recibían provenía de fuentes de dicha orientación política, además de tener asesores como “Scooter” Libby, Paul Wolfowitz y Douglas Feith, que eran neocons. Rumsfeld ya era bastante mayor, mientras que Cheney había sufrido varios infartos desde los 37 años, de modo que, en tales circunstancias, habría sido relativamente fácil hacer que diesen su brazo a torcer en ciertos temas clave.

De hecho, toda la demonización de Cheney y Rumsfeld en los círculos contrarios a la guerra de Iraq siempre me ha parecido algo sospechosa. Me preguntaba si acaso los medios de izquierdas, fuertemente influidos por intereses projudíos, habían decidido enfocar su ira en estos dos individuos para desviar la culpa de los neocons judíos, que eran sin lugar a dudas quienes habían promovido tan desastrosa guerra; y lo mismo puede aplicarse a los “Truthers”, que probablemente temían ser tachados de antisemitas si los criticaban. Sobre lo primero, un prominente columnista israelí fue inusualmente contundente al respecto en 2003, al sugerir vigorosamente que 25 intelectuales neoconservadores, casi todos ellos judíos, eran los principales responsables de la guerra. En circunstancias normales, seguramente habría sido el propio presidente el principal sospechoso de ser el gran cerebro maligno tras la conspiración del 11-S, pero la ignorancia de Bush era demasiado conocida como para que tales acusaciones resultasen creíbles.

Parece enteramente plausible que Cheney, Rumsfeld y otros líderes en la cúpula del gobierno de Bush pudieran haber sido manipulados para que emprendiesen ciertas acciones que, inadvertidamente, facilitasen el desarrollo del 11-S, mientras que algunos otros miembros del gobierno de menor nivel podrían haber estado involucrados de forma más directa, tal vez como conspiradores per se. Pero no creo que ese sea el significado habitual que se le da a la acusación de que el 11-S fue un “inside job”.

 

¿Dónde nos encontramos, pues, ahora? Parece bastante probable que los ataques del 11-S fuesen perpetrados por una organización mucho más poderosa y profesionalizada que una banda de diecinueve árabes desharrapados armados con cúteres, pero también parece muy improbable que fueran organizados por el propio gobierno estadounidense. De modo que, ¿quién atacó nuestro país realmente aquel fatídico día hace diecisiete años, matando a miles de nuestros conciudadanos?

Las operaciones de inteligencia exitosas se ocultan siempre como en una sala de espejos, a menudo siendo extremadamente difícil para los observadores externos distinguir qué es real y qué no, y los ataques terroristas de falsa bandera ciertamente entran en esa categoría. Pero, si aplicamos una metáfora diferente, la complejidad de dichos eventos puede llegar a ser vista eventualmente como un nudo gordiano: casi imposible de deshacer, pero vulnerable al corte limpio de una sencilla pregunta: “¿Quién se benefició?”

Estados Unidos y la mayor parte del resto del mundo ciertamente no, pues el desastroso legado de tan fatídico día ha transformado nuestra sociedad y arruinado muchos otros países. Las inacabables guerras que pronto desató Estados Unidos tras los ataques nos han costado ya muchos billones de dólares y han puesto a nuestra nación camino de la bancarrota, a la vez que han matado o desplazado a varios millones de personas inocentes en Oriente Próximo. Más recientemente, la resultante oleada de refugiados desesperados ha empezado a engullir a Europa, y la paz y la prosperidad de aquel venerable continente se encuentran hoy severamente amenazadas.

Nuestras libertades civiles tradicionales y protecciones constitucionales se han visto drásticamente erosionadas, hasta el punto de que nuestra sociedad se acerca cada vez más a un estado policial puro y duro. Los ciudadanos estadounidenses aceptan hoy pasivamente infracciones antes inimaginables contra sus libertades personales, y todas ellas comenzaron a darse originalmente bajo la excusa de prevenir ataques terroristas.

Me parece difícil pensar en ningún país del mundo que se haya beneficiado claramente como resultado de los ataques del 11-S y la reacción militar estadounidense posterior, con una sola y única excepción.

Durante el año 2000 y la mayor parte de 2001, Estados Unidos era un país próspero y en paz, pero una cierta nación de Oriente Próximo se encontraba en una situación crecientemente desesperada. Israel en aquel momento parecía estar luchando por su vida contra las tremendas oleadas de terrorismo doméstico que constituyeron la Segunda Intifada palestina.

Era generalmente aceptado que fue Ariel Sharon quien provocó deliberadamente el levantamiento en septiembre del año 2000 al marchar por el Monte del Templo escoltado por mil policías armados, y la resultante violencia y polarización de la sociedad israelí que resultaron de ello contribuyeron a que fuese elegido primer ministro a principios de 2001. Pero, una vez en el cargo, sus brutales medidas no lograron aplacar las oleadas de ataques, que cada vez más consistían en atentados suicidas contra objetivos civiles. Muchos creían que la violencia pronto desencadenaría una gran emigración de ciudadanos israelíes, tal vez generando una espiral de muerte para el Estado judío. Iraq, Irán, Libia y otros grandes poderes del mundo musulmán apoyaban a los palestinos con dinero, retórica y a veces armamento, y la sociedad israelí parecía estar cerca del colapso. Recuerdo escuchar a algunos de mis amigos de Washington decir que numerosos expertos israelíes estaban de pronto intentando hacerse con un puesto en centros de investigación neoconservadores para poder emigrar a Estados Unidos.

