The Unz Review: An Alternative Media Selection
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American Pravda: El Poder Del Crimen Organizado
De cómo un joven abogado vinculado al Sindicato de Chicago amasó una fortuna saqueando las propiedades de la población nipoamericana y después vivió felizmente siendo considerado el juez defensor de los derechos civiles más respetable de Estados Unidos
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El honorable David L. Bazelon, juez a cargo del Juzgado de Apelaciones del Distrito de Columbia

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Habiendo crecido en la zona residencial del Valle de San Fernando, en Los Ángeles, durante los años 60 y 70, el crimen organizado me parecía cosa de un pasado muy distante; algo confinado a las ciudades densamente pobladas de la Costa Este o simplemente una cosa pretérita, al igual que la corrupta maquinaria política con la que solíamos asociarlo.

Nunca había oído en mi región noticias sobre fraude electoral, ni sobre jefes de policía que controlasen a su vez una miríada de puestos administrativos, ni sobre multas de tráfico “solucionadas” por algún amigo en el ayuntamiento. La idea de que las pequeñas tiendas locales pagasen dinero a cambio de “protección” o hiciesen a la vez de casas de apuestas clandestinas me habría resultado de lo más absurda si alguien la sugiriese.

Todas estas impresiones personales habían sido insistentemente reforzadas por los medios de comunicación, que tanto condicionan nuestra percepción de la realidad. Un par de programas de televisión que a veces veía cuando los echaban eran las series policiacas Dragnet y Adam-12, ambas ambientadas en el sur de California. Aunque cada episodio se centraba en uno o más crímenes graves, casi nunca se trataba de la especie “organizada”. Lo mismo podía decirse de los episodios de Perry Mason, a pesar de que este tipo de dramas judiciales habría sido un candidato natural para relatar historias sobre miembros del Sindicato. En la popular serie llamada The Rockford Files (“Los casos de Rockford”), a finales de los años 70, sí salían mafiosos en ocasiones, pero tales personajes eran casi siempre visitantes que habían venido temporalmente a Los Ángeles desde Nueva York o Chicago o Las Vegas, a veces presentando cómicamente las desventuras de estos gánsteres al encontrarse como peces fuera del agua en el soleado mundo del sur de California, tan distinto del suyo. En contraste con esta tendencia, una serie contemporánea sobre detectives ambientada en Nueva York, llamada Kojak, parece incluir personajes mafiosos cada tres o cuatro episodios.

Lo que se nos ofrecía desde la gran pantalla seguía por lo general el mismo patrón. Las películas de gánsteres, que abarcaban desde los más atroces filmes de serie B hasta obras maestras tan galardonadas como El Padrino, casi nunca estaban ambientadas en la Costa Oeste. E incluso una película como Chinatown, de Roman Polanski, cuyo argumento giraba en torno a las intrigas criminales de las élites financieras de Los Ángeles durante los años 30, tenía sin embargo como villano a un mero empresario sin escrúpulos y sus matones a sueldo.

Los niños se dan cuenta en seguida de que las creaciones dramáticas cocinadas en Hollywood no reflejan necesariamente la realidad, pero cuando todo lo que ve uno en las pantallas, tanto grandes como pequeñas, se ajusta tan fielmente a su propia experiencia personal, la amalgama de imágenes ficticias y vivencias propias acaba generando una idea muy firme de cómo es la realidad.

Incluso las ocasionales excepciones no parecían sino confirmar la regla. En los años 70 recuerdo haber visto una vez a un equipo de informativos entrevistar a un anciano judío llamado Micky Cohen, sentado en el banco de un parque local, mientras le describían solemnemente como el antiguo rey de la mafia de Los Ángeles. Aunque no dudaba de que en tiempos pretéritos aquel hombrecillo encorvado pudiera haber sido, en efecto, un curtido criminal, permanecí escéptico respecto a la idea de que Los Ángeles hubiera tenido alguna vez suficientes gánsteres como para que pudiera hablarse de un “rey” entre ellos, y me parecía aún más sorprendente que tal figura hubiera salido de la comunidad judía, por lo general muy respetuosa con las leyes.

A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, la delincuencia se convirtió en un problema crecientemente alarmante en los antaño tranquilos barrios residenciales de Los Ángeles, pero prácticamente ninguno de los incidentes de los que informaban los diarios tenía el aura de ser el tipo de crimen organizado que pudiera salir en una película de Coppola. Los Crips y los Bloods [dos famosas bandas juveniles rivales –N. del T.] de la zona sur-central se mataban regularmente entre ellos y a algún viandante desafortunado, a la vez que los robos y atracos –así como, ocasionalmente, asesinatos y violaciones– a veces sobrepasaban los límites de la zona de Hollywood Hills para penetrar en el Valle de San Fernando. Aterradores asesinos en serie, como el estrangulador de Hillside, provocaban pánico entre la población, así como los atroces crímenes de la familia Manson, al tiempo que el sangriento tiroteo del Ejército Simbionés de Liberación cerca de Inglewood fue titular en toda la prensa nacional; pero ninguna de estas cosas era comparable a las actividades de la familia Gambino o la familia Colombo de Nueva York. De hecho, mis amigos y yo a veces bromeábamos con que, dado que la mafia era supuestamente tan efectiva a la hora de controlar el crimen en los barrios neoyorquinos que dominaban, tal vez a Los Ángeles no le habría venido mal tener un mayor número de sicilianos entre su población.

Cuando en ocasiones me ponía a pensar un poco más en serio sobre el asunto, la completa ausencia de crimen organizado en California parecía bastante fácil de explicar. Las ciudades de la Costa Este habían sido pobladas por sucesivas oleadas de inmigrantes extranjeros que, por ser recién llegados sin dominio del inglés y a menudo en situaciones de pobreza, junto a su desconocimiento total sobre la idiosincrasia de la vida estadounidense, les hacía vulnerables a ser explotados por las mafias. Esa situación era un caldo de cultivo ideal para que surgieran tramas de corrupción, títeres políticos y mafias, siendo las centenarias sociedades secretas de Sicilia y el sur de Italia las que pusieron la semilla para que naciera este último elemento. En cambio, la mayor parte de California había sido habitada desde el principio por ciudadanos estadounidenses de pura cepa, a menudo venidos desde la plácida región del Medio Oeste, de modo que era esperable que unos nativos de Iowa que hablaban perfecto inglés y cuyas familias habían votado en las elecciones estadounidenses durante seis generaciones fueran menos susceptibles a la intimidación política o la extorsión criminal que la población de la Costa Este.

 

Dado que el crimen organizado obviamente no existía en California, nunca estaba del todo seguro de cuánto debía creerme al oír hablar de su supuesta extensión y poderío en otras partes del país. Al Capone había sido encarcelado y había muerto décadas antes de que yo naciera y, con el final de los “violentos años veinte”, el gansterismo sangriento parecía haber encontrado también su final en gran medida. De vez en cuando los medios sacaban alguna noticia sobre el ocasional líder mafioso de una banda del Este al que sus rivales habían liquidado, o casos similares, pero estas noticias esporádicas no acababan de indicar el poder que aquellos hombres habían ostentado en vida. En 1977, unos adolescentes pertenecientes a una pequeña banda criminal de inmigrantes chinos usaron armas automáticas para atacar a sus rivales en un restaurante local, dejando dieciséis víctimas entre muertos y heridos: un número comparable al del total de asesinatos llevados a cabo por las mafias tradicionales en todo el país a lo largo de varios años.

Durante la década de 1970 también empecé a oír morbosas historias de cómo la mafia, presuntamente, había amañado las elecciones de 1960 en favor del presidente John F. Kennedy y podría incluso haber estado involucrada en su posterior asesinato, pero los medios de comunicación respetables de todo el país parecían tratar estos rumores con tremendo despecho, de modo que me inclinaba a considerarlos como una forma más de bazofia amarillista como la que publicaba el National Enriqurer, no muy distinta de las ridículas historias sobre ovnis. Habiendo crecido yo en esa época, puedo atestiguar que los Kennedy parecían ser considerados a veces como una suerte de familia real a la americana, y era muy escéptico ante la idea de que el control de la Casa Blanca, en pleno apogeo del “siglo americano”, hubiese podido estar en manos de unos jefes mafiosos. Corrían rumores de que el viejo Joseph P. Kennedy, el patriarca de la familia, había tenido cierto papel en el contrabando de alcohol durante los años 20, pero aquello había ocurrido en tiempos de la Ley Seca; una época muy diferente de la de los tranquilos y prósperos años de Eisenhower en los 50.

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La historia estadounidense del siglo XX nunca me había interesado especialmente, de modo que no estoy del todo seguro de cuándo se produjo mi cambio de perspectiva respecto a todos estos temas. Creo que pudo haber sido hace apenas unos pocos años, cuando quedé absolutamente anonadado al descubrir que el asesinato de John F. Kennedy había sido en verdad parte de una gran conspiración: una revelación completamente contraria a todo lo que los medios de comunicación me habían llevado a creer a lo largo de mi vida. Pero cuando un periodista de gran prestigio nacional como David Talbot aunó todas las pruebas en su libro Brothers, y sus conclusiones fueron defendidas por un historiador presidencial tan eminente como Alan Brinkley en las páginas del venerable New York Times, ese cambio de perspectiva se volvió inevitable.

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Tardé algún tiempo en procesar estas revelaciones sobre la verdad del asesinato de Kennedy, pero al cabo de un año más o menos empecé a investigar aquella época con más detenimiento, hasta que decidí leer finalmente The Dark Side of Camelot (traducido al castellano como “La cara oculta de John F. Kennedy”), un enorme superventas de 1997 escrito por Seymour Hersh, que tal vez fuera el periodista de investigación de más renombre en todo el país. Aunque se centraba principalmente en las fechorías –largamente ocultadas– de la administración Kennedy, y solo trataba de pasada el asesinato que le puso fin, casi todo el material ofrecido por Hersh parecía ser muy consistente con los demás libros que yo había leído sobre lo que sucedió en Dallas aquel fatídico día de 1963. Y ver la compleja relación entre los Kennedy y el crimen organizado, a veces hostil y a veces amigable, me resultó absolutamente revelador respecto al inmenso poder que ostentaban dichas organizaciones criminales desde la sombra.

Cuando varios periodistas de prestigio llegan a conclusiones idénticas y respaldan sus afirmaciones, por chocantes que sean, con abundantes pruebas verosímiles, debemos aceptar la veracidad de lo que nos están diciendo.

Por ejemplo, parece completamente irrebatible que el Sindicato de Chicago ayudó a amañar las elecciones de 1960 en favor de Kennedy utilizando el control que tenían sobre las máquinas electorales de aquella ciudad –extremadamente corrupta– para guiar el sentido de los 27 votos del estado de Illinois en el Colegio Electoral, que resultaban cruciales para poder poner a JFK en la Casa Blanca en lugar de su oponente, el vicepresidente Richard Nixon.

Este resultado se había logrado por medio de un intenso cabildeo llevado a cabo personalmente por Joseph Kennedy Sr. con los principales jefes de la mafia. También contó con la inestimable ayuda del cantante Frank Sinatra, un artista con fuertes vínculos personales tanto con los Kennedy como con los bajos fondos, de modo que el Sindicato creía haber llegado a un acuerdo por el que la victoriosa administración Kennedy sería muy permisiva con ellos. Sin embargo, el recién nombrado Fiscal General Robert Kennedy redobló los esfuerzos del gobierno en su guerra contra el crimen organizado, lo que casi llevó al jefe mafioso Sam Giancana, sintiéndose traicionado, a ordenar el asesinato de Sinatra como respuesta. Ciertamente esta percibida traición facilitó mucho que varios elementos mafiosos se sumasen más tarde al asesinato en Dallas.

