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A finales del año 2006 me contactó Scott McConnell, el editor de The American Conservative (TAC), quien me dijo que su pequeña revista estaba a punto de cerrar si no se le inyectaba una suma de dinero suficiente para mantenerla a flote. Yo tenía buenas relaciones con McConnell desde 1999 y apreciaba el hecho de que él y los cofundadores de TAC hubieran constituido un foco de oposición a la catastrófica política exterior de Estados Unidos de principios de la década de los 2000.

Tras el 11 de septiembre de 2001, los llamados neoconservadores o neocons, muy alineados con los intereses de Israel, habían ganado de algún modo el control de la administración Bush a la vez que llegaron a dominar los principales medios de comunicación del país, purgando o intimidando a la mayoría de sus detractores. Aunque Sadam Husein claramente no tenía ninguna conexión con los ataques, su estatus como un posible rival de Israel en la región le había puesto en el punto de mira y pronto comenzaron a sonar los tambores de guerra, con Estados Unidos finalmente lanzando su desastrosa invasión en marzo de 2003.

Entre todas las revistas en papel que se publicaban entonces, TAC permaneció casi completamente sola en su frontal oposición a estas políticas, y había atraído considerable atención del público cuando su ex-editor y fundador Pat Buchanan publicó el artículo “Whose War?” (“¿La guerra de quiénes?”), señalando directamente a los neocons judíos como responsables: una verdad ampliamente reconocida en los círculos políticos y mediáticos pero casi nunca escuchada en público. David Frum, uno de los principales promotores de la guerra de Irak, había publicado casi simultáneamente un artículo de portada en la National Review que denunciaba como “antipatrióticos” –y posiblemente “antisemitas”– a una larga lista de críticos de la guerra tanto conservadores como progresistas y libertarios, con Buchanan en lo alto de dicha lista, y la controversia y los insultos continuaron durante algún tiempo.

Dada esta historia reciente, me preocupaba que la desaparición de TAC pudiera dejar un peligroso vacío político, y dado que por entonces me encontraba en una posición económica relativamente sólida, me presté a salvar la revista y convertirme en su nuevo dueño. Aunque estaba demasiado ocupado con mi trabajo de desarrollo de software como para involucrarme directamente, McConnell me nombró su editor, probablemente con la esperanza de ligarme a la supervivencia a largo plazo de la revista y garantizar futuras inyecciones de capital. Mi título era puramente nominal, y a lo largo de los siguientes años mi única involucración con la revista –más allá de firmar subsiguientes cheques– se reducía a una llamada de cinco minutos cada lunes por la mañana para ver cómo iban las cosas.

Alrededor de un año después de que yo empezase a apoyar económicamente a la revista, McConnell me informó de que se estaba gestando una gran crisis. Aunque Pat Buchanan había cortado su implicación directa con la revista unos años antes, seguía siendo con diferencia la figura más conocida asociada con ella, de modo que todavía se la conocía –aunque erróneamente– como «la revista de Pat Buchanan». Pero ahora McConnell había oído que Buchanan estaba planeando sacar un nuevo libro supuestamente glorificando a Adolf Hitler y denunciando la participación de Estados Unidos en la guerra para derrotar a la amenaza nazi. Promover creencias tan disparatadas acabaría con toda seguridad con la carrera de Buchanan, pero TAC ya estaba de hecho padeciendo continuas ofensivas de parte de activistas judíos, y la consiguiente “culpa por asociación” con un supuesto neonazi podría fácilmente hundir a la revista definitivamente.

Desesperado, McConnell había decidido proteger su publicación solicitando que el historiador conservador John Lukacs hiciera una reseña muy crítica con el libro, lo que les blindaría frente al asegurado desastre. Dado mi papel entonces como fundador y editor de TAC, naturalmente buscó mi aprobación respecto a esta violenta ruptura con el que era mi propio mentor político. Yo le dije que el libro de Buchanan ciertamente sonaba ridículo y que su estrategia de defensa me parecía razonable, y rápidamente volví a ocuparme de los problemas que me acuciaban en torno a ese proyecto de software que consumía todo mi tiempo.

Aunque yo había sido bastante amigo de Buchanan durante más o menos una docena de años, y había admirado enormemente su posición opuesta a los neocons en cuanto a política exterior, tampoco me sorprendió mucho oír que pudiera publicar un libro promoviendo ideas notablemente extrañas. Tan solo unos pocos años antes había lanzado The Death of the West (“La muerte de Occidente”), que se convirtió en un inesperado superventas. Después de escuchar a mis amigos de la TAC exaltando sus virtudes decidí leerlo por mí mismo, pero quedé muy decepcionado. Aunque Buchanan había citado generosamente un pasaje de mi propio artículo en Commentary titulado “California and the End of White America” (“California y el fin de la América blanca”), sentí que había malinterpretado completamente mis ideas, y el libro en general parecía ser una argumentación retóricamente de derechas y pobremente construida sobre los complejos temas de la inmigración y la raza, que yo había estado tratando extensamente desde principios de los años noventa. De modo que, en estas circunstancias, no me sorprendía nada que el mismo autor estuviera ahora publicando un libro igualmente burdo sobre la Segunda Guerra Mundial, y que tal vez podría causar serios problemas a mis antiguos colegas de la TAC.

Unos meses después, el texto de Buchanan y la reseña crítica en TAC aparecieron publicados, y tal como se esperaba se formó una tormenta de controversia. Los grandes medios habían ignorado el libro, pero pareció recibir una ingente cantidad de comentarios positivos de parte de autores alternativos, algunos de los cuales condenaban fieramente a la TAC por haberlo atacado. En efecto, la respuesta fue tan abrumadoramente positiva que cuando McConnell descubrió que un bloguero completamente marginal había estado de acuerdo con su propia crítica negativa, inmediatamente hizo circular sus comentarios en un desesperado intento por reivindicar su posición. Colaboradores veteranos cuya erudición histórica yo respetaba enormemente, como Eric Margolis y William Lind, habían aclamado el libro, de modo que finalmente mi curiosidad venció y decidí comprar un ejemplar para leerlo por mí mismo.

ORDER IT NOW

Me sorprendió bastante descubrir una obra muy diferente de la que yo me esperaba. Nunca le había prestado demasiada atención a la historia estadounidense del siglo XX y mis conocimientos sobre la historia de Europa en aquella época eran solo ligeramente mejores, de modo que mi perspectiva era más bien convencional, estando básicamente conformada por mis cursos introductorios de Historia durante mis años de formación y lo que había leído en varios periódicos y revistas a lo largo de las décadas. Pero dentro de este marco, el relato de Buchanan parecía encajar bastante bien.

La primera parte de su libro presentaba lo que yo siempre había considerado como el relato estándar de la Primera Guerra Mundial. En su propia versión de los hechos, Buchanan explicaba cómo la compleja red de alianzas interconectadas había llevado a una gran conflagración a pesar de que ninguno de los líderes existentes había de hecho previsto ese resultado: un gran barril de pólvora había explotado en Europa y lo que prendió la mecha fue el atentado de Sarajevo.

Pero aunque su relato de los hechos era lo que yo me esperaba, Buchanan proporcionaba una abundancia de interesantes detalles que yo desconocía previamente. Entre otras cosas, argumentaba persuasivamente que la culpa de Alemania en la guerra fue menor a la de la mayoría de los demás participantes, también incidiendo en que a pesar de la inacabable propaganda sobre el “militarismo prusiano”, Alemania no había estado envuelta en ninguna guerra importante en 43 años: un número de años de paz considerablemente mayor que el de gran parte de sus adversarios. Más aún, contaba que un acuerdo militar secreto entre Gran Bretaña y Francia había sido un factor crucial en la inesperada escalada de violencia, y aun así casi la mitad del gobierno británico había estado cerca de dimitir por oponerse a la declaración de guerra contra Alemania; una posibilidad que probablemente hubiera llevado a un conflicto corto y limitado, confinado dentro del área continental. Tampoco había oído casi nunca enfatizar que Japón había sido un aliado británico crucial, y que los alemanes probablemente habrían ganado la guerra si Japón hubiera estado de su lado.

Sin embargo, el núcleo del libro se centraba en los eventos que llevaron posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, y esta era la parte que había inspirado tal horror en McConnell y sus colegas. Buchanan describió las ultrajantes cláusulas del Tratado de Versalles, impuesto sobre una Alemania postrada, y la determinación de todos los líderes alemanes subsiguientes de corregirlo. Pero mientras que sus predecesores durante la República de Weimar habían fallado, Hitler había conseguido tener éxito –principalmente mediante lanzar faroles– al mismo tiempo que se había anexado las regiones germanas de Austria y de los Sudetes checoslovacos, en ambos casos con el abrumador apoyo de la población.

Para documentar y justificar esta controvertida tesis, Buchanan se basaba en numerosos testimonios de las principales figuras políticas del momento, principalmente británicas, así como las conclusiones de historiadores establecidos y ampliamente respetados. La última petición de Hitler, que Danzig –que era en un 95 % alemán– fuese devuelto a Alemania tal como querían sus propios habitantes, era absolutamente razonable, y solo un terrible error diplomático de los británicos llevó a los polacos a rechazar la petición, provocando así la guerra. Según el autor, la afirmación después tan escuchada de que Hitler quería conquistar el mundo era totalmente absurda, y el líder alemán había hecho en verdad todo lo posible para evitar la guerra con Gran Bretaña o Francia. De hecho, Hitler tenía una actitud generalmente amistosa hacia los polacos y esperaba poder reclutar a Polonia como aliada de Alemania ante la amenaza de la Unión Soviética de Stalin.