Sharon era un líder conocido por su carácter sanguinario y temerario, con un largo historial de jugadas estratégicas extremadamente arriesgadas, a veces jugándoselo todo a una sola carta. Había pasado décadas intentando ser primer ministro, pero una vez que finalmente lo había conseguido se veía entre la espada y la pared, sin ninguna solución evidente a la vista.

Los ataques del 11-S lo cambiaron todo. De pronto, la primera superpotencia mundial estaba completamente movilizada en contra de los movimientos terroristas árabes y musulmanes, especialmente en Oriente Próximo. Los cercanos aliados neocons de Sharon en Estados Unidos aprovecharon la inesperada crisis como una oportunidad para hacerse con el control de la política exterior y la seguridad nacional, y un agente de la NSA relataría más tarde que algunos generales israelíes merodeaban libremente por las salas del Pentágono sin ningún control de seguridad. Entretanto, la excusa de prevenir ataques terroristas dentro de nuestras fronteras se utilizó para implementar nuevos controles policiales que fueron empleados para acosar o incluso clausurar a varias organizaciones políticas antisionistas. Uno de los agentes israelíes del Mossad arrestados por la policía de Nueva York, mientras él y sus compañeros se encontraban celebrando los ataques del 11-S y produciendo un filme casero del derrumbamiento de las Torres Gemelas a modo de suvenir, le dijo a los agentes: “Somos israelíes… Vuestros problemas también son nuestros problemas”. Y así resultó ser.

El general Wesley Clark contó que poco después de los ataques del 11-S fue informado de un plan militar secreto que de algún modo había estado desarrollándose por el cual Estados Unidos atacaría y destruiría siete de los mayores países musulmanes a lo largo de los próximos cinco años, incluyendo Iraq, Irán, Siria y Libia; todos ellos, curiosamente, los principales adversarios regionales de Israel y defensores de la causa palestina. En la medida en que Estados Unidos comenzó a derramar océanos de sangre y de dinero público atacando a todos los enemigos de Israel tras el 11-S, el propio Israel dejó de necesitar hacerlo. En parte a consecuencia de esto, casi ninguna otra nación en el mundo ha mejorado tan enormemente su situación económica y estratégica durante los últimos diecisiete años, a pesar de que una gran parte de la población estadounidense se ha visto completamente empobrecida durante el mismo periodo de tiempo y nuestra deuda nacional ha crecido hasta niveles insoportables. Un parásito puede seguir engordando incluso mientras su huésped sufre y decae.

 

He enfatizado que durante muchos años después de los ataques del 11-S presté muy poca atención a los detalles de los mismos y solo tenía un vago conocimiento de que existía un movimiento organizado de personas que cuestionaban la versión oficial. Sin embargo, si alguien me hubiera convencido de que los ataques terroristas habían sido una operación de bandera falsa y que Osama bin Laden no había sido el responsable, mi primera corazonada habría sido que fueron Israel y su agencia de inteligencia, el Mossad.

Ciertamente, ningún otro país del mundo puede equipararse ni remotamente a Israel en cuanto a su historial de asesinatos políticos excepcionalmente temerarios y de alto nivel, así como de ataques de bandera falsa, tanto terroristas como de otra índole: ni siquiera Estados Unidos y sus fuerzas armadas. Más aún, el inmenso grado de control de los medios de comunicación hegemónicos del país por parte de intereses judíos y proisraelíes, y cada vez más también en otros países de Occidente, ha garantizado que incluso tras descubrirse sólidas evidencias respecto a los ataques del 11-S muy pocos estadounidenses de la calle hayan llegado a oír nada al respecto.

vez que admitimos que los ataques del 11-S fueron probablemente una operación de bandera falsa, una pista central de cara a desenmascarar al posible culpable puede ser, precisamente, su extraordinario éxito de cara a garantizar que toda esta abundancia de evidencias sumamente sospechosas haya sido totalmente ignorada por prácticamente todos los medios de comunicación del país, ya sean de izquierdas o de derechas, progresistas o conservadores.

En el caso particular que nos concierne, el considerable número de neocons vehementemente proisraelíes situados justo por debajo de la superficie de la administración Bush en 2001 puede haber facilitado inmensamente tanto la exitosa organización de los ataques como su ocultamiento y encubrimiento posterior, siendo Libby, Wolfowitz, Feith y Richard Perle tan solo los nombres más obvios. Si tales individuos fueron conspiradores con pleno conocimiento de los hechos o simplemente tenían lazos personales que permitieron que se les explotase en beneficio de la trama es algo que no está nada claro.

La mayor parte de esta información debe haberle sido ya aparente desde hace tiempo a los observadores con conocimiento especializado, y tengo la fuerte sospecha de que muchos individuos que han prestado mayor atención que yo a los detalles de los ataques del 11-S seguramente habrán llegado a conclusiones tentativas similares. Pero, por razones sociales y políticas evidentes, existe gran reticencia a señalar públicamente a Israel como culpable en una materia de tan inmensa magnitud. Así pues, excepto por algunos activistas marginales aquí y allá, esas oscuras sospechas han permanecido en privado.