Irónicamente, sin embargo, el mundo del crimen organizado había estado muy polarizado ante aquellas elecciones de 1960. Jimmy Hoffa, cabecilla de la muy poderosa –y muy mafiosa– Hermandad Internacional de Camioneros (“Teamsters Union” en inglés), se había convertido en un enemigo acérrimo de Robert Kennedy al servir este último de Consejero Jefe del Comité McClellan en el Senado, en 1957, y Hoffa llegó a ser por ello uno de los principales defensores de Nixon, donando en secreto a su comité de campaña un millón de dólares en efectivo y animando a todos los grupos locales y afiliados a la Hermandad Internacional de Camioneros a que apoyasen efusivamente al candidato republicano.

La relación real entre los caudillos del crimen organizado y el nuevo presidente del país era compleja y contradictoria, con su hermano Robert persiguiendo fieramente a los mafiosos al mismo tiempo que la CIA, por otro lado, intentaba ganarse el favor de esos grupos –y a veces de esos mismos caudillos– de cara a sus infructuosos planes de asesinar al dictador comunista de Cuba, Fidel Castro.

Aunque me sorprendió mucho descubrir que todos estos rumores y cotilleos estaban basados en realidad en pruebas sólidas, todavía más chocantes me resultaron los hechos que –aunque menos sangrientos– más tarde llegaron a mi conocimiento. A pesar de que habían sido escrupulosamente ignoradas por todo historiador y periodista respetable, existían evidencias convincentes que apuntaban a que ciertos elementos del crimen organizado habían penetrado profundamente en las altas esferas empresariales del país, logrando así que el gobierno tomase ciertas decisiones importantes en su favor.

Considérese, por ejemplo, el caso de la corporación General Dynamics, que ya era uno de los principales proveedores del Estado en materia de defensa en los años 50, y cuyo nombre siempre había ocupado en mi mente un lugar no muy distinto de otros como Boeing o Lockheed. Hacía años había leído con considerable sorpresa un párrafo suelto escrito por el difunto Alexander Cockburn, un periodista que no tenía miedo de airear trapos sucios por doquier:

Hablando de continuidad, un escándalo notorio durante los años de Kennedy fue que su Secretario de Defensa, Robert McNamara, desatendiendo todos los informes de expertos y las recomendaciones de sus consejeros, insistió en que fuese General Dynamics y no Boeing quien fabricase los desastrosos F-111, lo que en aquel momento constituyó una de las compras más grandes de la historia del Pentágono. (…) Crown, de Chicago Sand and Gravel, tenía 300 millones de dólares de dinero de la mafia invertidos en General Dynamics, y después del desastre del Convair, General Dynamics necesitaba el F-111 para evitar la bancarrota, lo que habría supuesto que la mafia perdiera esos 300 millones.

Aunque más tarde me volví bastante amigo de Cockburn y llegué a respetar mucho su opinión, en aquel momento tomé sus afirmaciones con considerable escepticismo. Sin embargo, el trabajo de Hersh, mucho más detallado, confirmaba totalmente esa teoría, y contenía detalles incluso más asombrosos. Al parecer, algunos agentes de la corporación aeroespacial fueron pillados robando en la casa de la amante favorita de JFK, y Hersh sugería que las pruebas incriminatorias que pudieran haber encontrado allí fue la razón por la que el Secretario de Defensa, Robert McNamara, ignoró a todos los mandos del Pentágono y concedió a una compañía sostenida con fondos del Sindicato el mayor contrato militar de la historia del país. Más aún, sucedió que, incluso para lo que viene siendo habitual en cuanto a compras del Estado, el F-111 resultante fue un verdadero desastre que nunca llegó a cumplir ninguno de los estándares de calidad previstos, a pesar de haber terminado costándole al gobierno cerca de un 700% más en sobrecostes. De modo que, en este caso, una inversión financiera por parte del crimen organizado fue rescatada por el Estado de una ruina segura con tremendos costes tanto para la calidad de nuestro ejército como para los contribuyentes.

 

Dado que el crimen organizado parecía haber jugado un papel mucho más importante en la historia estadounidense durante el siglo XX que el que yo había podido imaginar por mis lecturas de periódicos y revistas mainstream, hace poco decidí expandir mis conocimientos sobre el tema. Alguien me había llamado la atención sobre el trabajo de un periodista de investigación de nombre Gus Russo, que era un autor reconocido en ese campo. Russo había trabajado como reportero jefe para el galardonado programa de televisión de la PBS, Frontline, y también había tenido papeles similares en otras cadenas de televisión, siendo nominado en 1998 a un premio Pulitzer por su libro sobre la alianza entre JFK y la mafia contra Fidel Castro.

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Hacía más de una década Russo había publicado un par de enormes volúmenes sobre la historia del crimen organizado, enfocándose en particular en dos regiones: su libro The Outfit, de 2001, se centraba en Chicago, y Supermob, de 2006, en California. Juntas, estas dos obras fruto de exhaustivas investigaciones sumaban más de 1.100 páginas y más de medio millón de palabras, eclipsando así casi cualquier otra cosa que se haya escrito sobre el tema. Durante los años 90 se desclasificaron gran cantidad de documentos del gobierno, incluyendo transcripciones de escuchas realizadas por el FBI y archivos del Congreso, lo que le permitió a Russo basarse en todo este material antes inaccesible. Suplementó su investigación archivística con fuentes secundarias en la forma de cientos de libros y artículos, así como más de 200 entrevistas personales, y su segundo volumen, que es especialmente extenso, hace referencia a estas abundantes fuentes a lo largo de más de 1.500 notas a pie de página. Los numerosos elogios que recibió por parte de prominentes fiscales, antiguos agentes de la ley y expertos sobre el crimen organizado apoyaban fuertemente la credibilidad de su obra, que ciertamente debió de llevarle varios años de intenso trabajo.

Como recién llegado que era al tema del Sindicato de Chicago, mi primera sorpresa fue la notable continuidad y longevidad de tal empresa criminal. Siempre había asumido vagamente que después del encarcelamiento de Al Capone y el fin de la Ley Seca su banda se había desintegrado o al menos había perdido la mayor parte de su poder, pero mi suposición era enteramente incorrecta. En cambio, a lo largo de las siguientes décadas, los sucesores de Capone habían reducido en gran medida sus actividades violentas en público, que era lo que había provocado la dura represión del gobierno en su momento, pero al mismo tiempo habían multiplicado su riqueza y poder al pasar a controlar otras muchas fuentes de ingresos, siendo muchas de ellas negocios y sindicatos legítimos, y también habían logrado expandirse geográficamente a otros estados. El liderazgo de la mafia de Chicago también parecía haber sido extraordinariamente estable durante la mayor parte del siguiente medio siglo, de modo que aun en la década de los 70 la autoridad máxima del Sindicato la ostentaba un personaje que se había alistado originalmente durante los años 20, con Capone en el poder, como un joven matón para la mafia, y que pronto se ganó un amplio reconocimiento tras matar a golpes con un bate de béisbol a dos subordinados que habían traicionado a “Big Al” (“el gran Al”, un apelativo con el que se conocía a Al Capone –N. del T.).

Los escritores tienen una tendencia natural a enfatizar la importancia de sus temas escogidos, pero creo que Russo argumenta persuasivamente que la unidad y la estabilidad de la mafia de Chicago le dieron una considerable ventaja sobre su contraparte neoyorquina, cuya división permanente en cinco grandes familias rivales llevó a que se mantuviese una paz frágil, rota ocasionalmente por estallidos violentos. En consecuencia, los divididos gánsteres de Nueva York nunca habían podido ejercer un gran control sobre el gobierno de la ciudad, ni mucho menos rivalizar con los centros criminales rivales de otras ciudades de la Costa Este, mientras que, en cambio, el Sindicato de Chicago parecía haber sido siempre una poderosa fuerza en la política local, y había extendido exitosamente su dominio por gran parte del Medio Oeste, los estados de las montañas Rocosas y hasta California.

Otra sorpresa fue descubrir la composición étnica de la mafia de Chicago y sus colaboradores más cercanos. A lo largo de la Costa Este, la inclusión plena como miembro de la mafia estaba reservada tradicionalmente a sicilianos u otros italianos, pero ninguna de estas reglas parecía aplicarse en Chicago. Durante los años 20 se produjo una serie de sangrientas batallas entre la mafia italiana de Capone y los violentos gánsteres irlandeses que controlaban el lado norte de la ciudad, habiendo una sustancial representación de miembros judíos en ambos grupos. Pero Capone pudo eliminar paulatinamente a sus oponentes, finalmente logrando una victoria aplastante con la matanza de San Valentín de 1929, tras la cual los apellidos irlandeses desaparecieron casi por completo de la escena criminal, mientras que la presencia de eslavos y alemanes en el mundillo había sido siempre rara, a pesar de sus enormes poblaciones locales.

Sin embargo, aunque el liderazgo del Sindicato se mantuvo más o menos siempre compuesto principalmente de italianos –siendo la única excepción un inmigrante galés–, aproximadamente la mitad de todos los personajes que encontramos en el detallado relato de Russo resultan ser judíos. Desde los años 30 en adelante, el crimen organizado en Chicago fue esencialmente una empresa italojudía, con los italianos concentrándose en la parte más violenta y física y los judíos involucrándose más a menudo en aspectos como el blanqueamiento de capitales, la corrupción política y la manipulación legal.

La profunda red subrepticia de alianzas entre personajes que mis fuentes de historia mainstream nunca habían caracterizado como mafiosos fue reveladora. Por ejemplo, siempre había conocido a Walter Annenberg simplemente como el adinerado editor de las guías de televisión que se distribuían por todo el país, y un amigo cercano de los Reagan, siendo su gran fundación –la Annenberg Foundation– la encargada de apoyar económicamente varios proyectos sin ánimo de lucro, incluyendo la PBS. Sin embargo, la fortuna familiar de los Annenberg había sido erigida por su padre, Moe Annenberg, quien había creado el servicio de apuestas a distancia más grande del país, en estrecha colaboración con Capone y sus sucesores del Sindicato de Chicago. El viejo Annenberg llegó a entrar en prisión por evadir impuestos que debían haberse extraído de su enorme fortuna ilícitamente obtenida, y fue obligado a pagar la mayor multa hasta la fecha en la historia de Estados Unidos, mientras que la acusación contra su hijo Walter fue desestimada, a pesar de que era su socio. Russo de hecho defiende a Annenberg, arguyendo que fue injustamente señalado por la fiscalía debido a su oposición política a Roosevelt y su gobierno.

Como ejemplo adicional, mis libros de historia mencionaban frecuentemente que el presidente Harry Truman había sido el producto de la corrupción política de los Pendergast en Kansas City, Misuri, cuyas actividades siempre asumí que se restringían a la política local y quizás a ciertos chanchullos municipales. Sin embargo, según Russo, la ciudad solo era superada por Chicago en cuanto a su nivel de corrupción municipal, estando la policía local dirigida por un exmafioso servidor de Capone y teniendo un diez por ciento de sus agentes antecedentes penales, a la vez que el propio Pendergast había sido un importante partícipe en la convención nacional de gánsteres de 1929 celebrada en Atlantic City, así como otras cumbres de la mafia. El diario manuscrito de Truman recoge las actividades criminales que había tolerado regularmente a cambio de su nombramiento como juez.

Según Russo, Pendergast decidió después elevar a Truman a un puesto en el Senado para obtener protección tras el reciente asesinato de cuatro agentes federales, y durante la exitosa campaña de Truman para el Senado se produjeron aún más muertes. A lo largo de la administración Truman, el Fiscal General Tom Clark había sido promovido al Tribunal Supremo a cambio de negociar una salida de prisión antes de tiempo para uno de los principales lugartenientes de Al Capone, que estaba encerrado en una cárcel federal: un escándalo que llevó al Chicago Tribune a demandar la destitución de Clark.