ORDER IT NOW

Aunque muchos estadounidenses quedarían estupefactos ante este relato de los hechos que llevaron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, la historia narrada por Buchanan se acomodaba bastante bien a mis propias nociones respecto a aquel periodo. Durante mi primer curso en Harvard tuve una asignatura introductoria de Historia donde uno de los textos básicos sobre la Segunda Guerra Mundial era el de A. J. P. Taylor, un prestigioso historiador de Oxford. Su famosa obra de 1961, titulada Origins of the Second World War (“Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial”), había expuesto persuasivamente una historia similar a la de Buchanan, y nunca tuve ninguna razón para cuestionar la decisión de mis profesores a la hora de asignarlo como material del curso. De modo que si Buchanan simplemente parecía secundar las opiniones de uno de los principales investigadores de Oxford y de mis propios profesores de historia de Harvard, no podía entender del todo por qué su nuevo libro levantaba tantas ampollas.

Ciertamente, Buchanan también desarrollaba en él una durísima crítica contra Winston Churchill, elaborando una larga lista de sus supuestamente desastrosas decisiones políticas, y le cargaba con gran parte de la culpa respecto a la entrada de Gran Bretaña en ambas guerras mundiales: decisiones fatídicas que llevaron consiguientemente al colapso del Imperio británico. Pero aunque mis conocimientos sobre Churchill eran demasiado superficiales como para emitir un juicio propio, los argumentos que presentaba Buchanan parecían razonablemente sólidos. Los neocons ya odiaban a Buchanan por entonces y, dado que idolatraban a Churchill como una especie de superhéroe de cómic, no era sorprendente que le llegaran tormentas de críticas por ese lado. Pero el libro en general presentaba una historia interesante y sólida –era el mejor libro de Buchanan de los que yo había leído– y así le transmití esta opinión favorable a McConnell, quien evidentemente quedó bastante decepcionado. No mucho tiempo después, McConnell dimitió como editor de TAC en favor de Kara Hopkins, quien era su lugarteniente desde hacía varios años, y es de suponer que la oleada de críticas que recientemente había recibido de parte de muchos de sus antiguos aliados pro-Buchanan contribuyó a que tomara tal decisión.

 

Aunque mis conocimientos históricos sobre la Segunda Guerra Mundial eran bastante rudimentarios en 2008, a lo largo de la década siguiente me sumergí en gran cantidad de lecturas sobre la historia de aquella ominosa época, y mi juicio –por aquel entonces preliminar– sobre la corrección de la tesis de Buchanan quedó ciertamente reforzado.

Recientemente fue el 70 aniversario del estallido de aquel conflicto que devoró tantas decenas de millones de vidas humanas, y naturalmente se publicaron numerosos artículos históricos. La discusión resultante me llevó a desenterrar mi viejo ejemplar del libro de Taylor, que releí entonces por primera vez tras casi cuarenta años. Lo encontré tan persuasivo y magistral como lo había hecho en mis años de universitario, y las entusiastas reseñas daban fe de la aclamación que el libro había recibido en su época. El Washington Post elogiaba al autor como “el más prominente historiador británico vivo”, World Politics lo calificaba de “robustamente argumentado, brillantemente escrito y siempre persuasivo”. The New Statesman, la principal revista británica de izquierdas, lo describía como “una obra maestra: lúcido, compasivo y bellamente escrito”, mientras que el Times Literary Supplement de agosto lo caracterizaba como “simple, devastador, profundamente perturbador y de cautivadora lectura”. Como superventas internacional que fue, seguramente siga siendo el libro más famoso escrito por Taylor, y puedo entender fácilmente por qué todavía se encontraba en la lista de lecturas obligatorias de mi asignatura de Historia casi dos décadas después de su publicación.

Sin embargo, al volver a interesarme por el aclamado estudio de Taylor descubrí una cosa extraordinaria. A pesar de todas las ventas internacionales y los importantes elogios, los descubrimientos de Taylor pronto levantaron una tremenda animosidad desde ciertos frentes. Las clases de Taylor en Oxford habían sido enormemente populares durante un cuarto de siglo, pero, como resultado de la controversia, “el más prominente historiador británico vivo” fue expeditivamente purgado de la facultad no mucho después. Al principio de su primer capítulo, Taylor apuntaba lo extraño que le resultaba que más de veinte años después del comienzo de la guerra más fatídica jamás vista no se hubiera realizado aún ningún esfuerzo historiográfico serio para analizase las causas que la desencadenaron. Tal vez el antagonismo que encontró más tarde le ayudase a comprender parte de ese enigma.

Taylor no fue el único en sufrir tales represalias. De hecho, según he ido descubriendo gradualmente a lo largo de la última década, su destino parece haber sido excepcionalmente suave, con su gran estatus académico protegiéndolo parcialmente del hostigamiento que provocó su análisis objetivo de los hechos históricos. Y este tipo de gravísimas consecuencias profesionales fueron especialmente comunes a nuestro lado del Atlántico, donde muchas de sus víctimas perdieron sus prestigiosos puestos dentro de la academia o los medios y desaparecieron permanentemente de la esfera pública durante los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial.

Yo había pasado gran parte de la década de los 2000 produciendo un gigantesco archivo digital conteniendo centenares de los más influyentes periódicos y revistas en Estados Unidos de hace dos siglos a esta parte, digitalizados al completo: una colección, en total, de muchos millones de artículos. Y durante este proceso me sorprendía una y otra vez al ver personajes cuya abrumadora presencia en los medios les distinguía sin duda como los principales intelectuales de su tiempo, pero que sin embargo habían desaparecido tan completamente que apenas tenía noticia de su existencia. Gradualmente empecé a reconocer que nuestra propia historia ha estado marcada por una Gran Purga ideológica tan importante, si bien no tan sanguinaria, como la de la Unión Soviética. Los parecidos eran perturbadores:

A veces me veía a mí mismo como un joven e ingenuo investigador soviético de los años 70 que había comenzado a indagar en los mohosos y olvidados archivos del Kremlin y había hecho descubrimientos chocantes. Trotsky, aparentemente, no era el notorio traidor y espía nazi que se presentaba en todos los libros de texto, sino que había sido la mano derecha del gran Lenin en persona durante los gloriosos días de la gran Revolución bolchevique, y durante algunos años después había permanecido en los más altos rangos de la élite del Partido. ¿Y quiénes eran estos otros personajes –Zinóviev, Kámenev, Bujarin, Rýkov– que también habían pasado aquellos primeros años en lo más alto de la jerarquía comunista? En los cursos de Historia apenas se los mencionaba, y cuando se hacía era como agentes capitalistas de poca monta que rápidamente habían sido desenmascarados y que pagaron con sus vidas por su traición. ¿Cómo podía el gran Lenin, padre de la Revolución, haber sido tan idiota como para haberse rodeado casi exclusivamente de traidores y espías?

Pero, al contrario que sus análogos estalinistas de unos pocos años atrás, los represaliados estadounidenses que desaparecieron en torno a 1940 nunca fueron disparados en la nuca ni enviados a un gulag, sino simplemente excluidos de los medios de comunicación convencionales que definen nuestra realidad, siendo así extirpados de nuestra memoria de modo que las futuras generaciones gradualmente olvidasen que habían siquiera existido

 

Un ejemplo paradigmático de uno de estos estadounidenses “desaparecidos” fue el periodista John T. Flynn, probablemente casi desconocido hoy, pero cuya relevancia pública fue gigantesca en su día. Como escribí el año pasado:

De modo que imaginen mi sorpresa al descubrir que a lo largo de la década de 1930 Flynn había sido una de las voces progresistas más influyentes en la sociedad estadounidense, un escritor sobre economía y política cuyo estatus se aproximaba más o menos al de Paul Krugman, aunque más dado al periodismo de investigación y a destapar escándalos. Su columna semanal en The New Republic le permitía servir de faro para las élites progresistas del país, mientras que sus frecuentes contribuciones en Colliers, una revista semanal ilustrada de gran circulación que llegaba a muchos millones de estadounidenses, le proporcionaba una plataforma comparable a la de cualquier gran figura televisiva de la época dorada de la televisión por cable.

La prominencia de Flynn puede ser cuantificada hasta cierto punto. Hace unos pocos años le mencioné el nombre a una erudita y comprometida progresista nacida en la década de 1930, que puso cara de no tener ni idea y me preguntó si no sería una figura parecida a la de Walter Lippmann, el célebre columnista de aquella época. Cuando revisé los datos encontré que en los cientos de periódicos contenidos en mi archivo digital había solo 23 artículos escritos por Lippmann de la década de 1930, pero un total de 489 firmados por Flynn

Un paralelismo más acentuado aún con la figura de Taylor a este lado del océano se encuentra en el caso del historiador Harry Elmer Barnes, una figura casi desconocida para mí, pero que en su día fue un académico de gran talla e influencia:

Imaginen mi sorpresa al descubrir más tarde que Barnes había sido de hecho uno de los primeros y más frecuentes articulistas en Foreign Affairs, siendo el principal escritor de reseñas para tan venerable publicación desde su fundación en 1922 en adelante, mientras que su estatus como uno de los más notables académicos progresistas en Estados Unidos podía inferirse a partir de sus habituales contribuciones en The Nation y The New Republic a lo largo de toda esa década. En efecto, se le atribuye el haber jugado un papel central en la “revisión” de la historia de la Primera Guerra Mundial, deponiendo esa imagen caricaturesca de una nefaria y malvada Alemania que nos había legado la deshonesta propaganda de guerra producida por los gobiernos británico y estadounidense contra aquélla. Y su peso profesional quedaba probado por sus treinta y cinco o más libros publicados, muchos de ellos influyentes volúmenes académicos, junto con sus numerosos artículos en The American Historical Review, Political Science Quarterly y otras importantes revistas.