Entretanto, los líderes del movimiento “Truther” probablemente temiesen ser destruidos por las acusaciones de los medios de ser rabiosos antisemitas si llegasen a susurrar siquiera tales ideas. Esta estrategia política puede haber sido necesaria, pero al no nombrar ningún culpable crearon un vacío que pronto fue llenado por “idiotas útiles” que exclamaban “inside job!” señalando acusadoramente a Cheney y Rumsfeld, y que con ello contribuyeron mucho a desacreditar a todo el movimiento.

 

Esta lamentable atmósfera de silencio terminó finalmente en 2009 cuando el Dr. Alan Sabrosky, antiguo Director de Estudios en la US Army War College, dio un paso al frente y declaró públicamente [BROKEN LINK] que el Mossad israelí había sido muy probablemente el responsable de los ataques del 11-S, además de escribir una serie de columnas sobre el tema y eventualmente presentar sus ideas en varias entrevistas en los medios, así como algunos análisis adicionales.

Obviamente, estas acusaciones tan explosivas nunca llegaron a la portada de mi New York Times matinal, pero sí recibieron considerable –si bien efímera– cobertura en algunos sectores de los medios alternativos, y recuerdo ver los enlaces a sus charlas en la portada de Antiwar.com, siendo muy comentadas también en otras partes. Yo nunca había oído hablar de Sabrosky antes, de modo que consulté mi sistema de archivado e inmediatamente descubrí que tenía un historial muy respetable de publicaciones sobre temas militares en varias revistas de política exterior, además de haber participado en varias conferencias académicas en instituciones de prestigio. Leyendo uno o dos de sus artículos sobre el 11-S mi impresión fue que proporcionaba argumentos muy persuasivos a favor de la involucración del Mossad, y, aunque parte de la información que presentaba ya la conocía, la mayoría me resultaba novedosa.

Dado que yo estaba muy ocupado con mi proyecto de software y nunca había dedicado tiempo a investigar el 11-S o a leer los libros sobre el tema, evidentemente solo podía evaluar su credibilidad de manera bastante tentativa. Pero ahora que finalmente he investigado el tema con mucho más detalle y he leído bastantes cosas al respecto, me parece bastante probable que su análisis de 2009 estuviese enteramente acertado.

En particular, recomendaría ver la extensa entrevista que le hicieron en la cadena iraní Press TV, que yo encontré por primera vez hace solo un par de días. Me parece que, a lo largo de la entrevista, resulta altamente creíble y claro en sus argumentos:

También ofreció una conclusión aún más potente en una entrevista radiofónica de 2010, mucho más larga:

Sabrosky enfocó gran parte de su atención en un segmento particular de un documental holandés sobre los ataques del 11-S producido varios años antes. En una fascinante entrevista, un experto en demoliciones profesional de nombre Danny Jowenko, quien nunca se había preocupado por los ataques del 11-S, vio una grabación del colapso del Edificio 7 e inmediatamente la identificó como una demolición controlada. Dicha entrevista fue difundida internacionalmente por Press TV y muy comentada a lo largo y ancho de internet.

Por una extrañísima coincidencia, tan solo tres días después de que se publicase la entrevista de Jowenko y recibiese tanta atención en las redes, tuvo la desgracia de morir en una colisión frontal contra un árbol en Holanda. Yo sospecho que la comunidad de expertos en demoliciones profesionales es bastante pequeña, y probablemente los colegas de profesión de Jowenko concluyesen rápidamente que la desgracia podría visitar a todos aquellos expertos que expresaran opiniones controvertidas sobre el colapso de las tres torres del World Trade Center.

Entretanto, la ADL en seguida orquestó una enorme y bastante exitosa operación para censurar a Press TV en Occidente por promover “teorías de la conspiración antisemitas”, incluso persuadiendo a YouTube para que eliminase por completo el gran archivo de vídeos de dicho canal en su plataforma, incluyendo –notablemente– la extensa entrevista a Sabrosky.

Más recientemente, Sabrosky presentó una charla de una hora en la edición de junio de su panel de videoconferenciasDeep Truth”, durante la cual expresó considerable pesimismo sobre la situación política de Estados Unidos, y sugirió que el control sionista sobre nuestra política y medios de comunicación se ha hecho incluso más fuerte a lo largo de la última década.

Su charla fue en seguida republicada por Guns & Butter, un conocido programa de radio de corte progresista, lo que causó que fuese purgado de inmediato de la emisora de radio donde habían estado emitiendo durante diecisiete años, con gran popularidad a nivel nacional y muchos fieles oyentes.

El difunto Alan Hart, un distinguido periodista y corresponsal extranjero para medios británicos, también rompió su silencio en 2010 y apuntó igualmente a los israelíes como los probables perpetradores de los atentados del 11-S. Quienes estén interesados podrían querer escuchar su entrevista extendida.

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El periodista Christopher Bollyn fue uno de los primeros escritores en explorar las posibles conexiones de Israel con los ataques del 11-S, y los detalles contenidos en su larga serie de artículos de prensa son citados a menudo por otros investigadores. En 2012 reunió todo su material sobre el tema y lo publicó en un volumen titulado Solving 9-11 (“Resolviendo el 11-S”), haciendo así que toda esa información sobre el posible rol del Mossad llegase a un público mucho más amplio, con una versión disponible en línea. Por desgracia, su libro impreso sufre gravemente de la falta de recursos que suele aquejar a los escritores marginales, estando pobremente organizado y repitiendo con frecuencia los mismos argumentos debido a que se originó como una serie de artículos individuales, y esto puede disminuir su credibilidad de cara a algunos lectores. De modo que aquellos que quieran comprarlo deben estar advertidos de estos serios defectos estilísticos.