El propio Truman había alcanzado la Casa Blanca porque fue puesto a dedo como vicepresidente de Roosevelt, y su nominación había sido promovida por el líder del sindicato textil, Sidney Hillman, presidente de CIO y descrito en ocasiones como el segundo hombre más poderoso del país. Según noticias de la época, apoyadas a su vez por documentos gubernamentales desclasificados, el éxito del sindicato de Hillman había sido facilitado por una estrecha alianza con los gánsteres de Murder Inc. de Nueva York, cuyo líder Lepke Buchalter fue eventualmente ejecutado por llevar a cabo un asesinato encargado por Hillman.

Durante esta época, el gigantesco crecimiento tanto en poder como en influencia política del crimen organizado no pasó desapercibido para ciertos observadores externos, quienes a veces decidieron enfocarse en ello por diversas razones, sufriendo a menudo inesperados reveses en sus investigaciones. En 1950, el joven senador por Tennessee Estes Kefauver decidió elevar su perfil político de cara a una futura carrera presidencial liderando una campaña nacional contra el poder de los gánsteres y encargando comparecencias públicas para desprestigiar a los líderes mafiosos. Sin embargo, Kefauver era un conocido libertino y durante su visita preliminar a Chicago se le fotografió en compañía de dos mujeres proporcionadas por la mafia, tras lo cual el senador cambió de opinión respecto de obligar a testificar a una importante figura del Sindicato que hasta entonces había estado en su punto de mira.

A veces los gánsteres de la vida real influenciaban de manera bastante irónica la representación de los mafiosos en las películas de Hollywood. En 1959 Desi Arnaz comenzó a producir Los intocables, una famosa serie de televisión que semana a semana narraba las batallas ocurridas durante la era de la Ley Seca entre Eliot Ness y los mafiosos Al Capone y Frank Nitti, y la serie acabó teniendo un papel central a la hora de conformar la percepción del público estadounidense respecto al crimen organizado. Según las memorias posteriores de algunos mafiosos, los principales gánsteres de Chicago se sintieron ultrajados al ver una representación de su historia que consideraban completamente alejada de la realidad y declararon que la serie criminalizaba a los italoamericanos, de modo que después de que Arnaz ignorase sus amenazas –que le hicieron llegar a través de Frank Sinatra–, decidieron mandarlo asesinar. Pero sus agentes en California no estaban del todo dispuestos a asesinar a la venerada estrella de I Love Lucy (“Te quiero, Lucy”), y la viuda de Capone pronto vetó la decisión dado que su hijo había sido el mejor amigo de Arnaz durante su adolescencia, al haber sido compañeros en un instituto de Florida.

El torpe intento por parte de los gánsteres italianos de Chicago de modificar los presuntos sesgos étnicos de una simple serie de televisión nos debe llevar a una reflexión mucho más amplia que deberíamos considerar cuidadosamente. Aparte de nuestras experiencias personales en la vida real, prácticamente todo lo que sabemos acerca del mundo que nos rodea viene de los medios, siendo el entretenimiento por vía electrónica especialmente importante para la mayoría de personas. Durante los años 30 y 40 las películas de gánsteres, de diversa calidad, habían sido muy populares, y hasta cierto punto Los intocables ayudó a revivir ese género de cara al poderoso y nuevo medio que era la televisión. Mientras tanto, con la excepción de Disney, que se enfocaba en la producción de dibujos animados, todos los grandes estudios de Hollywood estaban casi siempre presididos o dirigidos por judíos, quienes también controlaban todas nuestras cadenas de radio y televisión. De modo que, durante décadas, todo lo que los ciudadanos corrientes de Estados Unidos podían ver u oír les llegaba a través de ese muy específico filtro étnico.

La percepción popular de la naturaleza del crimen organizado demostraba el impacto de esta situación. A lo largo de las décadas intermedias del siglo XX, los gánsteres eran a veces presentados sin ningún cariz étnico particular, y otras veces, con frecuencia, como italianos o tal vez irlandeses, pero solo muy raramente como judíos, estableciéndose así implícitamente una perspectiva de la realidad considerablemente distorsionada.

Según fui aprendiendo gradualmente a reconocer esta distorsión de la historia, hace ya dos décadas, en cierto momento decidí llevar a cabo un simple experimento haciendo una lista mental de las figuras más prominentes de la era de los gánsteres que me vinieran a la cabeza. Al Capone era obviamente el más infame, seguido de Lucky Luciano, Meyer Lansky y Bugsy Siegel. Después llegaron nombres algo menos relevantes: Frank Costello, Legs Diamond, Lepke Buchalter, Dutch Schultz, Bugsy Moran, Johnny Torrio, Hymie Weiss y Arnold Rothstein. Yo nunca había estudiado la historia del crimen organizado en Estados Unidos, de modo que mi lista era vaga e impresionista, pero me sorprendió darme cuenta de que aquel mundillo que siempre había considerado como eminentemente italiano era en verdad eminentemente judío, lo cual me llevó a pensar que había estado aceptando los engañosos titulares de una determinada narrativa histórica sin enfocarme lo suficiente en sus contenidos. En efecto, la infame organización de asesinos de Brooklyn, Murder Inc., había sido establecida originalmente por Lansky y Siegel y parece haber sido abrumadoramente judía en su composición, a la vez que hacía honor a su nombre (“Murder Inc.” podría traducirse aproximadamente como como “Asesinatos S.A.” –N. del T.) perpetrando varios cientos de asesinatos, con uno de sus miembros principales teniendo presuntamente en su haber un historial de más de 100 muertos. Pero dado que nunca había oído que hubiera un solo gánster judío en Chicago, todavía me resultaba muy sorprendente que pudieran haber conformado casi la mitad de las figuras principales en la exhaustiva investigación de Russo.

 

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El primer libro de Russo, publicado en 2001, bien podría considerarse la historia definitiva del crimen organizado en Chicago, pero tras años de subsiguientes investigaciones publicó Supermob (“Supermafia”) en 2006; una secuela que se enfocaba en mi propio estado natal, California, y que encontré aún más interesante a la vez que profundamente perturbadora. Mientras que su primer libro era principalmente un esbozo del submundo criminal de la ciudad y su evolución bajo los herederos de Al Capone, este otro contaba la historia de cómo unos individuos que habían empezado como miembros de ese mismo Sindicato de Chicago pasaron a intentar conseguir aún más riquezas y poder en el (mucho más respetable) mundo empresarial. Y la dimensión étnica del crimen organizado, que había sido un importante vector implícito en la primera obra, se volvía absolutamente central en esta segunda.

Su extenso relato explica que durante los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, un grupo de individuos interconectados que habían sido pupilos del Sindicato de Chicago se trasladaron a California y prácticamente tomaron el control de la política del estado, mientras los medios de comunicación –tanto nacionales como locales– desviaban la mirada de estos importantes acontecimientos, haciéndolos así invisibles para el gran público. Russo ofrece una sólida argumentación en apoyo de estas extraordinarias afirmaciones.

Un detalle importante señalado por el autor es que esta transformación se vio facilitada por las reformas políticas del antiguo gobernador Hiram Johnson y otros importantes políticos progresistas de California durante las primeras décadas del siglo XX. Con la intención de frenar el surgimiento del caciquismo político que permeaba ya los estados de la Costa Este, habían tratado de reducir drásticamente el poder de los partidos políticos permitiendo que los candidatos se registrasen en más de uno a la vez, así como con otras medidas diseñadas para rebajar inmensamente la influencia de las estructuras de partido. Pero entonces la población del estado se disparó en más del 50% entre 1940 y 1950 y en casi otro 50% durante la década siguiente, en gran medida debido a olas de inmigrantes llegados de otras partes del país. Los partidos tenían ya poco poder y la mayoría de los candidatos eran desconocidos para el grueso de estos nuevos votantes potenciales, de modo que las campañas publicitarias –y el dinero para financiarlas– se convirtieron en un ingrediente crucial del éxito político en California, que era además un estado grande y con un mercado de las comunicaciones entonces en expansión, y aquellos que lograban la financiación necesaria podían ascender muy rápido en los círculos políticos. Lo que es más, ese grupo de individuos que habían sido entrenados en la despiadada jungla política de Chicago encontró en la ingenua California un entorno mucho más amable en el que operar.

Art White, uno de los principales reporteros políticos de Los Ángeles durante aquella era, explicaba más tarde así estas inusuales circunstancias políticas:

California pasó a convertirse en un estado lleno de caras desconocidas, políticos errabundos y sin afiliación que se registraban en su partido de preferencia solo para encontrarse en un entorno en el que la ideología política no tenía importancia alguna. Los republicanos se presentaban como demócratas y los demócratas como republicanos. Con desconcertante frecuencia eran los republicanos, habiendo ganado las nominaciones de ambos partidos, quienes salían elegidos en las primarias.

Dado que la afiliación de partido no tenía ninguna relevancia de cara al electorado, las elecciones a menudo las ganaba el candidato que tenía más dinero, mayor número de vallas publicitarias, mayor alcance para enviar propaganda postal y mayor cobertura en las radios.

Así, cualquiera que pudiese diseñar un sistema que satisficiese las demandas de las campañas políticas de manera sostenida estaba ya encaminado a convertirse en un cacique político en California. Luego, este cacique (…) podría tener voz, o incluso quizás la última palabra, a la hora de nombrar jueces, desde los juzgados municipales hasta el Tribunal Supremo del estado. Otros puestos que podían nombrarse a dedo eran los peritos que tasaban el impuesto sobre sucesiones, los fiscales generales del estado, los directores del departamento de estado y los comisarios de los departamentos. Con tan solo controlar algunos de estos nombramientos, cualquiera de estos caciques podía fácilmente proteger sus intereses económicos.

Uno de los ejemplos más impactantes de rápida escalada política fue el de Paul Ziffren, que había sido abogado en Chicago, y cuyo meteórico ascenso en la escena política californiana se debió a su habilidad para recaudar enormes sumas de dinero para los candidatos que favorecía. Poco después de llegar a Los Ángeles a mediados de la década de 1940, su sólida relación con la Casa Blanca de Truman le permitió superar rápidamente a los líderes demócratas locales en influencia nacional. Para 1953 ya había sido nombrado jefe del Comité Nacional del Partido Demócrata de California, y era aplaudido por haber “revitalizado” el partido en dicho estado, que ganó la mayoría en las dos cámaras estatales por primera vez en 75 años. El presidente nacional del Partido Demócrata lo elogió profusamente por su éxito, describiéndolo como el agente más importante tras las victorias en California.

Los vínculos que Ziffren había tenido durante toda su vida con la mafia ocupan unas cien páginas del libro de Russo. En 1954 consiguió que se eligiera a Pat Brown como Fiscal General de California, quien pronto recompensó el vital apoyo de Ziffren nombrando a su hermano Ayudante del Fiscal General para el Sur de California, garantizando así que las actividades que llevaba a cabo el Sindicato estuvieran legalmente protegidas en gran medida, a pesar de la hostilidad de los departamentos de policía locales.

Este nuevo cacique del Partido Demócrata en California vio su situación legal mejorar aún más el año siguiente, cuando Alex Greenberg, que había sido su socio durante muchos años, fue asesinado de un disparo –al estilo de la mafia– en las calles de Chicago, llevándose con él a la tumba todo lo que sabía sobre la enorme red de transacciones inmobiliarias vinculadas al Sindicato que operaba Ziffren. El poder y la influencia de Ziffren se perpetuaron durante décadas, y cuando finalmente murió en 1991 a la edad de 77 años, entre quienes lamentaron públicamente su muerte se contaban antiguos gobernadores de California como Pat y Jerry Brown, el futuro gobernador Gray Davis y numerosas estrellas de Hollywood, mientras recibía tributos invariablemente elogiosos en Los Angeles Times y otros periódicos, ninguno de los cuales mencionaba siquiera de pasada su oscuro trasfondo personal.