Hace unos años le mencioné el nombre de Barnes a un eminente académico estadounidense cuyas áreas de interés, centradas en las ciencias políticas y la política exterior, eran bastante similares a las suyas, pero el nombre no le sonó de nada. Hacia finales de los años 30, Barnes se había convertido en un importante crítico del plan de involucrar a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y en consecuencia fue permanentemente “purgado” y excluido de todos los principales medios de comunicación, a la par que una de las mayores cadenas de periódicos en la que colaboraba sufrió una tremenda presión por la que terminó clausurando abruptamente su venerable columna de prensa nacional en mayo de 1940.

Muchos de los amigos y aliados de Barnes cayeron presa de la misma purga ideológica, que más tarde él mismo describiría en sus propios escritos, y que continuó tras el fin de la guerra:

Más de doce años después de su desaparición de los medios nacionales, Barnes consiguió publicar Perpetual War for Perpetual Peace (“La guerra perpetua por la paz perpetua”), una vasta colección de ensayos escritos por académicos y expertos sobre las circunstancias que llevaron a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, que fue producido y distribuido por una pequeña editorial en Idaho. Su propia contribución fue un ensayo de 30.000 palabras titulado “Revisionism and the Historical Blackout” (“Revisionismo y amnesia histórica”) donde narraba los tremendos obstáculos a los que se enfrentaron los pensadores disidentes de aquella época.

El libro estaba dedicado a la memoria de su amigo, el historiador Charles A. Beard. Desde los primeros años del siglo XX, Beard había sido una figura intelectual de la mayor talla e influencia, cofundador de la New School en Nueva York y dos veces presidente tanto de la American Historical Association como de la American Political Science Association. Como promotor de las políticas económicas del New Deal, había sido enormemente elogiado por sus ideas.

Sin embargo, tras oponerse a la belicosa política exterior de Roosevelt, sus editores le cerraron la puerta y tan solo su amistad personal con la cúpula de Yale University Press permitió que se publicara su crucial obra de 1948 titulada President Roosevelt and the Coming of the War (“El presidente Roosevelt y la llegada de la guerra”). La estelar reputación de Beard parece sufrir un rápido declive a partir de ese momento, hasta el punto de que en 1968 el historiador Richard Hofstadter escribiría lo siguiente: “Hoy la reputación de Beard ha quedado como una imponente ruina en el paisaje de la historiografía estadounidense. Lo que una vez fuera el edificio más grande en la provincia es ahora solo un montón de escombros”. En efecto, la “interpretación económica de la historia” de Beard, que fue una vez dominante en los círculos académicos, podría ser hoy despreciada como apenas una “peligrosa teoría conspiratoria”, y es mi sospecha que pocas personas fuera de la profesión historiográfica habrán oído hablar de él.

Otro gran contribuidor al volumen de Barnes fue William Henry Chamberlin, quien durante décadas se había contado entre los más destacados periodistas sobre política exterior en Estados Unidos, con más de 15 libros publicados, la mayoría amplia y favorablemente reseñados. Sin embargo, America’s Second Crusade, su importante análisis de 1950 sobre la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, no había podido encontrar una editorial de prestigio para publicarse, y cuando lo hizo fue generalmente ignorado por los expertos. Antes de su publicación, sus escritos habían aparecido regularmente en nuestras revistas más influyentes de tirada nacional, como The Atlantic Monthly y Harpers. Pero después su trabajo estuvo casi totalmente confinado a pequeños periódicos locales, con una audiencia muy restringida compuesta principalmente de conservadores y libertarios.

En estos tiempos de internet cualquiera puede fácilmente crear una página web y publicar sus ideas, haciéndolas inmediatamente accesibles a gente de todo el mundo. Las redes sociales como Facebook y Twitter pueden sacar a la luz materiales controvertidos que serán vistos por millones de personas con solo un par de clics, circunvalando completamente la necesidad de estar apoyado por intermediarios institucionales. Así, nos resulta fácil olvidar lo extremadamente arduo que era diseminar ideas disidentes en los días de la prensa escrita, del papel y la tinta, y comprender que un individuo purgado de su medio habitual podía necesitar varios años para recuperar siquiera un mínimo espacio para la distribución de su trabajo.

 

Los intelectuales británicos habían sufrido censuras ideológicas similares ya años antes de que A. J. P. Taylor se aventurara en aquellas aguas revueltas, tal como descubrió un notable historiador naval británico en 1953:

El autor de Unconditional Hatred (“Odio incondicional”) era el capitán Russell Grenfell, un oficial de marina británico que había participado con honores en la Primera Guerra Mundial y después ayudó a dirigir el Royal Navy Staff College, publicando al mismo tiempo seis libros muy bien valorados sobre estrategia naval y habiendo sido Corresponsal de Marina del Daily Telegraph. Grenfell entendía que a toda guerra importante le acompañan, inevitablemente, ingentes cantidades de propaganda extrema, pero años después del cese de las hostilidades le preocupaba que, de no administrarse un antídoto a gran escala, el veneno que arrastraban tales exageraciones propias de los tiempos de guerra pudiera amenazar la futura paz de Europa.

Su considerable erudición histórica y su tono reservado y académico se vislumbran a lo largo de este fascinante volumen, que se enfoca principalmente en las dos guerras mundiales, pero que también hace a menudo referencia a las Guerras Napoleónicas e incluso a conflictos anteriores. Uno de los aspectos de su discurso que más llaman la atención es que gran parte de la propaganda antialemana que él se propone refutar sería considerada hoy tan absurda y ridícula que ha sido olvidada casi por completo, mientras que buena parte de la imagen –extremadamente hostil– que tenemos hoy de la Alemania de Hitler no recibe mención alguna por su parte, posiblemente porque todavía no se había establecido como relato oficial, o porque habría sido considerada por entonces demasiado extravagante como para que nadie se la tomara en serio. Entre otras cosas, Grenfell relata con visible desaprobación cómo los principales periódicos británicos sacaron titulares sobre las horribles torturas a las que se sometió a los prisioneros alemanes en los juicios de Núremberg para extraerles por la fuerza todo tipo de dudosas confesiones.

Algunas afirmaciones casuales de Grenfell levantan dudas sobre varios aspectos de nuestra imagen común respecto a la ocupación alemana. Por ejemplo, señala numerosas historias aparecidas en la prensa británica sobre “trabajadores esclavos” franceses que más tarde, tras la guerra, organizaron amistosas reuniones con sus empleadores alemanes durante aquella época. También afirma que en 1940 esos mismos periódicos británicos hablaban del comportamiento absolutamente ejemplar de los soldados alemanes con la población civil francesa, aunque tras algunos atentados terroristas por parte de fuerzas clandestinas de carácter comunista, y las consiguientes represalias alemanas, las relaciones empeoraron mucho.

Más importante aún es el hecho de que, según Grenfell, la gran campaña de bombardeos estratégicos contra las ciudades y la industria francesa por parte de los Aliados había matado a un gran número de civiles, probablemente más de los que murieron a manos de Alemania, provocando un inmenso odio como consecuencia. En Normandía, él y otros oficiales británicos habían sido advertidos de que estuvieran muy alerta al toparse con civiles franceses por miedo a los posibles ataques de estos.

Aunque el contenido y el tono de los escritos de Grenfell me parece ser excepcionalmente imparcial y objetivo, otros sin duda vieron sus textos bajo una luz muy distinta. Devin-Adair, la editorial donde publicó su libro, llegó a poner en la cubierta que ninguna editorial británica había estado dispuesta a aceptar el manuscrito y que cuando el libro apareció ningún crítico estadounidense de renombre reconoció su existencia. Más ominosamente aún, resulta que Grenfell estaba trabajando intensamente en una segunda parte cuando murió súbitamente en 1954 de causas desconocidas: su largo obituario en el London Times cifra su edad en 62 años en aquel momento.