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Probablemente un compendio mucho mejor del extenso cuerpo de evidencias que señalan a Israel como la mano tras los atentados del 11-S se pueda encontrar en los escritos del periodista francés Laurent Guyénot, tanto en su libro de 2017 titulado JFK-9/11: 50 Years of the Deep State como en su artículo de 8.500 palabras titulado “9/11 was an Israeli job”, publicado a la vez que este artículo, y que ofrece una mayor abundancia de detalles que la que se puede encontrar aquí. Aunque no comparto necesariamente todas sus afirmaciones ni argumentos, su análisis general parece enteramente consistente con el mío.

 

Estos escritores han proporcionado gran cantidad de material en favor de la “Hipótesis del Mossad”, pero yo querría enfocar ahora mi atención en un único punto de gran importancia. Normalmente esperaríamos que unos atentados terroristas que tuvieron como resultado la completa destrucción de tres gigantescos edificios de oficinas en la ciudad de Nueva York y un ataque aéreo contra el Pentágono fuesen una operación de enorme tamaño y escala, requiriendo de una considerable infraestructura organizativa y de recursos humanos para llevarse a cabo. Tras los ataques, el gobierno de Estados Unidos realizó grandes esfuerzos para localizar y arrestar a los conspiradores islamistas supervivientes, pero apenas logró encontrar a ninguno. Aparentemente, o todos ellos murieron en los ataques o simplemente se esfumaron sin dejar rastro.

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Pero, a la vez, y sin hacer demasiados esfuerzos, el gobierno estadounidense sí logró localizar y arrestar a unos 200 agentes del Mossad, muchos de los cuales estaban establecidos en exactamente las mismas áreas geográficas en las que se suponía que estaban los 19 terroristas árabes. Más aún, la policía de Nueva York arrestó a algunos de estos agentes mientras estaban celebrando públicamente los ataques del 11-S [BROKEN LINK], y otros fueron capturados mientras conducían furgonetas con explosivos o trazas residuales de ellos por el área de Nueva York. La mayor parte de estos agentes del Mossad se negaron a responder a las preguntas de las autoridades, y muchos de los que sí lo hicieron fallaron el test del polígrafo; pero, bajo una inmensa presión política, todos ellos fueron eventualmente liberados y deportados de vuelta a Israel. Hace un par de años, gran parte de esta información fue sucintamente condensada y presentada en un vídeo corto disponible en YouTube.

Existe otro detalle fascinante que rara vez he visto mencionar a nadie. Justo un mes antes de los atentados del 11-S, dos israelíes fueron arrestados mientras intentaban introducir armas y explosivos en el edificio del Parlamento mexicano: una noticia que naturalmente llegó a los titulares de los principales periódicos mexicanos en aquel momento, pero que fue recibida con absoluto silencio en los medios estadounidenses. Eventualmente, y de nuevo bajo una gran presión política, todas las acusaciones se retiraron y los agentes israelíes fueron deportados de vuelta a su país. Este curioso incidente tan solo apareció en una pequeña página de activistas hispanoamericanos y comentado en unos pocos lugares más. Hace algunos años logré encontrar fácilmente en internet las portadas escaneadas de los periódicos mexicanos de aquel momento donde se narraba este grave suceso, pero a día de hoy ya no puedo encontrarlas con facilidad. Los detalles del caso, obviamente, son algo fragmentarios y posiblemente estén tergiversados de alguna manera, pero ciertamente son intrigantes.

Uno podría especular que si los supuestos terroristas islámicos, después de cometer los ataques del 11-S, hubieran atentado también contra el edificio del Parlamento mexicano un mes más tarde, el apoyo de toda Latinoamérica a las invasiones militares estadounidenses en Oriente Próximo se habría visto extraordinariamente magnificado. Más aún, las imágenes de tamaña destrucción en la capital de México por parte de terroristas árabes habría sido sin duda emitida sin parar en Univisión, la red mediática en lengua española más importante de Estados Unidos, solidificando así por completo el apoyo de la población hispana a las acometidas militares del presidente Bush.

 

Aunque mis sospechas crecientes sobre los atentados del 11-S se extienden hasta hace una década o más, mis investigaciones serias sobre el tema son bastante recientes, de modo que ciertamente soy un neófito en este campo. Pero a veces un observador externo puede percibir cosas que se les hayan escapado a otros que han estado profundamente inmersos durante años en el tema en cuestión.

Desde mi perspectiva, parece que una gran parte de la comunidad de “Truthers” sobre el 11-S pasa demasiado tiempo absorbida en los detalles particulares de los propios atentados, debatiendo sobre el método preciso que se utilizó para derrumbar las Torres Gemelas o sobre qué fue realmente lo que impactó en el Pentágono. Pero este tipo de cuestiones parecen tener escasa importancia en último término.

Yo diría que el único aspecto importante de dichas cuestiones técnicas es si las evidencias en su conjunto son lo bastante fuertes como para establecer la falsedad de la versión oficial sobre el 11-S y también para demostrar que los ataques tuvieron que ser obra de una organización altamente sofisticada y con acceso a tecnologías militares avanzadas en lugar de una banda de árabes harapientos armados con cúteres. Más allá de esto, ninguno de esos detalles importa.