El Partido Republicano de California también intentó frecuentemente aprovechar este tipo de negocios. Mientras Ziffren recaudaba fondos de fuentes misteriosas para la campaña como senadora de Helen Gahagun Douglas en 1950, el veterano abogado de la mafia Murray Chotiner hacía lo mismo para su rival Richard Nixon, cuya victoria estableció a Chotiner como un estratega republicano clave, tanto en California como en el resto del país. Irónicamente, mientras los candidatos acusaban regularmente a sus oponentes de tener vínculos con la mafia, todos estos abogados de la “supermafia”, aparentemente rivales, tenían sus casas y oficinas en Beverly Hills, muy cerca unos de otros, y generalmente seguían siendo buenos amigos y también socios ocasionales, tal vez intercambiando casualmente rumores sobre los puntos fuertes y débiles de los candidatos cuyas campañas organizaban, de modo parecido a como podrían hacerlo unos jockeys respecto a sus diferentes caballos de carreras.

Pat Brown llegó a gobernador tras remontar en las elecciones contra el candidato republicano de Chotiner en 1958, y después ganó la reelección contra Nixon en 1962, pero perdió en 1966 frente al nuevo candidato del partido, Ronald Reagan. El propio ascenso político de Reagan había sido orquestado por el magnate de Hollywood Lew Wasserman, de la compañía MCA (originalmente las siglas de “Music Corporation of America” –N. del T.), que también se había trasladado desde Chicago. Wasserman, junto con su mentor Jules Stein, también tenía a sus espaldas décadas de relaciones con la mafia que se extendían hasta el mismísimo Al Capone, y había contratado regularmente a matones del Sindicato para defender a sus socios empresariales e intimidar a la competencia.

Russo detalla la sorprendente historia de cómo Wasserman propulsó a Reagan, que por entonces era un actor de poca monta, hasta la presidencia del Sindicato de Actores en 1959, con el fin de obtener un trato preferente de la industria para su empresa –la MCA–, la cual recompensó después a su vez al futuro presidente con un contrato extremadamente lucrativo en la pequeña pantalla. Como resultado de esta exitosa maniobra administrativa, las exclusivas oportunidades empresariales que empezó a tener la MCA convirtieron a Wasserman en el rey de Hollywood durante décadas, y posteriormente jugó un papel central a la hora de elevar a Reagan como gobernador de California.

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El relato de estos hechos que hace Russo se basa a su vez en Dark Victory: Ronald Reagan, MCA, and the Mob (“Una oscura victoria: Ronald Reagan, la MCA y la mafia”); un libro de 1986, extensamente documentado, escrito por el veterano periodista Dan Moldea, que yo ya había leído antes y había encontrado bastante persuasivo. La enorme influencia de la MCA y sus ejecutivos pudo contribuir a reducir severamente la distribución del libro de Moldea y su cobertura por parte de los medios nacionales, al mismo tiempo que el autor fue forzado a dimitir de su puesto en The Institute of Policy Studies, un grupo de investigación progresista de Washington D. C. que dependía para su financiación de donantes de la MCA. Una suerte muy similar fue la que corrió la novela de 1972 del reconocido escritor Henry Denker, titulada The Kingmaker, una historia ficticia pero basada en los hechos reales del ascenso político de Reagan con el apoyo de Wasserman, que también vio su distribución severamente impedida a pesar de las excelentes críticas que recibió.

 

Aunque Wasserman logró una gran fortuna y una enorme prominencia social, nunca se deshizo de sus antiguos vínculos con el crimen organizado, y durante décadas su amigo más íntimo fue el hombre que hacía de contacto del Sindicato de Chicago en California.

Este individuo era el abogado Sidney Korshak, quien constituye una figura central en la larga narración de Russo, incluso poniendo cara a la portada del libro con una de sus pocas fotografías en público. Korshak había empezado trabajando para la banda de Al Capone en Chicago y pronto se ganó una buena reputación por su habilidad para enlazar los mundos del crimen callejero, los sindicatos corruptos y las empresas legales. Su eficiencia y su casi absoluta ausencia de huellas tanto en los registros públicos como en los medios de comunicación le convirtieron en el representante ideal del Sindicato, y, según un testimonio posterior en el Congreso, le trasladaron al sur de California a principios de los años 50 para supervisar sus operaciones en la Costa Oeste, que se encontraban entonces en rápida expansión.

En los siguientes años, Korshak se convirtió en uno de los hombres más poderosos de Hollywood, a la vez que tenía también una enorme influencia sobre los sindicatos de los estados del Oeste y los negocios que dependían de ellos, llegando a tener el poder de iniciar o detener una huelga con solo una llamada telefónica. Aunque técnicamente seguía siendo abogado, no tenía ni oficina ni empleados, y llevaba la mayor parte de sus negocios desde un teléfono privado que se había hecho instalar en su mesa favorita de uno de los principales restaurantes de Beverly Hills, aunque a veces salía del local para evitar que alguien pudiera escuchar las conversaciones más delicadas. Todas las referencias a sus jefes de Chicago se hacían en clave, de modo que, al llegar de su luna de miel, la mujer de Korshak se topó con una larga lista de crípticos mensajes firmados por George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt. Las escuchas del FBI revelaron que los jefes del Sindicato habían ordenado a los gánsteres de California que nunca contactaran con Korshak directamente, sino siempre por medio de sus superiores de Chicago como intermediarios para todas sus peticiones y comunicaciones.

A lo largo de su carrera, Korshak hizo esfuerzos tremendos para mantenerse casi absolutamente invisible de cara al público, y, aunque a menudo acudía a eventos y fiestas organizadas por la élite de Hollywood, hubo un revuelo horrible cuando un guionista novato le sacó una vez una fotografía por accidente. A pesar de existir una conciencia creciente sobre su enorme poder en el sur de California y sus más que sospechosas conexiones, logró emplear exitosamente sus contactos e influencia para protegerse de casi toda cobertura mediática. En 1962 la cúpula de Los Angeles Times despidió súbitamente al periodista estrella de su unidad de investigación para dar fin a una larga serie de artículos que había comenzado a escribir sobre la Hermandad Internacional de Camioneros y sus sospechosos negocios inmobiliarios, lo que le habría conducido inevitablemente hasta Korshak y su círculo íntimo de socios del Sindicato. Tal como describió la situación más tarde el editor del Times: “Una vez que llegas al punto en que puedes hacer que un tipo hable, o él, o tú, o los dos, vais a acabar en alguna cuneta”.

Para 1969 el amplio conocimiento local sobre el enorme poder oculto de Korshak y sus profunda vinculación con la mafia finalmente llevó al editor nacional del Times a encargarle a un joven periodista que escribiera un artículo sobre él. A pesar de sufrir tremendas presiones el artículo finalmente salió a la luz, aunque era tan suave que Korshak más tarde bromearía diciendo que todos sus amigos lo consideraban casi como un anuncio publicitario en su favor. Aun así, para evitar más cobertura mediática en el futuro, se apresuró a pagar a Buff Chandler, la matriarca del periódico, un pago inmediato de 25.000 dólares que le garantizase que su nombre nunca saldría otra vez en la prensa escrita, cosa que ella le prometió y que cumplió escrupulosamente. A lo largo de los años, varios periodistas valientes de toda California se topaban con que sus artículos profusamente documentados eran abortados por sus superiores, a veces haciendo que dejaran los periódicos en los que trabajaban de pura indignación.

Durante las décadas de poderío de Korshak, uno de los extremadamente raros reportajes que se hicieron sobre sus actividades apareció en 1976 en el New York Times, escrito por un periodista también de Chicago llamado Seymour Hersh que ya tenía cierto renombre por haber sacado a la luz la historia de la masacre de My Lai unos años antes; un logro que le había hecho ganar un premio Pulitzer y varios otros galardones. Como explicaría más tarde Hersh, cuando comenzó su investigación se encontró con que muchos agentes de policía indignados y periodistas que habían sido silenciados anteriormente le ofrecieron rápidamente montones de material que habían ido acumulando. Pero también descubrió pronto que Korshak había obtenido todos sus registros de llamadas e itinerarios de viajes a través de un empleado del Times, y más tarde había tenido una escalofriante conversación telefónica con el sujeto de su investigación desde un teléfono público en la zona oeste de Los Ángeles. Aunque Korshak tuvo mucho cuidado de no amenazarle nunca explícitamente, su discurso estaba continuamente salpicado de palabras como “asesinato”, “muertos”, “sangre”, “muerte”, “matanzas”, etc., y el reportero todavía recordaba vívidamente esa conversación décadas más tarde. Más tarde, hablando con otros compañeros, Hersh aprendió que Korshak empleaba a menudo ese estilo de intimidación en situaciones similares.

Aunque los poderosos grupos de presión de los aliados de Korshak y sus amenazas de demanda llevaron a dos ejecutivos jefes del Times a detener la investigación, y la Hermandad de Camioneros llegó a atacar la sede del periódico en la víspera del día en que estaba previsto que apareciese el artículo, las piezas de Hersh finalmente se publicaron y atrajeron una inmensa atención a nivel nacional, aunque Los Angeles Times las ignoró cuidadosamente. Más tarde, uno de los sobrinos de Korshak contactó a Hersh y le contó una anécdota personal que incluía la mención de una vez que Korshak había expresado gran satisfacción tras ser informado del asesinato de un político reformista de Illinois. En una excepcional entrevista personal con Russo, Hersh resumió lacónicamente su impresión de la figura de Korshak: “Era el padrino. No hay ninguna duda: él encargaba asesinar a gente.”

Ciertos aspectos del estilo de vida de Korshak ciertamente casan bien con tal idea. Su casa estaba amurallada y patrullada por guardias armados, que según algunas fuentes eran antiguos miembros del ejército israelí. Un ejecutivo de un estudio de cine que le fue a visitar se encontró que la puerta principal estaba vigilada por un hombre armado; una situación con la que nunca se había encontrado antes.

Estas precauciones de cara a su seguridad personal probablemente no estaban injustificadas. Según documentos que más tarde fueron hechos públicos por el FBI, Korshak no había sido precisamente monógamo respecto a sus lealtades, y había intentado mantener su inmunidad legal proporcionando regularmente información confidencial al FBI y la policía de Las Vegas, lo que sin duda le habría puesto en serio peligro de ser descubierto por sus socios de la mafia. De hecho, cuando Korshak tenía ya 80 años, una vez se le acercó súbitamente un reportero de Hollywood por la calle y él reaccionó como si supiera que por fin le había llegado la hora, para después mostrarse tremendamente aliviado al descubrir que el tipo era solo un periodista y no un sicario, cuya llegada había estado tanto tiempo temiendo.

El gigantesco impacto de Korshak está descrito en gran detalle lo largo de las páginas del grueso libro de Russo. Tuvo un papel central en la elección de sucesivos gobernadores de California, consiguió para Al Pacino el papel principal en El padrino, al parecer ayudó a que Roman Polanski eludiese su castigo tras violar y sodomizar a una chica de 13 años, y estaba involucrado en un gran número de transacciones comerciales, tanto legales como ilegales, cuyo valor parece ser que sumaba un total de varios miles de millones de dólares. Pero dado que su nombre casi nunca aparecía en los medios, el público general todavía ignoraba por completo su existencia cuando murió de causas naturales en 1996. En aquel momento, los medios de comunicación nacionales recobraron de pronto el coraje y su muerte fue anunciada en titulares que debieron de dejar perplejos a sus anteriormente desinformados lectores, con el New York Times llevando el titular “Sidney Korshak, el legendario conseguidor para la mafia de Chicago, ha muerto a los 88 años”, y el Los Angeles Times rotulando lo siguiente: “Sidney Korshak, presunto contacto de la mafia en Hollywood, muere a los 88 años”.