Sisley Huddleston, otro importante observador de los sucesos de aquella época, nos presenta una imagen de Francia durante la Segunda Guerra Mundial que es diametralmente opuesta a la que se acepta generalmente hoy:

Sobre Francia, Grenfell hace varias referencias a un libro de 1952 llamado France: The Tragic Years, 1939-1947 (“Francia: Los años trágicos, 1939-1947”), escrito por Sisley Huddleston, un autor que para mí era completamente desconocido, lo cual picó mi curiosidad. Una de las cosas más útiles de mi sistema de archivado de contenidos es que proporciona fácilmente un contexto histórico para autores largo tiempo olvidados, y la gran cantidad de apariciones de Huddleston en The Atlantic Monthly, The Nation y The New Republic, además de sus treinta libros sobre Francia, parecen confirmar que pasó décadas siendo una de las principales autoridades sobre asuntos relacionados con Francia para el público culto tanto británico como estadounidense. De hecho, su exclusiva entrevista con el primer ministro británico Lloyd George en la Conferencia de Paz de París se convirtió en una noticia internacional. Como pasó con tantos otros escritores, tras la Segunda Guerra Mundial su editorial en Estados Unidos tuvo que ser necesariamente Devin-Adair, que publicó una edición póstuma de su libro en 1955. Dadas sus importantísimas credenciales periodísticas, el trabajo de Huddleston sobre la Francia de Vichy fue reseñado en la prensa estadounidense, aunque de manera un tanto apresurada y desdeñosa, de modo que decidí comprar un ejemplar de su libro y leerlo.

No puedo dar fe de la veracidad de las 350 páginas en las que Huddleston describe la Francia de los años de la guerra, pero habiendo sido un distinguido periodista y veterano observador que además fue testigo en primera persona de los hechos que narra, y que escribió durante una época en la que el cemento de la narrativa oficial todavía no se había endurecido del todo, creo que su perspectiva debería tomarse bastante en serio. El círculo social de Huddleston se extendía bastante por las altas esferas, siendo el embajador estadounidense William Bullitt uno de sus más viejos amigos. Y, sin duda, lo que dice Huddleston difiere radicalmente de la historia convencional que yo siempre había escuchado

Tal como Huddleston describe los hechos, el ejército francés se derrumbó en mayo de 1940 y el gobierno llamó desesperado a Petain, el mayor héroe de guerra del país (y que por entonces tenía ya más de ochenta años), para que volviera de su puesto de embajador en España. En seguida el presidente de la República francesa le pidió que formara un nuevo gobierno y preparase un armisticio con los alemanes, que les habían vencido, y esta propuesta recibió el apoyo casi unánime del Senado y la Asamblea Nacional francesa, incluyendo el de prácticamente todos los parlamentarios de izquierdas. Petain logró hacer lo que se le pedía, y entonces otra votación casi unánime en el Parlamento francés le autorizó a negociar un tratado de paz completo con Alemania, lo cual ciertamente enmarcaba sus acciones políticas dentro de la más sólida legalidad. Llegados a tal punto, casi todo el mundo en Europa creía que la guerra estaba esencialmente terminada y que los británicos pronto firmarían también la paz.

Mientras que el gobierno francés de Petain, totalmente legítimo, estaba negociando con Alemania, un pequeño número de opositores, incluyendo al coronel Charles de Gaulle, desertaron del ejército y huyeron del país declarando que pretendían continuar la guerra indefinidamente, pero inicialmente apenas recibieron más que una escasa atención y apoyo por parte de la población. Un detalle interesante de la situación es que De Gaulle había sido durante mucho tiempo uno de los principales protegidos de Petain, y una vez que su perfil político comenzó a cobrar importancia un par de años más tarde, surgieron rumores de que su antiguo mentor había orquestado una cierta “división del trabajo”, con el primero negociando la paz oficialmente con Alemania mientras el segundo partía al extranjero para organizar la resistencia en el incierto caso de que las circunstancias cambiasen.

Aunque el nuevo gobierno francés de Petain prometió que sus poderosas fuerzas navales nunca serían usadas contra los británicos, Churchill prefirió no arriesgarse y rápidamente lanzó un ataque contra la flota del que había sido su aliado, cuyos barcos estaban ya desarmados y anclados en puerto, hundiendo la mayoría de estos y matando hasta 2.000 franceses en el proceso. Este suceso no fue enteramente diferente del ataque japonés a Pearl Harbor, que se produjo el año siguiente, y durante muchos años fue motivo de gran rabia e indignación entre los franceses.

Tras esto, Huddleston pasa buena parte de su libro comentando la compleja política francesa de los siguientes años, mientras la guerra continuaba contra todo pronóstico, con Rusia y Estados Unidos uniéndose eventualmente a la causa Aliada, decreciendo así sustancialmente la probabilidad de una victoria alemana. Durante este periodo la cúpula política y militar francesa llevó a cabo un difícil acto de equilibrio, resistiendo las demandas alemanas en algunos puntos y acatándolas en otros, mientras el movimiento de resistencia local crecía gradualmente, atacando a soldados alemanes y provocando duras represalias por parte de estos. Dada mi falta de especialización en el tema no puedo juzgar realmente la veracidad de su narración, pero me parece bastante realista y plausible, aunque los especialistas seguramente podrían encontrarle fallos.

Sin embargo, la afirmación más extraordinaria del libro de Huddleston llega hacia el final del mismo, cuando describe lo que más tarde se llamaría la “Liberación de Francia” durante 1944-45 al retirarse las fuerzas alemanas del país y replegarse tras sus propias fronteras. Entre otras cosas, el autor sugiere que la cantidad de franceses enrolados en la “Resistencia” creció cien veces en número una vez que los alemanes se habían marchado y ya no había ningún riesgo real en adoptar tal etiqueta.

En ese momento comenzó un tremendo derramamiento de sangre: la peor con diferencia de todas las matanzas extrajudiciales en la historia de Francia. La mayoría de historiadores convienen en que unas 20.000 vidas se perdieron en la infame época del Terror durante la Revolución francesa y tal vez 18.000 murieron durante la Comuna de París de 1870-71 y su brutal supresión por parte de las autoridades. Pero según Huddleston, los líderes estadounidenses estimaron que hubo al menos 80.000 “ejecuciones sumarias” tan solo durante los primeros meses después de la Liberación, mientras que el diputado socialista que servía como Ministro de Interior en marzo de 1945, y que estaba en la mejor posición para conocer los datos reales, informó a representantes de De Gaulle de que 105.000 asesinatos habían tenido lugar tan solo desde agosto de 1944 a marzo de 1945, una cifra que fue citada frecuentemente en las discusiones públicas de aquel momento.

Dado que una gran parte de la población francesa había pasado años comportándose de maneras que ahora súbitamente podrían considerarse “colaboracionistas”, una enorme cantidad de personas eran ahora vulnerables, hasta el punto de peligrar sus vidas, y en ocasiones trataron de salvarse denunciando a sus conocidos o vecinos. Los comunistas clandestinos habían sido un elemento crucial de la Resistencia, y muchos de ellos habían luchado con entusiasmo contra sus odiados “enemigos de clase”, mientras que numerosos individuos aprovecharon la oportunidad para llevar a cabo ajustes de cuentas personales. Otro factor era que muchos de los comunistas que habían luchado en la Guerra Civil española, incluyendo a miles de miembros de las Brigadas Internacionales, habían huido a Francia tras su derrota militar en 1939, y ahora a menudo lideraban las acciones de venganza contra las fuerzas conservadoras que previamente les habían expulsado de su propio país.

Aunque el propio Huddleston era un periodista ya mayor, con amplio reconocimiento y amigos en las altas esferas estadounidenses, y había realizado algunos servicios menores para la cúpula de la Resistencia, él y su mujer apenas escaparon por los pelos de ser sumariamente ejecutados durante ese periodo, y él mismo relata una serie de historias que había escuchado de víctimas menos afortunadas. Pero lo que parece haber sido, con diferencia, la mayor carnicería sectaria de la historia de Francia, ha sido eufemísticamente rebautizado como “la Liberación” y extirpado casi al completo de nuestra memoria colectiva, excepto por las famosas cabezas afeitadas de algunas desgraciadas mujeres. Estos días la Wikipedia constituye la destilación más pura de nuestra Verdad Oficial, y su entrada dedicada a estos sucesos sitúa la cifra de muertos en apenas una décima parte de los números citados por Huddleston, pero a mi juicio este último es una fuente bastante más fiable.

Podríamos imaginar sin demasiada dificultad que un profesional altamente reconocido y en la cumbre de su carrera pública de repente perdiera la razón y comenzase a promover teorías excéntricas y erróneas, precipitando así su caída. En estas circunstancias, sus afirmaciones deberían ser tratadas con gran escepticismo y tal vez desestimadas por completo.

Pero cuando el número de voces contrarias a la línea oficial, a la vez que altamente reputadas, se vuelve lo bastante grande y sus afirmaciones son general coherentes entre sí, no podemos ya desestimar sin más sus críticas. Su comprometida posición sobre tan controvertidos asuntos ha demostrado ser fatal para su vida pública, y a pesar de que deben haber comprendido esta probable consecuencia han continuado, no obstante, por dicho camino, incluso escribiendo voluminosos tomos sobre sus ideas y buscando recónditas editoriales que estuvieran dispuestas a publicarlos.

John T. Flynn, Harry Elmer Barnes, Charles Beard, William Henry Chamberlin, Russell Grenfell, Sisley Huddleston y muchos otros estudiosos y periodistas del más alto calibre y reputación contaron todos una historia bastante consistente de la Segunda Guerra Mundial, pero que difiere totalmente del relato establecido hoy, y lo hicieron al precio de destruir sus carreras profesionales. Una o dos décadas después, el renombrado historiador A. J. P. Taylor reafirmó esta misma versión básica de los hechos, y fue purgado de Oxford en consecuencia. Encuentro muy difícil explicar la conducta de todos estos individuos salvo que estuvieran presentando un relato verídico.