En este sentido, creo que el volumen de material compilado por tantos resueltos investigadores a lo largo de los últimos diecisiete años cumple de sobra con dichos requisitos, tal vez superándolo por un factor de diez o veinte. Por ejemplo, incluso aceptar tan solo un dato concreto, como la clara presencia de nanotermita, un compuesto explosivo de uso militar, satisfaría inmediatamente esos dos criterios. De modo que no veo mucho sentido en tener interminables debates sobre si se usó nanotermita, o nanotermita más algún otro compuesto, o una cosa enteramente diferente. Además, estos complejos debates técnicos pueden oscurecer la imagen de conjunto, a la vez que confundir e intimidar a los observadores casuales, siendo así contraproducentes de cara a los objetivos generales del movimiento “Truther”.

Una vez que hemos concluido que los culpables formaban parte de una organización altamente sofisticada, podemos enfocarnos en el quién y el por qué, que sin duda tienen mayor importancia que los detalles particulares del cómo. Sin embargo, todo el interminable debate actual sobre el cómo tiende a eclipsar las preguntas por el quién y el por qué, y me pregunto si esta desafortunada situación puede incluso haber sido causada deliberadamente.

Tal vez una razón sea que, una vez que los “Truthers” sinceros se enfoquen en estas cuestiones más importantes, el vasto cuerpo de evidencias apunta claramente en una sola dirección, incriminando a Israel y su servicio de inteligencia, siendo la acusación especialmente fuerte en cuanto a motivos, medios y oportunidad. Y levantar acusaciones de culpa contra Israel y sus colaboradores domésticos por el mayor ataque jamás perpetrado contra nuestro país en suelo estadounidense conlleva enormes riesgos políticos y sociales.

Pero tales dificultades han de ser sopesadas contra la realidad de tres mil vidas de civiles estadounidenses y los subsiguientes diecisiete años de guerras con un coste de billones de dólares, que han dejado decenas de miles de soldados estadounidenses muertos o heridos y el éxodo y la muerte de muchos millones de personas inocentes en Oriente Próximo.

Los miembros del Movimiento por la Verdad del 11-S deben, por tanto, preguntarse a sí mismos si la verdad es o no realmente la meta principal de sus esfuerzos.

Algunas importantes verdades históricas visibles para quien las quiera ver

Muchos de los acontecimientos comentados en las páginas anteriores se cuentan entre los más importantes de la historia de Estados Unidos, y las evidencias en favor del análisis antes expuesto (aunque polémico) parecen ser sustantivas. Muchos de nuestros contemporáneos parecen haber sido conscientes de al menos parte de esta información crucial, de tal modo que deberían haberse emprendido serias investigaciones periodísticas para sacar a la luz todo el material restante. Sin embargo, nada de esto sucedió en su momento, e incluso hoy la gran mayoría de estadounidenses permanecen totalmente ignorantes de estos hechos largo tiempo aceptados por los expertos.

Esta paradoja puede ser explicada por la abrumadora influencia mediática y política de los partidarios, tanto étnicos como ideológicos, de Israel, que se han asegurado de que ciertas cuestiones nunca fueran ni preguntadas ni respondidas. A lo largo de la segunda mitad del siglo veinte, nuestro conocimiento del mundo ha sido en gran medida moldeado por nuestros medios de comunicación electrónicos y fuertemente centralizados, que durante dicho periodo estaban casi por completo en manos de empresarios judíos, siendo así que las tres grandes cadenas de televisión y ocho de los nueve estudios principales de Hollywood pertenecían a este particular grupo, así como la mayoría de nuestros principales periódicos y agencias editoriales. Tal como dije en otro artículo hace un par de años:

Ingenuamente, tendemos a asumir que nuestros medios de comunicación reflejan fielmente los acontecimientos de nuestro mundo y su historia, pero en lugar de eso lo que vemos, demasiado a menudo, son imágenes tremendamente distorsionadas como en un salón de espejos, de tal forma que ciertos sucesos menores se magnifican y otros de mayor calado se minimizan. Los contornos de las realidades históricas se manipulan a veces hasta quedar irreconocibles: ciertos elementos importantes desaparecen por completo mientras que otros aparecen de la nada. He afirmado ya bastantes veces que los medios crean nuestra realidad, pero, dadas tan flagrantes omisiones y distorsiones, hay que reconocer también que la realidad así creada es en buena parte ficticia.

Tan solo el surgimiento de una red mundial descentralizada como lo es internet ha permitido, a lo largo de las últimas décadas, la distribución masiva y sin censura previa de la información necesaria para emprender una investigación seria de estos importantes sucesos. Sin internet, prácticamente ninguno de los materiales que he presentado tan detalladamente aquí habría llegado a mi conocimiento. Ostrovsky pudo haber llegado al puesto número 1 de la lista de superventas del New York Times y vender un millón de ejemplares de su libro impreso, pero antes del advenimiento de internet seguramente nunca habría oído su nombre.

 

Una vez que perforamos el tupido velo de distorsiones y ofuscaciones impuesto por los medios de comunicación, ciertas realidades de la historia tras la Segunda Guerra Mundial se vuelven más claras. Por ejemplo, resulta extraordinario el grado en que los agentes del Estado judío y las organizaciones sionistas que lo precedieron se han visto envueltos en toda clase de crímenes y violaciones de las leyes internacionales en torno al conflicto armado, tal vez constituyendo un ejemplo sin parangón en la historia moderna. Su empleo de los asesinatos políticos como uno de los elementos centrales de su estrategia estatal incluso recuerda al Viejo de la Montaña, cuyas mortíferas técnicas, allá por el siglo XIII, hicieron que se acuñase la propia palabra “asesino”.