 

El dinero era sin duda la leche materna que nutría la política californiana tras la guerra. Pero la velocidad con la que estos individuos venidos de Chicago se convirtieron en poderosos actores financieros en su nuevo estado de residencia se debió también, en parte, a su participación en una afortunada operación: fueron los principales beneficiarios de una de las peores violaciones gubernamentales de los derechos constitucionales en nuestra historia, y Russo dedica un capítulo entero a esta siniestra operación.

Como todos los demás inmigrantes asiáticos, la población japonesa de California había sufrido durante mucho tiempo el peor tipo de discriminación racial, negándoseles el acceso a la plena nacionalización y quedándoles así prohibida la compra de terrenos, a la vez que prácticamente toda la inmigración posterior desde Japón fue vetada en los años 20. Sin embargo, a pesar de haber llegado como agricultores completamente pobres, sobre todo hacia el fin de siglo, su intensa ética de trabajo y su diligente propensión al ahorro les había convertido para finales de los años 30 en una comunidad pequeña pero razonablemente próspera. La Decimocuarta Enmienda permitió que sus hijos nacidos en territorio estadounidense adquiriesen la nacionalidad, permitiendo así a su vez que sus familias llegaran eventualmente a adquirir grandes cantidades de terreno entre tierras de cultivo y otras propiedades, lo que también provocó considerable envidia de parte de sus vecinos y competidores blancos.

Tal como he argumentado en otra parte, el desesperado intento de Roosevelt de circunvalar la abrumadora oposición pública a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial le llevó a una campaña de constantes provocaciones contra Japón en 1941, que culminó exitosamente con el ataque japonés sobre Pearl Harbor. Poco después, los discursos demagógicos de políticos y figuras mediáticas llevaron a gran parte del público a demandar la encarcelación de todos los japoneses en suelo estadounidense, fuesen ciudadanos o no, y a principios de 1942 Roosevelt firmó un decreto presidencial por el que se envió a unos 120.000 nipoamericanos a tenebrosos campos de concentración, de tal modo que en ocasiones se les forzaba a abandonar sus casas sin apenas notificación previa. Como resultado, perdieron prácticamente todas las propiedades que habían ido acumulando paulatinamente durante dos generaciones, siendo la mayor parte confiscada o terminando, en cualquier caso, en manos del gobierno. Decretos similares llevaron también a la confiscación de numerosos negocios regentados por alemanes a lo largo y ancho del país, muchos de los cuales poseían bienes enormemente valiosos.

En un par de años, esta hacienda en posesión del gobierno central se había inflado hasta incluir más de 200.000 hectáreas del mejor terreno agrícola del país, unos 1.265 pequeños hoteles regentados por japoneses y numerosas parcelas de suelo urbano en Los Ángeles, San José y otras ciudades. En 1942 el gobierno federal estimaba el valor de estas propiedades, anteriormente pertenecientes a la comunidad nipoamericana, en unos tres mil millones de dólares en términos actuales, pero la gran explosión demográfica y económica de California tras la guerra sin duda habría incrementado enormemente su valor para principios de los años 50. Los negocios y las patentes de las compañías alemanas confiscadas tenían un valor adicional de otros tantos miles de millones de dólares.

Tras el fin de la guerra todas estas propiedades necesitaban ser vendidas, y los poderosos intereses de Chicago vieron una tremenda oportunidad en ello. Las elecciones de 1946 habían resultado en una aplastante derrota para los demócratas hasta entonces en el poder y los republicanos pudieron recobrar el control de ambas cámaras del Congreso por primera vez desde 1932. El presidente Truman se enfrentaba, pues, a una desesperada batalla por la reelección, y la poderosa maquinaria política de Chicago desplegó su considerable influencia para poner la venta de los bienes confiscados en manos de David L. Bazelon, un joven abogado de Chicago y uno de los principales recaudadores de fondos para las campañas del Partido Demócrata, que además tenía una profunda vinculación con el Sindicato. Bazelon había asumido una pérdida del 80% de sus ingresos al entrar a trabajar para el gobierno, pero no mucho después se jactaba en el Washington Post de ser “uno de los mayores empresarios del país”. El motivo se volvió evidente en seguida, cuando preparó la venta de los bienes por una fracción de su valor real a su círculo de amigos y socios de Chicago, al parecer recibiendo a cambio, en secreto, una parte de los lucrativos derechos de propiedad.

Por ejemplo, Bazelon vendió casi inmediatamente a Henry Crown, de Chicago, una explotación minera de diez mil hectáreas, que contenía decenas de millones de dólares en carbón, por la magra suma de 150.000 dólares. También le vendió en privado unas propiedades alemanas confiscadas en 1948 a un grupo creado por Paul Ziffren, que era amigo suyo de toda la vida y había sido además su socio en una firma de abogados. La venta fue por un millón de dólares, pero para 1954 su valor ascendía a 40 millones, de modo que Ziffren pronto recompensó a Bazelon otorgándole un 9,2% de las acciones de su multimillonario holding inmobiliario. Otro gran beneficiario de las inusuales prácticas comerciales de Bazelon más tarde testificaría frente a un comité de investigación en el Congreso que le otorgó a Bazelon un 25% de su gran compañía hotelera porque “aquel día se sentía contento y generoso y estaba agradecido”.

Estos peculiares regalos a Bazelon, que empezaron siendo secretos, solo fueron saliendo a la luz a través de referencias fortuitas que tuvieron que ser desenterradas por varios diligentes investigadores, de modo que podemos asumir que dichas transacciones probablemente representaban solo la punta de un gigantesco iceberg. Parece plausible que Bazelon recibiera comisiones secretas por valor de muchos millones o incluso decenas de millones de dólares en términos actuales a cambio de su extremadamente favorable distribución de bienes del gobierno a su red de beneficiarios, que a su vez tenían todos raíces comunes en el Sindicato de Chicago.

Esta colosal transfusión de riqueza ocurrida durante los primeros años de la posguerra entre los maltratados nisei (inmigrantes japoneses de segunda generación –N. del T.) hasta las manos de unos advenedizos empresarios de Chicago ligados a la mafia les dio a estos últimos el poder económico como para que pronto pudiesen tomar el control de gran parte del sistema político de California, que –como decía más arriba– había llegado a ser extraordinariamente dependiente del dinero. Así es como Art White, el veterano periodista político de Los Ángeles, describiría más tarde esta situación:

Durante estos años, algunos cientos de asociados de Greenberg, Evans y otros del sindicato del crimen de Capone, y también algunos socios de Arvey y Ziffren, introdujeron cientos de millones de dólares en California. Compraron bienes inmuebles, incluyendo cadenas de hoteles, desde San Diego a Sacramento, a través de corporaciones que aparentemente no tenían relación entre sí. Invirtieron en vastas extensiones de terreno; construyeron o compraron moteles, enormes edificios de oficinas y otras propiedades comerciales. Más aún, invadieron el ámbito crediticio, estableciendo bancos y agencias de préstamos. Para 1953, Ziffren y sus asociados habían tomado el control de una gigantesca porción de la economía de California. Podían financiar campañas políticas para los mejores candidatos del estado.

Russo señala que los analistas del FBI acabaron apoyando las conclusiones de White:

Cuando el FBI analizó las investigaciones de White respecto al alcance de los lazos entre los Capone y Ziffren, concluyó con una inusitada declaración reivindicando las conclusiones de White: “El extraordinario éxito del aventurero [Ziffren] –y, por ello, de sus colaboradores, que pueden rastrearse hasta llegar al Medio Oeste y al mundo criminal de la Costa Este– ha sido probado y documentado” (énfasis de Russo).

El Apéndice A del libro de Russo proporciona una lista larga pero incompleta de las principales propiedades adquiridas por los asociados de la mafia de Chicago.

 

La desposesión de los nipoamericanos de California ciertamente constituye un factor central en el extraordinario crecimiento del capital y poder del Sindicato en dicho estado, y Russo lo describe como “un inesperado impulso para las arcas de la mafia”. Puede que esté enteramente en lo cierto, pero también se me ocurren otras posibilidades.

Durante la Segunda Guerra Mundial, California estaba situada a muchos miles de kilómetros de distancia del Frente del Pacífico, mientras que Hawái estaba, obviamente, mucho más cerca y servía también como la base de operaciones más importante de Estados Unidos en la zona. Sin embargo, la población (mucho mayor) de nipoamericanos que vivían entonces en el archipiélago hawaiano se salvó de los encarcelamientos masivos. El líder republicano más importante del país en el momento, el senador Robert Taft, se oponía frontalmente al encarcelamiento indiscriminado de la población nipoamericana, como también lo hacía el director del FBI, J. Edgar Hoover, a pesar de que no era precisamente conocido por ser un defensor de las libertades civiles.

Mientras tanto, el primero y más prominente defensor de la política de encarcelamiento fue el Fiscal General de California, Earl Warren, quien utilizó el debate político al respecto con gran astucia para derrocar al gobernador demócrata del estado en las elecciones de 1942. Y debemos tener en cuenta que la exitosa campaña para gobernador de Warren fue diseñada por Chotiner, un abogado de Beverly Hills con fuertes conexiones con la mafia, quien más tarde se hizo amigo y en ocasiones socio de Korshak y otros miembros del círculo del Sindicato de Chicago.

Tal vez Warren y los que organizaban su campaña simplemente creían que demonizar a la pequeña e impotente minoría japonesa y exigir que se les pusiera tras una valla de alambre de espinos supondría un excelente camino hacia la victoria a nivel estatal a la luz del ataque de Pearl Harbor. Pero también es posible que considerasen que la consiguiente confiscación de bienes por valor de miles de millones de dólares podría suponer más tarde una lucrativa oportunidad de negocio para ciertos individuos sin escrúpulos: oportunidad que, en efecto, dichos individuos aprovecharon unos pocos años más tarde.

Las comisiones financieras que Bazelon recibió en secreto no fueron las únicas recompensas que obtuvo a cambio de su generosa distribución de miles de millones de dólares en propiedades del gobierno a su círculo de colegas del Sindicato de Capone. Según los archivos de un comité de investigación del Congreso, en 1946 Bazelon le había dicho supuestamente a un confidente que estaba muy preocupado ante la posibilidad de que Hacienda investigase el trabajo que años antes había realizado para una gran compañía de bebidas alcohólicas perteneciente al Sindicato, y que “necesitaba un puesto como juez federal para mantenerse limpio”. De modo que, tras la reelección de Truman, Bazelon, a pesar de carecer por completo de ninguna experiencia judicial o credenciales académicas suficientes, fue nombrado juez en el Juzgado de Apelaciones de Washington D. C., el circuito de apelaciones más importante del país, convirtiéndose a la edad de 40 años en el juez federal más joven de la historia de Estados Unidos en ostentar tal cargo. Su nombramiento se llevó a cabo en una rápida maniobra mientras el Senado se encontraba en suspensión, lo que impidió que el Congreso investigase los perturbadores rumores que ya por entonces circulaban en torno a su distribución de bienes del gobierno por valor de miles de millones de dólares.

El anterior secretario del gabinete de ministros de la administración Roosevelt, Harold Ickes, un convencido progresista y defensor del New Deal, reaccionó con total indignación en las páginas de The New Republic, calificando el nombramiento de Bazelon de “deplorable” y acusando a la administración de haber “tocado fondo” al permitirlo, y exigiendo que se formase una investigación en el Senado sobre su distribución de las propiedades confiscadas. Habiendo sido anteriormente periodista en Chicago, Ickes se había enfrentado durante mucho tiempo al Sindicato de Capone y su corrupción, y escribió personalmente a Truman en un último intento de hundir la nominación de Bazelon, diciendo: “Conozco bastantes cosas sobre Bazelon y lo considero una persona completamente inapropiada para ostentar el cargo que hoy ostenta, y mucho menos el de juez federal de Estados Unidos, ya sea en el Juzgado de Apelaciones o en un Juzgado de Distrito”.