Si un determinado establishment político y sus órganos mediáticos ofrecen jugosas recompensas en forma de subvenciones, promoción y prestigio público a aquellos que siguen la línea de su propaganda de partido, a la vez que condenan a la oscuridad y el ostracismo a aquellos que disienten, las afirmaciones de los primeros deberían ser examinadas con cierta suspicacia. Barnes popularizó la expresión “historiadores de juzgado” (“court historians”) para describir a estos sujetos taimados y oportunistas que siguen los vientos políticos en boga en el momento, y nuestros medios de comunicación hoy en día están repletos de ellos.

 

Un clima de seria represión intelectual merma gravemente nuestra capacidad de desvelar acontecimientos del pasado. En circunstancias normales, las afirmaciones contrapuestas pueden sopesarse en el terreno de juego del debate académico o público, pero esto obviamente se vuelve imposible si los temas en cuestión se encuentran censurados. Más aún, los historiadores son seres humanos, y si han sido purgados de sus prestigiosas posiciones institucionales, expulsados de los medios públicos e incluso llevados a la pobreza, difícilmente podría sorprendernos que a veces se dejen llevar por la ira y la amargura por el destino que les ha tocado, tal vez reaccionando en modos que sus enemigos más tarde podrán usar para atacar su credibilidad.

A. J. P. Taylor perdió su puesto en Oxford por publicar su honesto análisis de los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, pero su gigantesca talla académica y la gran aclamación que recibió su libro parecieron protegerle de sufrir más daños, y la obra en sí pronto fue reconocida como un gran clásico, saliendo constantemente nuevas ediciones y alcanzando las listas de lecturas obligatorias de nuestras universidades más prestigiosas. No obstante, otros de los que transitaron por los mismos tortuosos caminos fueron mucho menos afortunados.

El mismo año que apareció el libro de Taylor también fue publicado un trabajo que trataba en gran medida los mismos temas por parte de un historiador novel llamado David L. Hoggan. Hoggan había obtenido su doctorado en Historia Diplomática en 1948 en Harvard bajo la dirección del profesor William Langer, una de las figuras más prominentes en dicho campo, y su ópera prima titulada The Forced War (“La guerra forzada”) era una continuación directa de su tesis doctoral. Mientras que el libro de Taylor era bastante corto y se basaba sobre todo en fuentes públicas y algunos documentos británicos, el tomo de Hoggan era excepcionalmente largo y detallado, con cerca de 350.000 palabras incluyendo las referencias, y surgía de muchos años de cuidadosa investigación en los recientemente abiertos archivos estatales de Polonia y Alemania. Aunque los dos historiadores estaban completamente de acuerdo en que Hitler ciertamente no había buscado la erupción de la Segunda Guerra Mundial, Hoggan argumentaba que varios personajes poderosos dentro del gobierno británico habían trabajado deliberadamente para provocar el conflicto, forzando así la guerra sobre la Alemania de Hitler, como sugería el título de su obra.

Dado lo controvertido de las conclusiones de Hoggan y su ausencia de logros académicos previos, su inmenso trabajo solo apareció en una edición alemana, donde rápidamente se convirtió en un superventas objeto de acalorados debates. Como principiante en el mundo académico, Hoggan era muy vulnerable a la enorme presión y el oprobio que sin duda debió sufrir. Parece que tuvo un enfrentamiento con Barnes, su mentor revisionista, al mismo tiempo que sus esperanzas de publicar una edición en lengua inglesa por medio de una pequeña editorial estadounidense se disipaban. Tal vez a consecuencia de ello, el atormentado joven investigador sufrió a partir de entonces una serie de crisis nerviosas, y para finales de la década de 1960 había dimitido de su posición en el San Francisco State College: la última posición académica seria que llegaría a ostentar. En adelante se ganó la vida como colaborador de un pequeño centro de investigación libertario, y tras su desaparición dio clases en un instituto local; en suma, no tuvo para nada el tipo de trayectoria profesional esperable de alguien que había comenzado su carrera en Harvard con tan auspiciosas expectativas.

En 1984 una versión en inglés de su libro iba por fin a ver la luz cuando las instalaciones de la pequeña editorial revisionista que había de publicarlo, ubicada en Los Ángeles, fueron incendiadas y totalmente destruidas por unos activistas judíos violentos, lo cual arruinó las placas de imprenta y todos los ejemplares producidos. Relegado al ostracismo, Hoggan murió de un ataque al corazón en 1988, con 65 años, y el año siguiente apareció publicada finalmente una versión en inglés de su obra, casi tres décadas después de que fuera escrita, con las escasas copias que aún perduran en la actualidad siendo extremadamente raras y cotizadas. Sin embargo, una versión en PDF del libro, aunque desprovista de todas las notas a pie de página, se puede encontrar en internet, y la he añadido a mi colección de libros en formato HTML, haciéndolo por fin accesible a un público más amplio casi seis décadas después de que se escribiera.

Yo mismo solo descubrí la obra de Hoggan recientemente, y la encontré excepcionalmente detallada y exhaustiva, aunque algo árida. Me leí las primeras cien páginas más o menos, además de algunos fragmentos aquí y allá; tan solo una pequeña parte de sus 700 páginas, en fin, pero suficiente como para darme cierta idea.

La corta introducción del editor de 1989 la caracteriza como una obra única en cuanto a su tratamiento pormenorizado de las circunstancias ideológicas y diplomáticas que rodearon el comienzo de la guerra, lo cual me parece un elogio acertado incluso a día de hoy. Por ejemplo, el primer capítulo ofrece una descripción notablemente detallada de las diferentes corrientes ideológicas en conflicto dentro del nacionalismo polaco durante los últimos cien años o así antes de 1939, un tema muy especializado que nunca me había encontrado en otro sitio (y que tampoco me interesa especialmente).

A pesar de su larga censura, un trabajo tan exhaustivo basado en muchos años de investigación en archivos oficiales podría constituir un estudio fundacional para futuros historiadores, y de hecho varios autores revisionistas recientes se han apoyado en Hoggan de tal manera. Pero, desafortunadamente, hay algunas razones para la preocupación. Tal como cabría esperar, la abrumadora mayoría de las discusiones sobre Hoggan en internet son hostiles y lo atacan fieramente, y por razones obvias esto podría normalmente desestimarse; pero Gary North, que es él mismo un importante revisionista y conoció a Hoggan en persona, ha sido igual de crítico, caracterizándolo como sesgado, poco de fiar respecto a su relato de los hechos e incluso deshonesto.

Mi propia intuición es que la gran mayoría del material presentado por Hoggan es probablemente correcto y certero, aunque podrían discutirse sus interpretaciones. No obstante, dadas estas serias acusaciones, deberíamos seguramente tratar todas sus afirmaciones con cierta cautela, especialmente dado que verificar la mayoría de los resultados específicos de su trabajo requeriría de considerables investigaciones archivísticas. Así pues, dado que gran parte del marco general expuesto por Hoggan encaja con el de Taylor, creo que nos movemos en terreno más sólido si confiamos generalmente en el segundo.

 

Afortunadamente, estas mismas preocupaciones respecto a la exactitud histórica pueden ser totalmente desechadas en el caso de un autor mucho más importante, cuya voluminosa obra eclipsa fácilmente la de Hoggan y casi cualquier otro historiador de la Segunda Guerra Mundial. Tal como describí a David Irving el año pasado:

Con varios millones de libros impresos, incluyendo una serie de superventas traducidos a numerosos idiomas, es bien posible que el octogenario Irving haya de ser considerado hoy como el historiador británico más exitoso internacionalmente de los últimos cien años. Aunque yo mismo he leído solo un par de sus obras más cortas, las encontré absolutamente portentosas: Irving fue capaz de demoler totalmente mis ingenuas nociones de primero de Historia respecto a ciertos grandes eventos históricos con su encomiable uso de la evidencia documental proveniente de fuentes primarias. Difícilmente me sorprendería que el enorme corpus de su obra llegue a constituir algún día un pilar fundamental a partir del cual futuros historiadores intenten comprender las catastróficas y sangrientas décadas intermedias de nuestro destructivo siglo XX, incluso mucho después de que otros cronistas de la época hayan sido largamente olvidados.

Cuando uno se enfrenta a afirmaciones sorprendentes que ponen completamente patas arriba el relato histórico establecido es razonable mantener un considerable escepticismo, y mi propia falta de especialización en la historia de la Segunda Guerra Mundial me hizo ser especialmente cauteloso. Los documentos que Irving desentierra parecen presentar a un Winston Churchill tan radicalmente diferente de aquel que yo concebía en mi ingenuo entendimiento de la historia que llega a ser irreconocible, y esto, naturalmente, me hizo dudar de si debería darle crédito a la exactitud de las evidencias presentadas por Irving y su interpretación de las mismas. Todo su material está plagado de notas a pie de página, haciendo referencia a gran cantidad de documentos en numerosos archivos oficiales, pero ¿cómo podría yo sacar suficiente tiempo o energía como para verificarlas por mí mismo?

Irónicamente, un desafortunado giro del destino parece haber resuelto totalmente tan crucial cuestión.