Hasta cierto punto, la trayectoria progresiva del estado de Israel como delincuente internacional puede haber resultado de la total impunidad que durante tanto tiempo han disfrutado sus líderes, que casi nunca han sufrido represalia alguna por sus actos. Un ladrón de poca monta puede llegar a atracador y acabar cometiendo atracos a mano armada e incluso asesinatos si ve que es completamente inmune a cualquier sanción judicial.

Durante la década de 1940, los líderes sionistas orquestaron varios importantes ataques terroristas contra objetivos occidentales y asesinaron a políticos británicos y de las Naciones Unidas, pero nunca pagaron políticamente por ello. El asesinato del primer secretario de defensa de Estados Unidos, que, como he expuesto antes, probablemente fue orquestado por estas mismas facciones, así como el anterior intento de asesinato del presidente del país, fueron completamente ignorados y tapados por nuestros propios medios de comunicación, volviéndose así cómplices. A mediados de los años 50, los altos dirigentes del entonces joven Estado israelí emprendieron una serie de ataques terroristas de bandera falsa que llegaron a ser conocidos como el “Asunto Lavon”, pero, incluso cuando sus agentes fueron capturados y su complot descubierto, no sufrieron castigo alguno. Dado este historial, tal vez no debería sorprendernos que tuvieran el arrojo suficiente para orquestar, probablemente, el asesinato del presidente John F. Kennedy, cuya eliminación les proporcionó una influencia sin precedentes sobre nada menos que la primera potencia del mundo.

Durante el infame incidente del golfo de Tonkín, en 1964, un barco de guerra estadounidense en la costa de Vietnam fue atacado por varios torpedos norvietnamitas. Nuestro navío sufrió escasos daños y no tuvo apenas bajas, pero la respuesta militar de Estados Unidos desató una década de guerra que eventualmente resultó en la destrucción de la mayor parte de dicho país y unos dos millones de vietnamitas muertos.

En contraste con esto, cuando el U.S.S. Liberty fue deliberadamente atacado en aguas internacionales por fuerzas israelíes en 1967, hiriendo o matando en el proceso a más de 200 soldados estadounidenses, la única respuesta por parte de ese mismo gobierno fue tapar lo ocurrido, para después aumentar las ayudas financieras al Estado judío. Durante las décadas siguientes se sucedieron numerosos ataques por parte de Israel y el Mossad contra políticos y agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses, que culminaron en 1991 con un complot para asesinar a otro presidente del país que no era de su agrado. Pero nuestra única reacción a lo largo de todo este periodo de tiempo fue incrementar aún más nuestra sumisión política ante Israel. Dado este historial, se vuelve mucho más comprensible que el gobierno israelí pudiese tal vez emprender la arriesgadísima acción de orquestar los atentados terroristas de falsa bandera contra nuestro país que tuvieron lugar el 11 de septiembre de 2001.

 

Aunque las más de siete décadas de casi total impunidad de las que ha gozado Israel han sido sin duda un factor necesario para que continúe utilizando en tan gran medida el asesinato y las tácticas terroristas para conseguir sus objetivos geopolíticos, también pueden haber jugado cierto papel otros factores ideológicos y religiosos. En 1943, el futuro primer ministro israelí Isaac Shamir escribió, en la gaceta sionista que publicaba entonces, una afirmación más que interesante:

Ni la ética ni la tradición judías prohíben el terrorismo como medio de combate. Estamos muy lejos de tener escrúpulos morales por lo que toca a nuestra guerra nacional. Ante nosotros tenemos el mandato de la Torá, cuya moralidad sobrepasa la de cualquier otro compendio de leyes en el mundo: “Los aniquilarás hasta el último hombre”.

Ni Shamir ni ningún otro de los primeros líderes sionistas eran seguidores del judaísmo tradicional, pero cualquiera que investigue las auténticas doctrinas de tal fe religiosa habrá de admitir que su afirmación era correcta. Tal como escribí en 2018:

Si estos asuntos rituales constituyeron el núcleo del judaísmo religioso tradicional, podríamos considerarlos como vestigios algo excéntricos y curiosos de un tiempo pretérito. Pero, desafortunadamente, también existe un lado mucho más oscuro de la cuestión, principalmente respecto a la relación entre los judíos y los no judíos, siendo estos últimos también llamados con frecuencia “goyim”; un término altamente despectivo. Dicho en pocas palabras, los judíos tienen almas divinas y los goyim no: estos últimos son meramente bestias con forma humana. De hecho, la principal razón de la existencia de los no judíos es servir como esclavos de los judíos, tal como algunos rabinos de alto nivel han declarado en ocasiones. En 2010, el rabino sefardí más importante de Israel empleó su sermón semanal para declarar que la única razón de ser de los no judíos es servir a los judíos y trabajar para ellos. La esclavitud o la exterminación de todos los no judíos parece ser una suerte de meta última implícita en esa religión.