Hasta que leí estos libros de Russo nunca había oído hablar de Korshak, ni de la gran mayoría de otras importantes figuras que parecían haber jugado un papel tan importante en la conquista de California por parte del crimen organizado, como Ziffren, Greenberg, Fred Evans, Al Hart y Jake Factor. Pero Bazelon era un nombre que sí conocía bien por las casi dos décadas que pasó como principal juez del Juzgado de Apelaciones más importante de Estados Unidos, donde probablemente podría decirse que se estableció como el jurista más influyente del país fuera del Tribunal Supremo. De hecho, el juez del Tribunal Supremo William J. Brennan Jr. más tarde le describió como “una de las figuras más importantes de la judicatura en todo el siglo XX”.

En todos los artículos de periódicos y revistas que comentaban la larga trayectoria profesional de Bazelon, los periodistas progresistas y de los medios hegemónicos le presentaban unívocamente en términos extremadamente favorables y como uno de los mayores defensores de los derechos civiles por su apasionada defensa de los pobres y los desamparados. Entretanto, los periodistas conservadores normalmente lo criticaban caracterizándolo como un “progre” con complejo de salvador cuyo activismo judicial había favorecido solo los derechos de los delincuentes y los enfermos mentales.

Pero, basándome en la verdadera historia de sus primeras décadas, ninguna de estas dos caracterizaciones me parece enteramente acertada, y durante todos estos años de polémica en torno a sus decisiones judiciales nunca ha aparecido publicado ni siquiera un indicio de su horripilante pasado de corrupción personal sin precedentes y su actividad criminal en favor de sus colegas del Sindicato de Capone. Tal vez ninguno de los periodistas ni editores que revisaban sus artículos conocían estos hechos, o tal vez no se atrevían a airear un tema tan peligroso. Cuando murió en 1993, con 83 años, sus increíblemente elogiosos obituarios en el New York Times y el Washington Post no daban indicación alguna de su sórdido pasado, y, a pesar de la inmensa documentación proporcionada por el grueso libro de Russo del año 2006, la extensa página de Wikipedia dedicada a su persona permanece prístina e inmaculada.

Tal como señala Russo con considerable indignación, las historias de prácticamente todos los colegas mafiosos de Bazelon que tomaron el control político de California han sido también blanqueadas y olvidadas, siendo así que casi ninguna de sus sórdidas trayectorias ha aparecido nunca en los medios, y sus luminosos obituarios los aclaman, en cambio, como grandes protectores de los derechos civiles y generosos filántropos. En una entrevista con Russo, Connie Carlson, la anterior jefa de investigaciones sobre delincuencia económica del Fiscal General de California, se preguntaba ácidamente: “¿No resulta curioso que todos estos ‘defensores de los derechos civiles’ terminasen en posesión de las tierras confiscadas a los japoneses?”

 

De modo que ya hemos visto cómo una pequeña red de pupilos del Sindicato del crimen organizado de Chicago logró capturar gran parte del poder político de California antes de que yo naciera y emplearlo para proteger sus corruptelas y chanchullos financieros. En efecto, en 1978 el líder del Sindicato de Chicago reaccionó ante la presión que estaba ejerciendo entonces sobre él el jefe de la mafia neoyorquina, Joe Bonnano, diciéndole a uno de sus lugartenientes: “Vigila a ese puto Bonanno… quiere lo que es nuestro, lo que siempre ha sido nuestro: California. No podemos dejar que nos quite Arizona, y de ninguna manera podemos dejar que nos quite California”. Pero dado que yo crecí en un mundo sustancialmente controlado por esos mismos individuos, nunca me percaté ni tuve la más mínima sospecha de lo que pasaba.

La explicación de esta paradoja es obvia. Los pequeños chantajistas y empresarios advenedizos con contactos en los ayuntamientos, cuyas corruptelas eran en general de menor escala, o bien se quedaron en Chicago o bien nunca se establecieron entre los prósperos barrios residenciales de clase media que florecieron por toda California tras la guerra. Y la notable ausencia de tal corrupción visible y de manifestaciones del crimen organizado en nuestras vidas ordinarias llevó a la mayoría de nosotros a asumir que tales actividades eran casi totalmente inexistentes en nuestro estado. Nunca sospechamos que un pequeño grupo de criminales similares estaba situado en el estrato más alto de nuestra sociedad, con objetivos financieros mucho más ambiciosos y protegidos por unos medios locales intimidados o comprados. Presumiblemente, estos mafiosos operando a gran escala estarían muy complacidos de que la ausencia de sus contrapartes de menor talla les ayudase a mantenerse invisibles.

Hace varios años publiqué un artículo en el que mencionaba esta importante distinción entre micro-corrupción y macro-corrupción:

Con todo, aunque la micro-corrupción en Estados Unidos es difícil de encontrar, parecemos sufrir de unos abrumadores niveles de macro-corrupción: situaciones en las que nuestras varias élites en el poder saquean o se apropian ilegítimamente de decenas o incluso centenas de miles de millones de dólares de nuestra riqueza nacional, a veces haciéndolo desde un lado de la fina línea que separa lo legal de lo ilegal, y otras veces desde el otro.

Suecia está entre las sociedades más limpias de Europa en términos de corrupción, mientras que la de Sicilia seguramente sea la más corrupta. Pero imaginemos que un gran clan de despiadados mafiosos sicilianos se mudase a Suecia y de algún modo se hiciese con el control de su gobierno. En el día a día las cosas cambiarían muy poco: los guardias de tráfico y los inspectores de hacienda suecos seguirían desempeñando sus tareas con la misma incorruptible eficiencia que antes, y sospecho que la posición de Suecia en el índice de Transparencia Internacional apenas bajaría. Pero, entretanto, una gran porción de la riqueza del país podría ser gradualmente extraída y transferida a cuentas secretas en las Islas Caimán, o invertida en los cárteles de la droga latinoamericanos, y eventualmente la economía entera, saqueada hasta los cimientos, colapsaría.

Aunque muchos de los individuos más jóvenes y ambiciosos que empezaron sus carreras en conexión con el Sindicato de Chicago se mudaron a California, la mayor parte de sus colegas más ricos y mejor establecidos permanecieron en su ciudad natal, aunque parecen haberse beneficiado mucho del botín repartido por Bazelon. Estas familias se cuentan hoy entre las más ricas del país, y fuertes indicios de macro-corrupción parecen atravesar sus actividades de generación en generación.

Como decía, una de las primeras pistas con que me topé respecto a las conexiones entre el mundo de la gran empresa y la mafia fue la mención casual de Cockburn acerca de la enorme inversión de Henry Crown en General Dynamics con dinero de la mafia, y el subsiguiente rescate de la compañía que amañó por medio del Pentágono. El alzamiento financiero de la familia Crown de Chicago resalta varias veces en las páginas de Russo, mucho más allá de su adquisición en 1947 de esa explotación minera en California de manos de Bazelon por menos de un 1% de su valor en reservas de carbón. Crown había creado su negocio de distribución en 1919, obteniendo con frecuencia encargos muy lucrativos de parte del turbio mundo empresarial de Chicago, para después alistarse en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial como oficial de intendencia. Durante su servicio militar fue responsable de compras para el ejército por valor de aproximadamente mil millones de dólares, hasta que el gobierno denunció a su compañía por inflar los precios tan solo un mes antes del cese de sus servicios en 1945. Russo relata algunas de las transacciones con las que los Crown incrementaron vastamente su fortuna en el periodo de posguerra, incluyendo su empleo del apoyo financiero provisto por la Hermandad Internacional de Camioneros para integrar su compañía con General Dynamics, obteniendo así una porción sustancial de las acciones de esta última. La fortuna de la familia Crown se estima hoy en día en unos 9 mil millones de dólares, siendo aproximadamente la mitad de esta cifra el resultado de su comisión del 10% de aquella gigantesca compra para el ejército realizada durante la Segunda Guerra Mundial, que aún les sigue dando dividendos.

Russo describe también cómo incluso los Pritzker de Chicago, una familia aún más rica, orquestaron que Jay A. Pritzker, el heredero de la familia, sirviese como asistente de Bazelon durante su venta de los bienes confiscados. Solo la factura del hotel de Washington D. C. donde se hospedaba ya superaba sus magros ingresos como empleado del gobierno durante el año que pasó allí. Los investigadores del comité del Congreso organizado más tarde descubrieron que había comprado una compañía de producción industrial por solo un 7% de su valor, pero dado el impresionante regalo que su padre le dio después a Bazelon en forma de acciones es posible que muchas otras transacciones de este tipo hayan seguido sin descubrirse incluso a día de hoy. Muchas decenas de páginas del libro de Russo detallan las conexiones con el submundo de varias generaciones de Pritzker, que comenzaron a operar no mucho después de que el patriarca fundador de la familia abriese su despacho de abogados en Chicago en 1902. El capital de la familia Pritzker, enormemente diversificado, está detallado en el Apéndice B del libro de Russo, que ocupa casi seis páginas enteras, y los Pritzker son todavía hoy una de las familias más ricas del país, con bienes totales por valor de casi 30 mil millones de dólares y un largo historial de incursiones en la política reciente.

 

Durante su juventud, Russo presenció la era del escándalo Watergate y el apogeo del periodismo de investigación. Un autor que reseñó su libro sugiere que su ideología se acerca a la de la Nueva Izquierda, lo cual es plausible teniendo en cuenta sus mordaces ataques ocasionales contra Ronald Reagan, la gran empresa y la política exterior estadounidense. Dado que la mayor parte de los miembros de esta “supermafia” que tomó el control de California eran demócratas alineados con el ala progresista de dicho partido, Russo parece en ocasiones incómodo al reconocer que sus oponentes republicanos les acusaron varias veces –sin éxito– de tener vínculos con la mafia a pesar de que, según él mismo concede, tales acusaciones eran en su mayor parte correctas.

Bazelon es una figura protagonista en el relato de Russo, y, dadas las inclinaciones políticas del autor, incluye uno o dos párrafos sobre su larga y exitosa carrera profesional, señalando con aparente aprobación sus decisiones judiciales en favor de los derechos de los acusados y de los enfermos mentales. No obstante, a pesar de que el autor nota la evidente hipocresía en todo ello, nunca hace el intento de explorar directamente esta extrañísima yuxtaposición de, por un lado, un nudo egoísmo criminal y, por otro, un extremado altruismo social, todo junto en la misma persona.

Un observador más cínico podría sugerir con cierto humor que los incansables esfuerzos de Bazelon por expandir los derechos de los delincuentes estaban pensados para protegerse a sí mismo y a su círculo de amigos del Sindicato, pero esto parece implausible. La clase de trapicheos financieros corruptos y altamente sofisticados en que se especializaban ya se encontraba fuertemente mediada por abogados de prestigio y poco habrían tenido que ganar de la expansión de las protecciones a atracadores callejeros o asesinos con problemas psiquiátricos. Por otro lado, un observador más idealista podría especular que Bazelon sufrió un enorme remordimiento tras la fortuna que él y sus socios se habían repartido de forma corrupta a costa de las vidas rotas de 120.000 nipoamericanos inocentes, y que sus decisiones judiciales iban encaminadas a expiar dicha culpa. Yo soy escéptico respecto a esta posibilidad.