Irving es un individuo de una integridad académica inusitadamente férrea, y como tal, le resulta imposible ver cosas que no existen o fabricar evidencias inexistentes, incluso si hacerlo le favoreciese patentemente. Así pues, su negativa a arrodillarse ante varios tótems culturales ampliamente venerados eventualmente provocó su demonización por parte de un enjambre de fanáticos ideológicos procedentes de una determinada etnia. Sus problemas fueron bastante parecidos a los que también sufrió mi antiguo profesor de Harvard E. O. Wilson, más o menos en esos mismos años, tras la publicación de su obra maestra Sociobiology: The New Synthesis (“Sociobiología: La nueva síntesis”); el libro que ayudó a establecer el campo de la psicobiología evolucionista humana actual.

Estos convencidos etnoactivistas lanzaron una campaña coordinada para presionar a los prestigiosos editores de Irving de cara a que dejasen de publicar sus libros, a la vez que para sabotear sus frecuentes conferencias internacionales e incluso presionar a ciertos países para que le prohibiesen la entrada. También mantuvieron un ritmo constante de demonización en los medios, constantemente denigrando su persona y sus habilidades como investigador, llegando hasta el punto de condenarlo como un “nazi” y un “adorador de Hitler”, tal como se había hecho en el caso del profesor Wilson.

Durante los años 80 y 90 estos obstinados esfuerzos, a veces acompañados de considerable violencia física, dieron progresivamente sus frutos, y la carrera de Irving se vio severamente impactada. Otrora había sido agasajado por las editoriales más prestigiosas del mundo y sus libros habían sido reseñados y comentados en los más respetables periódicos británicos, mientras que ahora se había convertido crecientemente en una figura marginal, casi un paria, con sus fuentes de ingresos enormemente dañadas.

En 1993, Deborah Lipstadt, una profesora bastante ignorante y fanática de Teología y Estudios del Holocausto (o tal vez “Teología del Holocausto”) lo condenó ferozmente como un “negacionista del Holocausto”, lo que llevó al timorato editor de las obras de Irving a cancelar súbitamente la publicación de su siguiente gran libro. Estos hechos eventualmente desembocaron en una amarga disputa judicial en 1998, que resultó en el famoso juicio por difamación acontecido en Gran Bretaña en el año 2000.

Esta batalla legal era ciertamente un asunto de David contra Goliat, con adinerados productores de películas judíos y ejecutivos de grandes empresas proporcionando fondos por valor de 13 millones de dólares al bando de Lipstadt, permitiéndole así costearse un verdadero ejército de 40 investigadores y expertos juristas capitaneados por uno de los abogados de divorcios más exitosos de Gran Bretaña. En contraste con esto, Irving, siendo un historiador empobrecido, tuvo que defenderse a sí mismo en el juicio sin el beneficio de tamaño asesoramiento legal.

En la vida real, al contrario que en las fábulas, los Goliats de este mundo salen casi invariablemente victoriosos, y este caso no fue una excepción, siendo Irving llevado a la bancarrota, lo que le llevó a perder su hermosa casa en el centro de Londres. Pero viéndolo desde la perspectiva más amplia de la historia, creo que el triunfo de sus enemigos resultó ser una victoria pírrica.

Aunque lo que desencadenó su furia fue el supuesto “negacionismo del Holocausto” de Irving, por lo que yo sé ese tema en particular se encuentra ausente casi por completo de todas las docenas de libros firmados por Irving, y fue precisamente ese patente silencio lo que había provocado su rabiosa indignación. Por ello, a falta de un objetivo claro, su bien pagada tropa de investigadores y fact-checkers se dedicó durante un año o más, en su lugar, a realizar una revisión línea a línea y nota a nota de todo lo que Irving había publicado, intentando localizar cada error histórico que pudieran para atacar su credibilidad como profesional. Con recursos humanos y monetarios casi ilimitados, incluso utilizaron el proceso legal para obtener una orden judicial que les permitiera leer las miles de páginas de sus diarios y correspondencia privada, intentando encontrar allí alguna prueba de sus “pensamientos malvados” (“wicked thoughts”), título también de la película de Hollywood de 2016 coescrita por Lipstadt, la cual puede servir para delinear más o menos cómo fue el desarrollo de los acontecimientos visto desde su perspectiva.

Sin embargo, a pesar de tan extensos recursos tanto humanos como económicos, aparentemente salieron con las manos vacías, al menos por lo que cuenta Lipstadt en su triunfalista relato de los hechos publicado en 2005. A lo largo de cuatro décadas de investigación y producción literaria, que contenía numerosas afirmaciones históricas de lo más sorprendente, solo lograron encontrar algo más de una veintena de presuntos errores menores relativos a los hechos históricos o su interpretación de los mismos, muchos de ellos ambiguos y disutibles. Y lo peor que descubrieron tras leer cada página de la ingente cantidad de diarios personales de Irving es que una vez había compuesto una corta cancioncilla para su hija pequeña que resultaba ser “racialmente insensible”: un descubrimiento trivial que naturalmente anunciaron por todo lo alto como prueba de que era un “racista”. Así, parecían estar admitiendo que el enorme corpus historiográfico de Irving era correcto en aproximadamente el 99,9%.

Creo que este “silencio del perro que nunca ladró” resuena atronadoramente. No sé de ningún otro académico en la historia entera del mundo cuya producción científica de décadas haya sido sujeta a tan minucioso y exhaustivo escrutinio por parte de sus adversarios. Y dado que Irving aparentemente superó la prueba con creces, creo que podemos considerar prácticamente cada una de las sorprendentes afirmaciones contenidas en sus libros –que también recapitula en sus vídeos– como absolutamente certera.

 

Hace unos pocos años me leí dos de los libros más cortos de Irving, Nuremberg: The Last Battle (“Núremberg: La última batalla”) y The War Path (traducido como “El camino de la guerra”). En este último expone los acontecimientos que llevaron al estallido del conflicto y por ello se solapa bastante con el relato de Taylor. El análisis de Irving parece bastante similar al de su eminente predecesor de Oxford, a la vez que proporciona una abundancia de meticulosas pruebas documentales en apoyo de la simple teoría que este había delineado dos décadas antes. Esta confluencia entre ambos no me sorprendió mucho, ya que es de esperar que distintos esfuerzos por describir con precisión la misma realidad histórica lleguen a conclusiones razonablemente congruentes, mientras que la propaganda deshonesta puede divergir ampliamente en toda clase de direcciones.

Recientemente decidí abordar un trabajo mucho más largo de Irving: el primer volumen de Churchill’s War (“La guerra de Churchill”), un texto clásico de unas 300.000 palabras que cubre la historia del legendario primer ministro británico hasta el inicio de la Operación Barbarroja, y lo encontré tan extraordinario como me esperaba.

Como una pequeña muestra de la candidez y la erudición de Irving, señalaré que se refiere repetidamente –aunque de forma breve– a los planes de los Aliados de atacar súbitamente a la URSS y destruir sus campos petrolíferos en Bakú en 1940, una propuesta completamente desastrosa que sin duda les habría llevado a perder la guerra si se hubiese llevado a cabo. En contraste con esto, los vergonzosos hechos relativos a la Operación Pike han sido totalmente excluidos de prácticamente toda la historiografía posterior del conflicto desarrollada en Occidente, lo que le lleva a uno a preguntarse cuántos de nuestros numerosos historiadores profesionales son simplemente ignorantes y cuántos son culpables de mentir por omisión.

Hasta hacía poco mi familiaridad con la figura de Churchill había sido bastante superficial, de modo que las revelaciones de Irving fueron absolutamente iluminadoras. Tal vez lo más impactante fue descubrir la venalidad y la corrupción de su persona, dado que Churchill era un derrochador que vivía lujosamente y a menudo más allá de sus posibilidades económicas, con un ejército de docenas de sirvientes en su enorme finca a las afueras, a pesar de carecer de fuentes de ingresos lo bastante regulares y seguras como para mantener su nivel de vida. Esta situación, naturalmente, le ponía a merced de aquellos individuos que estuvieran dispuestos a subvencionar su suntuoso estilo de vida a cambio de dirigir sus actividades políticas desde la sombra. De manera similar, favores monetarios parecidos sirvieron para asegurar el apoyo de una serie de políticos de todos los partidos británicos, quienes se convirtieron en los aliados políticos más cercanos de Churchill.

Por decirlo claramente, durante los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial tanto Churchill como otros numerosos parlamentarios británicos recibieron regularmente cuantiosas dádivas monetarias –sobornos en negro– de parte de fuentes checas y judías a cambio de promover unas políticas extremadamente hostiles contra el gobierno alemán y, en fin, abogar por la necesidad de una guerra contra Alemania. Las sumas de dinero involucradas eran muy considerables: solo el gobierno checo pagó ya, probablemente, decenas de millones de dólares en términos actuales a políticos, editores y periodistas británicos afanados en subvertir la política de paz del gobierno entonces en el poder. Un acontecimiento particularmente notable sucedió a principios de 1938 cuando Churchill perdió de pronto toda su fortuna acumulada en una arriesgada jugada en la bolsa estadounidense, lo que le obligó a poner en venta su querida casa de campo para evitar la bancarrota, siendo entonces rescatado por un millonario judío extranjero que a cambio le instó a promover la guerra contra Alemania. Las primeras fases de esta espiral de sordidez están narradas en un capítulo de Irving justamente titulado “The Hired Help” (“La ayuda contratada”).