Las vidas de los judíos tienen un valor infinito, mientras que las de los no judíos no tienen valor alguno: una doctrina que tiene, obviamente, implicaciones políticas. Por ejemplo, en un artículo publicado por un conocido rabino israelí, este explicaba que si un judío necesitase un transplante de hígado, por ejemplo, sería perfectamente legítimo (incluso una obligación moral) matar a un gentil inocente para utilizar su hígado. Tal vez no debería sorprendernos demasiado que hoy Israel sea ampliamente considerado como uno de los centros mundiales del tráfico de órganos.

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Cuando me encontré, hace ya una década, con la cándida descripción que hace Shahak de las auténticas doctrinas del judaísmo tradicional, ciertamente fue una de las mayores revelaciones con las que me he topado en mi vida, y alteró profundamente mi forma de ver el mundo. Pero, al ir procesando gradualmente todas sus implicaciones, todo tipo de enigmas y hechos antes desconectados se volvieron de pronto mucho más claros. También había algunas considerables ironías en todo ello, y no mucho después de leerlo bromeé con un amigo mío (judío) que había descubierto de pronto, gracias a leer a Shahak, que el nazismo podía ser descrito como un “judaísmo para blandengues”, o tal vez un judaísmo tal como lo practicaría la Madre Teresa de Calcuta.

Es importante tener en mente que casi todos los líderes principales de Israel han sido siempre muy seculares, y ninguno de ellos ha seguido el judaísmo religioso tradicional. De hecho, muchos de los primeros sionistas eran bastante hostiles a la religión, que despreciaban debido a sus convicciones marxistas. Con todo, en otra parte he señalado que estas doctrinas religiosas, aunque solo fuese como parte del trasfondo cultural de una nación, aún pueden ejercer considerable influencia en el mundo real:

Obviamente, el Talmud no es una lectura habitual para los judíos ordinarios a día de hoy, y sospecho que, salvo los judíos más ortodoxos y quizás la mayor parte de los rabinos, apenas una fracción del total de practicantes de dicha religión está al tanto de sus extremadamente polémicas enseñanzas. Pero es importante tener en mente que, hasta hace solo unas pocas generaciones, casi todos los judíos europeos eran profundamente ortodoxos, e incluso a día de hoy yo estimo que la gran mayoría de judíos adultos tuvo abuelos ortodoxos. Las formas culturales y las distintivas actitudes sociales de un grupo tradicional pueden filtrarse fácilmente a una población más amplia, especialmente una que permanezca ignorante del origen de tales ideas; circunstancia esta que incrementaría su influencia implícita. Una religión basada en el principio de “ama a tu prójimo” puede ser o no ser practicada, pero una religión basada en el principio de “odia a tu prójimo” puede tener, plausiblemente, una influencia cultural de gran alcance que se extienda mucho más allá de la comunidad de personas más practicantes. Si casi todos los judíos, durante mil o dos mil años, fueron educados en el odio más visceral contra todos los no judíos, y además desarrollaron una enorme infraestructura de prácticas culturales de engaño y ocultamiento para tapar dicha actitud, es difícil pensar que tan desafortunado pasado no haya tenido en absoluto consecuencias en nuestro mundo actual o en el pasado relativamente reciente.

Varios países, con distintas religiones y creencias culturales, han emprendido a menudo ataques militares con numerosas bajas civiles o han empleado el asesinato como táctica política. Sin embargo, una sociedad fundada sobre principios universalistas considerará dichos métodos como abominables e inmorales, y, aunque estos escrúpulos éticos puedan a veces ser superados por las necesidades políticas del momento, es de esperar que puedan actuar al menos como una barrera parcial de contención contra el uso generalizado de tales prácticas.

En contraste con esto, llevar a cabo acciones que causen el sufrimiento o la muerte de un número indeterminado de gentiles inocentes no conlleva ningún estigma moral en absoluto dentro del marco religioso del judaísmo tradicional, siendo el único obstáculo el riesgo de ser descubierto y castigado. Puede que solo una pequeña fracción de la población israelí actual razone de forma tan extraordinariamente inclemente, pero la doctrina religiosa subyacente permea implícitamente la ideología entera del Estado judío.

La perspectiva de la inteligencia militar estadounidense en el pasado

Los importantes acontecimientos históricos comentados en este largo artículo han moldeado nuestro mundo actual, y en especial los ataques del 11 de septiembre de 2001 posiblemente hayan puesto a Estados Unidos de camino a la bancarrota, a la vez que sirvieron para poner en marcha un proceso por el que hemos perdido muchas de nuestras libertades civiles tradicionales. Aunque creo que mi interpretación de estos varios asesinatos políticos y atentados terroristas es probablemente correcta, no dudo que la mayoría de estadounidenses a día de hoy encontraría mi polémico análisis muy perturbador y probablemente reaccionaría con extremado escepticismo.

Sin embargo, curiosamente, si este mismo material aquí expuesto le hubiese sido presentado a los individuos que lideraban la naciente comunidad de servicios de inteligencia del país durante las primeras décadas del siglo XX, creo que habrían considerado este relato de los hechos históricos igualmente descorazonador pero para nada sorprendente.