Otra sugerencia bastante cínica podría ser que su extenso papel como defensor de los derechos humanos y las libertades civiles se dirigía a ganarse el afecto de los intelectuales progresistas y los medios, a modo de profilaxis contra una posible investigación posterior sobre sus prácticas corruptas, que ya estaban documentadas en un informe del FBI elaborado tras cinco años de investigaciones, con un total de 560 páginas, y esta podría ser la explicación más plausible. Dado que buena parte del edificio de la jurisprudencia de corte progresista se cimentaba en las sentencias firmadas por Bazelon, los defensores de esta línea jurídico-política podrían ser extremadamente reacios a permitir que salieran al público las pruebas sobre la profunda corrupción de uno de sus principales arquitectos.

Pero se me ocurre una posibilidad aún más perturbadora que estas. Es bien sabido que el personal médico y de laboratorio normalmente viste de blanco impoluto para que el menor trazo de una materia foránea y potencialmente peligrosa pueda ser fácilmente detectado y eliminado. En una sociedad con índices muy bajos de delincuencia callejera o desorden social, la atención del público se centraría naturalmente en el tipo de corrupción financiera y empresarial que constituía el pan de cada día para Bazelon y su círculo de la “supermafia”, quienes entonces se verían en el punto de mira de los agentes de la ley. Pero supongamos que esa misma sociedad se viese inundada por la clase de crimen callejero (atracos, robos, violaciones…) que más asustan a la población general, así como por el caos y el desorden causados por los incomprensibles actos de violencia de un gran número de enfermos mentales. Sin duda, en tales circunstancias, la ciudadanía les exigiría a las autoridades que concentrasen sus esfuerzos en estas amenazas más inmediatas para la seguridad pública, alejándolos así necesariamente, también, del tipo de delitos de guante blanco que se cometen tras las puertas de los despachos de abogados.

No creo que este análisis sea tan implausible como podría parecer a primera vista. Durante las últimas décadas, el grueso de la población estadounidense se ha visto totalmente empobrecido, siendo así que hay informes de la Reserva Federal y otras organizaciones que indican que el 60% de la población tiene menos de 1.000 dólares de ahorros disponibles, y un 40% no llegan siquiera a los 400 dólares. Hace tan solo una generación o así, se podía costear una carrera universitaria en una universidad perfectamente homologable teniendo un trabajo a media jornada, mientras que hoy el total de las deudas estudiantiles alcanza el billón y medio de dólares, y, dado que está legalmente prohibido declararse en bancarrota por ello, esta gigantesca losa aprisiona hoy a una generación entera de jóvenes convertidos en esclavos perpetuos de sus deudas, que se encuentran con que les resulta económicamente imposible casarse o comprarse una casa. El sistema de salud estadounidense es el más caro e ineficiente del mundo desarrollado, y estos costes imponen también una carga enorme y parasitaria sobre el resto de nuestra economía, además de elevar seriamente el riesgo de que cualquier infortunio azaroso pueda dañar permanentemente la economía de una familia corriente. Pero mientras que la mayor parte de estas familias corrientes se han vuelto mucho más pobres, una minúscula élite financiera ha incrementado su fortuna más allá de toda fantasía.

Durante los años 50 y 60, las campañas y los candidatos políticos de todo el país se centraban normalmente en temas económicos, y este tipo de desigualdad económica extrema habría sido sin duda el centro de la mayoría de campañas. Pero hoy en día nuestra política se ha visto dominada, en cambio, por temas sociales sobre los que las posiciones están muy polarizadas a pesar de no tener apenas relevancia en la práctica, siendo uno de los últimos ejemplos la asombrosa fijación que existe hoy sobre el asunto de la transexualidad, que afecta solo a una diezmilésima parte de la población y habría sido universalmente desestimado como pura sátira política hace solo unos pocos años. ¿Es realmente tan descabellado pensar que esta clase de temas hayan podido ser promovidos para distraer al público del hecho de que la mayoría de la gente se ha vuelto mucho más pobre mientras nuestras élites en el poder han multiplicado su riqueza?

Además, el trasfondo personal de dichas élites es a menudo curiosamente similar al de Bazelon y su corrupta red de conspiradores. Una élite cuya avaricia, incompetencia y parasitismo han dañado enormemente los intereses de la población general se encuentra, obviamente, en una posición muy vulnerable, especialmente cuando una proporción tan grande de sus miembros pertenece a una pequeña y distintiva minoría. Pero si tuvieran éxito en su tarea de dividir a la población según líneas ideológicas y étnicas, esta vulnerabilidad se vería considerablemente mitigada.

Aunque algunas variantes de esta estrategia política –altamente cínica pero generalmente exitosa– pueden haber estado operando durante las últimas décadas, dudo que más de una pequeña fracción de sus participantes sean realmente conscientes de ello. Al fin y al cabo, la mayor parte de la gente –incluso la mayor parte de las élites– tienden a creer lo que sea que oigan y lean en su selección personal de medios de confianza. Según dicen los biólogos, prácticamente todos los integrantes de un banco de peces tienden automáticamente a aglomerarse por instinto, de tal forma que si tan solo uno o dos peces se mueven en una dirección particular, todos los demás los seguirán rápidamente.

Por ejemplo, no me sorprendería del todo que Bazelon y algunos de sus asociados más cercanos hiciesen un esfuerzo consciente por perturbar el orden de la sociedad estadounidense de modo que ellos pudieran seguir dedicándose a sus actividades corruptas y delictivas sin que nadie les molestase, tal como los roedores prefieren anidar en casas ruinosas y llenas de basura. Y parece también plausible que la mayor parte de sus abanderados de carácter progresista haya continuado defendiendo esas mismas propuestas permaneciendo a la vez completamente ignorantes respecto a los cínicos motivos que las originaron.

Consideremos por un momento a las nietas de Bazelon, Emily y Lara, periodista y académica respectivamente, cuyas rúbricas he podido ver a menudo en las páginas del New York Times y otras varias publicaciones de la élite del país, normalmente promoviendo todo tipo de causas y políticas propias del progresismo mainstream. Dado que fueron criadas en circunstancias muy distintas, dudo que ninguna de ellas tenga, ni muchísimo menos, el largo historial de actividad delictiva que su abuelo Bazelon se labró al abrirse paso hasta lo alto de la jerarquía social. De hecho, no me sorprendería que desconociesen su oscura historia, tal como yo la desconocía hasta hace bien poco. Tal vez sus únicas fuentes de información hayan sido, al igual que lo fueron para mí, esos artículos que sacaban los medios sobre la ilustre figura de su abuelo, pintándolo como un poderoso pilar de rectitud moral y compasión, cuyos ideales ellas se comprometieron entonces a seguir. En consecuencia, es bien posible que algunas de las políticas que ahora defienden vigorosamente fueran en su momento diseñadas expresamente para ser lo más destructivas posible para la sociedad, aunque ellas no tengan ni idea.

 

Los debates sobre temas étnicos son extremadamente delicados en la sociedad estadounidense actual, especialmente cuando pudiesen arrojar una luz desfavorable sobre la población judía. Durante muchas décadas, nuestro sistema educativo y mediático nos ha condicionado profundamente para desviar la mirada de tales asuntos, incluso cuando son plenamente visibles, pero algunos patrones se han vuelto tan abrumadoramente aparentes que no pueden dejar de notarse.

Durante mi larga exposición sobre el saqueo de las propiedades nipoamericanas llevado a cabo por unos hombres con fuertes lazos con el Sindicato, que luego pasaron a apoderarse políticamente de California, prácticamente todos los personajes que he mencionado proceden de un trasfondo judío, incluso aquellos con nombres más anglosajones.

Este asombroso sesgo meramente refleja los contenidos reales del profusamente documentado estudio de 300.000 palabras de Russo. Aunque algunas de las figuras heroicas que hicieron todo lo posible por frustrar el creciente poder del crimen organizado fueron judíos, en especial los periodistas Seymour Hersh y Lester Velie (colaborador de Colliers), ese mismo trasfondo étnico era común a prácticamente todos los miembros de la “supermafia”, cuyo tremendo éxito durante la segunda mitad del siglo XX se puede constatar tristemente a lo largo del arco narrativo de Russo. Cuando examinamos quiénes fueron los principales beneficiarios de los bienes expropiados a los japoneses, o quiénes eran los pupilos del Sindicato que se hicieron con el poder político en el estado de California, hace falta considerable esfuerzo para localizar a un solo no judío entre ellos.

Aunque mi sorpresa ya fue mayúscula al descubrir, a partir del primer libro de Russo, que prácticamente la mitad de los protagonistas de la escena mafiosa de Chicago eran judíos, mi asombro fue aún mayor cuando, leyendo su secuela, vi que casi la totalidad de los que luego emigraron a California para hacerse con el poder económico y político del estado entraban en la misma categoría. Y mientras que los gánsteres de Chicago fueron siempre notorios en tanto que gánsteres, la gran mayoría de sus contrapartes californianas lograron que sus trasfondos criminales fueran cuidadosamente blanqueados por los medios, de modo que se les conocía como empresarios de éxito, líderes políticos y filántropos.

Russo, muy encomiablemente, no rehúye esta realidad, y presenta cándidamente los orígenes y el trasfondo personal de todas las figuras clave que menciona. De hecho, la definición que hace de la “supermafia” californiana al principio de su prefacio subraya la “procedencia ruso-judía” de “ese grupo de hombres del Medio Oeste (…) que hicieron fortuna en la Costa Oeste durante el siglo XX en colaboración con importantes miembros del crimen organizado”. Russo prosigue resumiendo la tesis central de su fascinante estudio en los siguientes términos:

El siglo XX ha estado dominado por dos tipos de poder: el visible, encarnado en políticos, magnates corporativos, jefes criminales y agentes de la ley; y el invisible, concentrado en las manos de unos pocos poderes en la sombra, generalmente de ascendencia judía y de Europa del este. Operando a salvo entre bastidores, estos hombres a menudo manejaban los hilos de los poderes visibles. Aunque desconocidos de cara al público, eran bien conocidos para un disperso grupo de diligentes investigadores quienes, a lo largo de las décadas, estudiaron sus carreras a la vez brillantes, amorales y frecuentemente delictivas. El fallecido escritor e investigador del Senado, Walter Sheridan, los llamaba la “supermafia”.

Aunque yo apenas había prestado atención a este corto pasaje al comienzo del voluminoso libro, volví a leerlo más tarde y lo consideré un resumen extraordinariamente conciso de su colosal estudio.

 

Puede que Russo sea consciente de esto o puede que no, pero durante la mayor parte de los últimos dos siglos los judíos de Europa del este han gozado de una infame reputación por su criminalidad rampante, especialmente centrada en delitos de corrupción, tejemanejes financieros y asuntos relacionados con el juego y otros vicios. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una abrumadora influencia judía en los medios de comunicación y el mundo académico ha llevado a la supresión en masa de la realidad histórica, de forma muy similar a como las actividades de la “supermafia” desaparecieron sin dejar rastro de todo registro público antes de la trascendental investigación de Russo. Pero su historia difícilmente habría sorprendido a los estadounidenses cultos de hace un siglo o más. Antes de que el poder político y mediático judío se hubiese asentado, muchos autores comentaban casualmente dichas tendencias criminales en un estilo que el ingenuo público estadounidense actual vería como extremadamente discordante.

En 1908, el exgeneral Theodore Bingham ejercía como jefe de policía de la ciudad de Nueva York, y hacia finales de aquel mismo año publicó un largo artículo sobre los delincuentes extranjeros en su ciudad que apareció en The North American Review, por entonces una de nuestras revistas de mayor prestigio entre los intelectuales del país. Su argumentación parecía bastante cuidadosa y neutra, pero señalaba que los judíos tenían una tasa de criminalidad tres veces mayor que la del resto de la población de la ciudad, que por otra parte era extraordinariamente diversa en cuanto a la procedencia de su población inmigrante. Esta cifra era considerablemente mayor que la de ningún otro grupo, incluyendo el de inmigrantes italianos, atestado a su vez de miembros de la Mano Negra. Esta aseveración, basada en los hechos que él conocía, provocó una enorme indignación entre organizaciones judías y, aunque el general redactó inmediatamente una disculpa formal, fue, con todo, sumariamente destituido de su puesto unos pocos meses más tarde.