Irónicamente, los servicios de inteligencia alemanes sabían de estos sobornos masivos a parlamentarios británicos y le pasaron la información al primer ministro Neville Chamberlain, al que le horrorizó descubrir la corrupción que subyacía a las propuestas de sus fieros adversarios políticos, pero al parecer fue demasiado caballeroso como para hacerlos arrestar inmediatamente. No soy ningún experto sobre la legislación británica de aquella época, pero que unos parlamentarios democráticamente elegidos sigan los dictados de agentes extranjeros en materias de guerra y paz a cambio de grandes pagos en secreto me parece casi un ejemplo de manual de lo que entendemos normalmente por traición, y pienso que la ejecución a tiempo de Churchill habría sin duda salvado decenas de millones de vidas.

Mi impresión es que las personas de dudoso carácter personal son las que tienen más probabilidades de vender los intereses de su propio país a cambio de cuantiosas sumas de dinero extranjero, de tal modo que se convierten en el objetivo natural de conspiradores y espías. Churchill ciertamente parece encajar en esta categoría, dados los rumores sobre su abrumadora corrupción personal que ya eran conocidos desde los comienzos de su carrera política. Más tarde suplementó sus ingresos involucrándose en una vasta trama de falsificación de obras de arte, un hecho que Roosevelt llegó a descubrir más tarde y probablemente utilizó para hacerle chantaje. También era sonada la tendencia de Churchill a permanecer en un estado de ebriedad constante, hasta el punto de constituir un caso clínico de alcoholismo. De hecho, Irving apunta que, en sus conversaciones privadas, Roosevelt se solía referir a Churchill como un “patán borracho”.

 

Durante los últimos años de la década de 1930, Churchill y su séquito de aliados políticos comprados habían atacado y denunciado infatigablemente al gobierno de Chamberlain por su política de paz, y frecuentemente lanzaban las más locas acusaciones, afirmando que los alemanes estaban poniendo en marcha un gran plan de preparación militar dirigido contra Gran Bretaña. Estas agitadas acusaciones eran a menudo recogidas por los medios de comunicación, que estaban fuertemente influidos por intereses económicos judíos, e hicieron mucho por envenenar el estado de las relaciones entre Gran Bretaña y Alemania. Eventualmente, la acumulación de todas estas presiones políticas y mediáticas forzaron a Chamberlain a cometer el nefasto error de prometerle al irresponsable gobierno dictatorial que gobernaba Polonia una garantía incondicional de apoyo militar. El resultado de esto fue que los polacos rechazaron arrogantemente todo tipo de negociaciones con Alemania respecto al problema fronterizo, encendiendo con ello la mecha que luego llevó a la invasión alemana seis meses después, y a la subsiguiente declaración de guerra por parte de Gran Bretaña. Los medios británicos habían presentado a Churchill como la figura política más representativa del lado de los que apoyaban la entrada en la guerra, y una vez que Chamberlain se vio forzado a crear un gobierno de unidad nacional a causa de esta, Churchill, su mayor crítico, entró también en él y se le otorgó la cartera de Asuntos Navales.

Después de la rápida derrota de Polonia en seis semanas, Hitler trató sin éxito de negociar la paz con los Aliados y la guerra quedó temporalmente en suspenso. Más tarde, a principios de 1940, Churchill persuadió a su gobierno de intentar flanquear estratégicamente a los alemanes preparando una gran invasión marítima de Noruega, que se mantenía neutral, pero Hitler descubrió el plan y previno el ataque, de forma que los graves errores operativos de Churchill condujeron a la flota británica, que era claramente superior, a una sorprendente derrota. Durante la Primera Guerra Mundial, el desastre de Galípoli a manos de Churchill le había forzado a dimitir de su puesto, pero esta vez la connivencia de los medios de comunicación le ayudó a asegurarse de que toda la culpa por la semejante derrota sufrida en Narvik recayera sobre Chamberlain, de modo que fue este último el que se vio forzado a dimitir, con Churchill reemplazándole como primer ministro. Los oficiales de marina británicos estaban muy preocupados de que el principal arquitecto de su humillación se convirtiera en su principal mandamás a nivel político, pero la realidad es la que construyen los medios, y el público británico nunca descubrió esta tremenda ironía.

Este incidente fue meramente el primero de una larga serie de importantes errores estratégicos y traiciones por parte de Churchill (de los cuales se hace eco Irving), pero casi todos fueron luego borrados de nuestra historiografía posterior sobre el personaje, de tintes casi siempre hagiográficos. Deberíamos reconocer que los líderes militares que pasan gran parte de su tiempo en un estado de estupor etílico tienen pocas posibilidades de tomar decisiones óptimas, especialmente si son tan propensos al micro-management como lo era Churchill.

En la primavera de 1940 los alemanes lanzaron su repentina ofensiva acorazada contra Francia vía Bélgica, y cuando el ataque empezó a tener éxito Churchill ordenó al general británico al mando que huyera con sus fuerzas hacia la costa, y lo hizo sin informar a sus contrapartes belgas y francesas de la enorme brecha que dejaba así en las defensas del frente Aliado, de forma que sus ejércitos fueron inevitablemente acorralados y destruidos. Después de la resultante derrota y ocupación de Francia, el primer ministro británico ordenó realizar un ataque sorpresa sobre la flota francesa, ya desarmada, destruyéndola por completo y matando en el proceso a 2.000 de sus anteriores aliados. La causa inmediata fue la traducción errónea de una palabra en francés, pero este incidente tipo Pearl Harbor continuó escandalizando a los franceses durante décadas.

Hitler siempre había deseado mantener una relación amistosa con Gran Bretaña y ciertamente había intentado evitar la guerra que se había forzado contra él. En consonancia con esto, estando Francia ya derrotada y las fuerzas británicas fuera de Europa continental, realizó una oferta de paz muy generosa, invitando también a consolidar una nueva alianza entre Alemania y Gran Bretaña. El gobierno británico había sido presionado para entrar en la guerra sin ninguna razón lógica y en contra de sus propios intereses, de modo que Chamberlain y la mitad del gabinete de ministros apoyaron naturalmente el comienzo de las negociaciones de paz, y la propuesta alemana probablemente habría recibido una abrumadora aprobación por parte tanto del público como de las élites del país, si se les hubiera informado de sus términos.

Pero, salvo por algunos momentos de duda ocasionales, Churchill se mantuvo férreo en su posición de que la guerra debía continuar, e Irving argumenta razonablemente que sus motivos para ello eran fuertemente personales. A lo largo de su extensa carrera, Churchill había tenido un notable historial de fracasos, y haber consumado su sempiterna ambición de convertirse en primer ministro para perder luego una guerra tan importante solo unas semanas después de haber ocupado el número 10 de Downing Street habría garantizado que su lugar en la historia fuese extremadamente humillante. Por otro lado, si conseguía continuar la guerra era posible que la situación mejorase más adelante, especialmente si se pudiera convencer a los estadounidenses de entrar en ella eventualmente apoyando el bando británico.

Dado que finalizar la guerra contra Alemania estaba en línea con los intereses de la nación pero no con los suyos propios, Churchill se esforzó enconadamente para que los sentimientos pacifistas no crecieran entre la población hasta llegar a un punto en el que pudieran triunfar sobre su programa belicista. Junto con la mayoría de los demás grandes países, Gran Bretaña y Alemania habían firmado convenciones internacionales prohibiendo el bombardeo aéreo de objetivos civiles urbanos, y aunque el líder británico había esperado en secreto que los alemanes atacasen ciudades británicas, Hitler cumplió escrupulosamente los tratados a los que se había comprometido. Desesperado, Churchill ordenó una serie de bombardeos masivos contra la capital alemana, que hicieron un daño considerable, y tras numerosas advertencias al gobierno británico, Hitler finalmente comenzó también a responder con ataques similares contra objetivos urbanos.

La población vio la terrible destrucción causada por estos bombardeos alemanes y nunca fue informada de que habían sido precedidos por ataques británicos, que eventualmente provocaron tal respuesta, de modo que el sentimiento popular se endureció enormemente contra la posibilidad de hacer las paces con un adversario tan aparentemente diabólico.

En sus memorias publicadas medio siglo después, el profesor Revilo P. Oliver, quien había tenido un papel importante en los servicios de inteligencia del ejército estadounidense, describió esta secuencia de acontecimientos en términos muy amargos:

Gran Bretaña, violando todos los códigos éticos de la guerra civilizada que habían sido hasta entonces respetados por nuestra raza, y violando también traicioneramente los pactos diplomáticos solemnemente adoptados respecto a las “ciudades abiertas”, había llevado a cabo en secreto intensos bombardeos sobre tales ciudades en Alemania con el objetivo expreso de matar suficientes hombres y mujeres desarmados e indefensos como para forzar a que el gobierno alemán, en contra de su política seguida hasta entonces, respondiese bombardeando ciudades británicas y matando también suficientes hombres, mujeres y niños británicos, igualmente desarmados e indefensos, de forma que se generase un entusiasmo entre la población a favor de la delirante guerra a la que su gobierno les había llevado.