El año pasado me topé con un fascinante libro publicado en el año 2000 por el historiador Joseph Bendersky, un estudioso del Holocausto, y comenté sus interesantísimos hallazgos en un extenso artículo:

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Bendersky dedicó nada menos que diez años a investigar el material para escribir su libro, escarbando diligentemente en los archivos de los servicios de inteligencia del ejército estadounidense así como en los escritos y correspondencia personal de más de 100 militares y agentes de inteligencia de alto nivel. El libro, titulado The “Jewish Threat” (“La ‘amenaza judía’”), tiene más de 500 páginas, incluyendo unas 1350 notas al pie, y tan solo las fuentes archivísticas consultadas ocupan siete páginas enteras. El subtítulo de la obra es “Políticas antisemitas del ejército estadounidense”, y el autor argumenta muy elocuentemente que, durante la primera mitad del siglo veinte y algo después, los oficiales de más alto rango del ejército y especialmente de las unidades de inteligencia del mismo suscribían con convencimiento ideas que hoy serían universalmente condenadas como “teorías conspiranoicas antisemitas”.

En pocas palabras, los líderes militares del ejército estadounidense de aquellas décadas compartían la creencia generalizada de que el mundo estaba directamente amenazado por el judaísmo internacional, que se había hecho con el control de Rusia y había intentado de manera parecida subvertir y dominar Estados Unidos y el resto de la civilización occidental.

Aunque las afirmaciones de Bendersky son sin duda extraordinarias, el autor proporciona una gran abundancia de persuasivas evidencias a favor de su tesis, citando y resumiendo miles de archivos desclasificados de los servicios de inteligencia, además de apoyarse en la correspondencia personal de muchos de los oficiales en cuestión. Así, Bendersky demuestra concluyentemente que durante los mismos años en los que Henry Ford estaba publicando su controvertida serie de artículos con el título The International Jew (“El judío internacional”), ideas similares, pero mucho más duras, podían encontrarse por todos lados dentro de nuestros propios servicios de inteligencia. En efecto, mientras que Ford se enfocaba principalmente en la deshonestidad, la corrupción y las malas prácticas de los grupos judíos, nuestros profesionales de la inteligencia militar veían el judaísmo organizado como una amenaza vital para la sociedad estadounidense y para la civilización occidental en general. De ahí el título del libro de Bendersky.

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El Proyecto Venona constituyó la prueba definitiva del inmenso alcance de las actividades de espionaje soviéticas en Estados Unidos, que durante muchas décadas había sido negado habitualmente por muchos periodistas e historiadores famosos, y también tuvo un papel central, aunque secreto, a la hora de desmantelar esa red hostil de espionaje a lo largo de los años 40 y 50. Pero el Proyecto Venona estuvo a punto de ser enterrado apenas un año después de su nacimiento. En 1944 los agentes soviéticos tuvieron noticia de que se estaba intentando descodificar sus comunicaciones, y poco después se encargaron de que la Casa Blanca del presidente Roosevelt dictase una orden ejecutiva para abandonar el proyecto y, más en general, cualquier otro esfuerzo por destapar el espionaje soviético. La única razón por la que el Proyecto Venona sobrevivió, permitiéndonos así reconstruir más tarde los trascendentales acontecimientos políticos de aquella era, fue que el oficial de inteligencia del ejército a cargo del proyecto se negó a obedecer la explícita orden presidencial y continuó con su trabajo, arriesgándose a ser juzgado en una corte marcial.

Ese oficial era el coronel Carter W. Clarke, pero en el libro de Bendersky se le presenta bajo una luz mucho menos favorable, siendo descrito como un prominente miembro de la “camarilla” de antisemitas que Bendersky sitúa como los villanos de su narración. De hecho, Bendersky condena particularmente a Clarke por parecer seguir dándole credibilidad a los Protocolos de los sabios de Sion aún en la década de 1970. La siguiente cita es de una carta que escribió a un hermano suyo, también oficial del ejército, en 1977:

Si (y es un “si” muy gordo), tal como dicen los judíos, los Protocolos de los sabios de Sion fueron un (…) invento de la Policía Secreta rusa, ¿por qué tanto de lo que se dice en ellos ha llegado a pasar, y el resto es tan vehementemente promovido por el Washington Post y el New York Times?

Nuestros historiadores seguramente hayan tenido bastantes dificultades para asimilar el increíble hecho de que el oficial a cargo del vital Proyecto Venona, cuya sacrificada determinación lo salvó de la destrucción a manos de la administración Roosevelt, siguió creyendo durante toda su vida en la importancia de los Protocolos de los sabios de Sion.

 

Demos un paso atrás y situemos los hallazgos de Bendersky en el contexto adecuado. Debemos reconocer que durante gran parte de la época que él trata en su libro, los servicios de inteligencia del ejército estadounidense constituían prácticamente la totalidad del aparato de inteligencia nacional –siendo el equivalente de una combinación de la CIA, la NSA y el FBI– y eran responsables de la seguridad tanto internacional como nacional, aunque esta última había sido gradualmente absorbida cada vez más por la creciente organización de J. Edgar Hoover desde finales de los años 20 (se refiere al FBI –N. del T.).

La diligente investigación llevada a cabo por Bendersky durante tantos años demuestra que, durante décadas, estos experimentados profesionales –y muchos de sus generales al mando– estaban firmemente convencidos de que ciertos elementos clave de la comunidad judía estaban conspirando implacablemente para hacerse con el poder en Estados Unidos, destruir todas nuestras libertades constitucionales tradicionales y, en último término, enseñorearse del mundo entero.

 
Personal Classics
Our Reigning Political Puppets, Dancing to Invisible Strings
The unspoken statistical reality of urban crime over the last quarter century.
Talk TV sensationalists and axe-grinding ideologues have fallen for a myth of immigrant lawlessness.