En 1913, E. A. Ross, uno de nuestros grandes sociólogos y pioneros en dicha ciencia, publicó un análisis fascinante de los distintos grupos de inmigrantes. Señaló las altas tasas de encarcelamiento entre los italianos, pero enfatizó que estas se debían en su mayor parte a actos de violencia individual sin relación con el crimen organizado, a pesar de que las mafias ya estaban operando. Por otro lado, a pesar de la consagrada reputación de los irlandeses como borrachos pendencieros, sus tasas de delincuencia se habían reducido hasta estar por debajo de las de cualquier otro grupo tan solo un par de generaciones después del gran pico de inmigración desde Irlanda. En contraste con esto, y aunque subrayaba las altas capacidades de los judíos, el autor tampoco dejaba de mencionar su notoria tendencia a la deshonestidad y los tejemanejes sucios, estando sus tasas de criminalidad entre las más altas, a la vez que señalaba que solían tratar de evitar el castigo por medio de la difamación y las injurias. Este tipo de cándidas observaciones de Ross parecen haber provocado que se le haya demonizado durante las últimas décadas por parte de historiadores judíos recientes.

En la década de 1920, la influencia judía en los medios había llegado a un punto en el que los periódicos y revistas eran muy reacios a informar sobre cualquier escándalo que afectase a dicho grupo, lo que llevó al adinerado empresario Henry Ford a lanzar The Dearborn Independent; un periódico semanal de tirada nacional en el que se proponía romper con ese creciente tabú. Más tarde recopiló los artículos que versaban sobre fechorías perpetradas por judíos y los publicó en cuatro volúmenes bajo el título The International Jew (traducido al castellano como “El judío internacional”). A pesar de su infame reputación, la mayor parte de su contenido consiste de relatos bastante mundanos de distintos casos de corrupción, delincuencia y malas prácticas financieras que no parecen muy distintos de los que Russo documentaría unas décadas más tarde.

Antes de que se produjera el moderno declive en las creencias religiosas y en otros elementos sobrenaturales, los juramentos eran elementos importantes a la hora de garantizar el cumplimiento de acuerdos comerciales o determinar la culpabilidad en un proceso judicial, y todavía pueden encontrarse vestigios de aquella práctica en la praxis judicial a día de hoy. De modo que hace algunos años me impactó mucho descubrir, de la mano del profesor Israel Shahak, que los judíos tradicionalistas llevan a cabo una ceremonia anual por la que declaran que todos sus futuros juramentos durante el año siguiente serán automáticamente nulos, liberándoles así de facto de tales restricciones desde un punto de vista religioso. Esta “laguna legal” fue obviamente una ventaja competitiva para aquellos que en efecto decidiesen llevar a cabo prácticas comerciales deshonestas, y más aún prácticas delictivas.

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En 1997, Cambridge University Press publicó el libro Esau’s Tears (“Las lágrimas de Esaú”), escrito por el prominente académico Albert Lindemann: un estudio de 500 páginas sobre el antisemitismo en Europa a lo largo del siglo XIX. Sus evidencias históricas demuestran que había un patrón generalizado de criminalidad judía en Europa, por ejemplo cuando Francia fue sacudida por una serie de terribles escándalos financieros orquestados por judíos inmigrantes, con la consecuencia de que un gran número de pequeños inversores quedó empobrecido. La situación en Rusia era todavía más grave:

Mientras Lindemann describe con candidez las tensiones entre la población judía en Rusia, que estaba creciendo a un ritmo muy alto, y las autoridades estatales, al hacerlo no puede evitar mencionar la notoria reputación que tenían los judíos de verse envueltos en sobornos, corrupción y prácticas deshonestas en general. Numerosas figuras de todos los trasfondos políticos señalaban entonces que la asombrosa propensión de los judíos a mentir en los juicios llevó a severos problemas en la administración de justicia.

Algunas tendencias históricas permanecen notablemente constantes a lo largo del tiempo.

 

Todos tenemos nuestras propias áreas de especialidad y naturalmente tendemos a aceptar la narrativa convencional en la mayoría de las materias que escapan a estas. Antes de leer las dos largas obras de Russo, gran parte de mi conocimiento sobre el crimen organizado en Estados Unidos, procedente de los medios de comunicación, era completamente erróneo.

Hacia el final de su segundo libro, Russo señala la tremenda hipocresía del círculo de beneficiarios judíos de Bazelon, quienes adquirieron las propiedades de los japoneses encarcelados no mucho después de que sus propios familiares en Alemania hubiesen sido maltratados de manera similar por los nazis. En el pasado, yo habría asentido sin pensarlo mucho ante esta obvia analogía, pero ahora creo que puede estar también errada.

Hace no mucho me topé con un libro muy interesante escrito por Sir Arthur Bryant, un influyente historiador cuya página de Wikipedia le describe como el favorito de Winston Churchill y otros dos primeros ministros británicos. Había trabajado en su obra Unfinished Victory (“Victoria inacabada”) durante los últimos años de la década de 1930, que después modificó para acabar publicándola a principios de los años 40, unos pocos meses después de que el estallido de la Segunda Guerra Mundial hubiese alterado considerablemente el panorama político. Pero, no mucho tiempo después, la guerra se volvió mucho más amarga y hubo una dura represión contra las voces discordantes en la sociedad británica, de modo que Bryant se sintió alarmado por que su libro se pudiese usar en su contra e intentó sacar de circulación los ejemplares que quedaban. Debido a esto, hoy los únicos ejemplares que quedan a la venta en Amazon tienen precios exorbitantes, aunque afortunadamente su obra también se encuentra disponible, gratis, en Archive.org.

Habiéndola escrito antes de que la “versión oficial” de los hechos hubiera sido ya rígidamente establecida, Bryant describe la difícil situación interna de Alemania entre las dos guerras mundiales, su problemática relación con la pequeña minoría judía que formaba parte de su población y las circunstancias tras el ascenso de Hitler al poder, proporcionando una perspectiva sobre todos estos importantes acontecimientos que resulta muy diferente de la que se puede encontrar normalmente en nuestros libros de texto.

Entre otros sorprendentes hechos, Bryant apunta que aunque los judíos conformaban solo el 1% de la población total, aparentemente incluso cinco años después de que Hitler tomase el poder e implementase varias medidas antisemitas todavía eran dueños de “algo así como un tercio de todos los bienes reales” en Alemania, habiendo adquirido la mayor parte de esta increíble riqueza de manos de alemanes desesperados y hambrientos durante los terribles años a comienzos de la década de 1920. Así pues, buena parte de ese 99% de la población no judía en Alemania había sido recientemente desposeída de sus bienes adquiridos a lo largo de generaciones, a veces mediante el mismo tipo de corruptas prácticas financieras que Bazelon y sus amigos habían usado para enriquecerse en California a expensas de los nipoamericanos.

De modo que, aunque Russo acierta al ver una fuerte correspondencia entre los tristes acontecimientos que relata en California y lo que había sucedido unas décadas antes en Alemania, puede que esta analogía no muestre exactamente lo que él pretende mostrar.

 

Durante los últimos años de la década de 1970 mi serie de televisión favorita era la ya mencionada The Rockford Files, en la que James Garner hacía el papel de un astuto y observador detective de Los Ángeles, y me decepcionó mucho que la serie se cancelase a finales de 1979. Un amigo de la universidad, extranjero, señaló una vez que los ademanes vigorosos y la marcada mandíbula de Garner le hacían parecerse mucho a Ronald Reagan de joven, quien había sido elevado a grandes cimas políticas por Lew Wasserman, cuya compañía MCA-Universal también era responsable de producir esta serie. Pero fue solo hace un par de años cuando descubrí la historia detrás de esta curiosa coincidencia, y cómo la determinación del actor al defender sus derechos le había acabado conduciendo a un destino radicalmente distinto del de Reagan.

Garner había acordado cobrar una comisión relativamente baja por cada episodio de Rockford a cambio de una fracción sustancial de las ganancias generales por la serie, que parecía que iba a ser un gran éxito. Pero hacia el final de la quinta temporada de rodaje descubrió por accidente que, según las cuentas del propio estudio, aquella serie extremadamente popular había dejado en verdad unas pérdidas de 9,5 millones de dólares, y era muy improbable que en algún momento se llegase a revertir este balance negativo. Garner había sufrido bastantes daños durante el rodaje de la serie, que era físicamente muy exigente, grabando todo tipo de escenas de acción sin doble y teniendo que rodar una media de dos escenas de peleas a puñetazos o palizas por episodio. Poco después dejó de asistir al estudio cuando su médico le dijo que tenía una úlcera de estómago abierta y que debería tratársela de inmediato, aunque la MCA le acusó de estar fingiendo la enfermedad y la NBC pronto canceló la serie. A pesar de que era extremadamente raro en aquel entonces que los actores se embarcasen en el penoso –y costoso– trabajo de demandar a un estudio, Garner tenía suficiente dinero como para hacerlo y decidió demandar a la MCA por valor de 20 millones de dólares por lo que él consideraba una contabilidad fraudulenta que le había llevado a perder su parte de los beneficios estipulada por el contrato. Una acción legal así, de tener éxito, sin duda animaría a todo tipo de trabajadores de Hollywood a demandar cosas similares.

Una semana después de que se emitiera el último episodio de Rockford Files en la NBC, Garner estaba conduciendo por la carretera de Coldwater Canyon en hora punta, de modo que el tráfico era intenso y la circulación lenta, cuando su coche fue impactado por otro. Tras bajarse para pedirle los datos del seguro fue inmediatamente atacado por el conductor, que resultó ser un joven ex-boina verde y le propinó una brutal paliza, con el resultado de que el actor, de 51 años entonces, pasó tres días en el hospital. Por una extraña coincidencia, el chófer personal del presidente de la MCA, Lew Wasserman, estaba también allí y presenció la escena. A pesar de sus graves heridas, Garner continuó con la demanda, fallándose finalmente a su favor tras ocho años de litigio. Pero tal vez este inusual incidente llevase a otros muchos actores, menos consolidados que él, a reflexionar sobre los infortunios que podrían llamar a su puerta de tomar la decisión equivocada.

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Curiosamente, también, el que una de las principales estrellas de televisión fuese brutalmente apaleada en público recibió mucha menos atención mediática de lo que uno podría esperar, o al menos yo nunca había oído de aquel suceso ni cuando tuvo lugar ni durante las décadas siguientes, y solo lo conocí cuando leí el libro de Moldea sobre la oscura historia de la MCA. Más aún, las noticias sobre el ataque parecen haber sido casi completamente borradas de internet, y mis pobres habilidades de búsqueda solo me han permitido localizar fuentes de lo más periféricas, como una copia en PDF de una noticia genérica de Associated Press aparecida en el Tuscaloosa News of Alabama; aunque los detalles del caso están narrados en las propias memorias de Garner, publicadas en 2011 con el título The Garner Files. Es bien posible que el incidente fuese exactamente lo que parece ser: el tipo de acto de violencia indiscriminada que podemos sufrir sin causa ni aviso cualquiera de nosotros, incluso importantes estrellas de televisión enzarzadas en una amarga batalla legal con un gran estudio de Hollywood vinculado al Sindicato de Chicago. Pero yo creo que esta historia podría encajar perfectamente bien con el relato que hace Russo de los primeros días de la MCA en Chicago durante los años 30, cuando sus principales ejecutivos trabajaban codo con codo junto a los sicarios de Al Capone.

 
Personal Classics
Our Reigning Political Puppets, Dancing to Invisible Strings
How a Young Syndicate Lawyer from Chicago Earned a Fortune Looting the Property of the Japanese-Americans, then Lived...