Es imposible imaginar un acto de gobierno más vil y depravado que intercambiar la muerte y el sufrimiento de su propia población –de los propios ciudadanos a quienes se les pedía “lealtad”–, y yo sospecho que un acto de traición tan infame y salvaje habría repugnado incluso a Gengis Kan o Hulagu o Tamerlán, bárbaros asiáticos universalmente condenados por su carácter brutal y sanguinario. La historia, hasta donde yo recuerdo, no registra que estos caciques masacraran jamás a sus propias mujeres y niños para facilitar una propaganda mentirosa… En 1944, miembros de la inteligencia militar británica daban por hecho que después de la guerra el mariscal Sir Arthur Harris sería colgado o fusilado por alta traición contra el pueblo británico…

La despiadada violación por parte de Churchill de las leyes de la guerra respecto al bombardeo aéreo de ciudades llevó directamente a la destrucción de muchas de las ciudades más antiguas y bellas de Europa. Pero, tal vez influido por su estado de alcoholización crónica, más tarde se propuso cometer crímenes de guerra incluso más horribles, y solo le impidió hacerlo la vehemente oposición de todos sus subordinados militares y políticos.

Junto con las leyes prohibiendo el bombardeo de ciudades, todas las naciones habían acordado también prohibir el uso de gas venenoso, a la vez que acumulaban reservas del mismo en caso de tener que responder a un ataque de estas características. Dado que Alemania era el líder mundial en cuanto a desarrollo de la industria química, los nazis habían producido las formas más letales de gases nerviosos, como el tabún y el sarín, cuya utilización podría haberles reportado numerosas victorias tanto en el frente occidental como en el oriental, pero Hitler obedeció escrupulosamente los protocolos internacionales que su nación había firmado. Sin embargo, en las postrimerías de la guerra, en 1944, el constante bombardeo Aliado de ciudades alemanas había llevado, como represalia, a los devastadores ataques con bombas V-1 sobre Londres, y Churchill, enfurecido, se convenció de que había que atacar las ciudades alemanas con gas venenoso en respuesta a su vez a estos ataques. Si Churchill lo hubiera conseguido llevar a cabo, muchos millones de británicos habrían perecido poco después a causa de la previsible contraofensiva alemana con gases nerviosos. En torno a esas mismas fechas, Churchill también vio frustrado su plan de bombardear Alemania con cientos de miles de bombas de ántrax; una operación que habría dejado gran parte de Europa central y occidental inhabitable durante generaciones.

Todas estas revelaciones de Irving me resultaron absolutamente impactantes, y me sentí muy agradecido a Deborah Lipstadt y su ejército de diligentes investigadores por examinarlas tan cuidadosamente y confirmar, aparentemente, la veracidad de prácticamente todas ellas.

Los dos volúmenes de la obra maestra de Irving sobre Churchill suman en total más de 700.000 palabras, y leerlos consumiría sin duda semanas de esfuerzo y dedicación. Afortunadamente, Irving también es un excelente orador y varias de sus conferencias sobre el tema están disponibles en BitChute, después de haber sido recientemente purgadas de YouTube:

 

Hace poco me releí el libro de 2008 de Pat Buchanan donde condenaba duramente a Churchill por su papel en la catastrófica guerra, e hice un descubrimiento interesante. Irving se encuentra sin duda entre los biógrafos más autoritativos de Churchill, con su exhaustiva investigación documental siendo la fuente de muchos nuevos descubrimientos y su libro vendiendo millones de ejemplares. Sin embargo, el nombre de Irving no aparece ni una sola vez en el texto de Buchanan ni en su bibliografía, aunque podemos sospechar que mucho del material de Irving se ha “filtrado” a través de otras de las fuentes secundarias que sí cita Buchanan. El autor cita extensamente, por ejemplo, a A. J. P. Taylor, pero no hace mención de Barnes, Flynn o los otros prominentes académicos y periodistas estadounidenses que fueron purgados por expresar, en su momento, ideas bastante parecidas a las que él mismo expone.

Durante la década de 1990, Buchanan se contaba entre las figuras políticas más importantes de Estados Unidos, teniendo una enorme presencia tanto en la prensa escrita como en la televisión, y sus populares candidaturas a la presidencia por el Partido Republicano en 1992 y 1996 contribuyeron a afianzar su prestigio a nivel nacional. Pero sus numerosos adversarios ideológicos trataron continuamente de atacar su reputación, y para el año 2008 su presencia como tertuliano en el canal de televisión MSNBC era uno de sus últimos puestos de relevancia pública. Por ello, probablemente comprendió que publicar una historia revisionista de la Segunda Guerra Mundial podía poner en peligro su ya precaria posición, y calculó que cualquier tipo de asociación directa que pudiera hacerse entre él y figuras vilipendiadas y censuradas como Irving o Barnes le llevaría seguro a ser permanentemente declarado persona non grata en todos los medios actuales.

Una década antes, la historiografía de Buchanan me había dejado bastante impresionado, pero desde entonces había emprendido una gran cantidad de lecturas sobre ese periodo y la segunda vez que leí su libro me dejó algo decepcionado. Además de su tono a menudo ligero, retórico y poco académico, mis críticas más profundas no tenían que ver con las posiciones controvertidas que adoptó en su texto, sino con otros temas y preguntas también controvertidas que parecía haber evitado cuidadosamente.

De entre estas, la más obvia tal vez era la cuestión sobre los verdaderos orígenes de la guerra, que destruyó buena parte de Europa, mató tal vez a cincuenta o sesenta millones de personas y dio lugar a la consiguiente Guerra Fría en la que los regímenes comunistas controlaron la mitad de la masa continental euroasiática. Taylor, Irving y otros muchos han refutado la ridícula mitología que afirma que la causa de la guerra fue el loco deseo de Hitler de dominar el mundo, pero si el dictador alemán claramente había tenido solo una responsabilidad menor en todo ello, ¿había en efecto algún auténtico culpable? ¿O acaso esta guerra mundial, que tan gigantesca destrucción había causado, se había producido de manera similar a la anterior, cuyas causas son concebidas por nuestra historia convencional como una serie de errores, malentendidos y escaladas irreflexivas?

Durante la década de 1930, John T. Flynn era uno de los periodistas progresistas más influyentes en Estados Unidos, y aunque había comenzado como un fuerte defensor de Roosevelt y su New Deal, gradualmente se fue convirtiendo en un acerado crítico del mismo, concluyendo que los planes de Roosevelt no habían conseguido reavivar la economía del país. Después, en 1937, una nueva crisis económica hizo que el desempleo se elevase a los mismos niveles que tenía cuando el presidente había comenzado su mandato, lo que confirmó el severo veredicto de Flynn. Y como escribía yo el año pasado:

En efecto, Flynn afirma que a finales de 1937 Roosevelt se había decantado por una agresiva política exterior con el objetivo de involucrar a Estados Unidos en una guerra importante, principalmente porque creía que esta era la única forma posible de salir de las desesperadas circunstancias económicas y políticas del momento; una estratagema utilizada ya por bastantes dirigentes a lo largo de la historia. En su columna del 5 de enero de 1938 en The New Republic, alertaba a sus lectores más escépticos de la cada vez más cercana posibilidad de un importante rearme naval con vistas a entrar en guerra, después de que uno de los más altos consejeros de Roosevelt hubiera fanfarroneado en una conversación privada con él acerca de que se estaba siguiendo una política de “keynesianismo militar” y que una guerra importante podría aliviar los penosos problemas económicos del país. En aquel momento, una guerra con Japón (posiblemente sobre los intereses que ambos países tenían en América Latina) parecía ser el objetivo, pero el desarrollo de los acontecimientos en Europa pronto convenció a Roosevelt de que fomentar una guerra general contra Alemania era la mejor opción. Ciertos documentos históricos obtenidos por investigadores posteriores parecen apoyar generalmente la acusación de Flynn, indicando que Roosevelt ordenó a sus diplomáticos ejercer una enorme presión sobre los gobiernos de Gran Bretaña y Polonia para evitar cualquier negociación con Alemania, llevando así a la erupción de la guerra en 1939.

Esto último es especialmente importante, dado que las opiniones expresadas en privado por parte de aquellos que estuvieron en el centro de un acontecimiento histórico importante deberían ser tenidas por particularmente plausibles. En un artículo reciente firmado por John Wear, el autor recoge numerosos testimonios de personajes de la época que apuntan a que Roosevelt fue una figura central en la gestación del conflicto debido a su constante presión sobre los líderes británicos; una política que incluso él admitía en privado que podría llevar a su destitución como presidente en caso de descubrirse. Entre otros testimonios, podemos encontrar los de los embajadores de Polonia y Gran Bretaña en Washington, y el embajador estadounidense en Londres, quien recogía también las opiniones del primer ministro Chamberlain. En verdad, la publicación de ciertos documentos diplomáticos secretos de Polonia tras su captura alemana, en 1939, habían ya revelado gran parte de esta información, y William Henry Chamberlin confirmó su autenticidad en su libro de 1950. Pero dado que los medios de comunicación hegemónicos nunca trataron esta información, estos hechos son apenas conocidos incluso a día de hoy.

 

Roosevelt parece haber tenido un papel crucial a la hora de orquestar el estallido de la guerra, asistido a su vez por Churchill y su círculo en Gran Bretaña. Pero durante 1939, las crecientes tensiones sobre Danzig proporcionaron a Stalin una tremenda oportunidad estratégica. Tras firmar un pacto con Hitler ambos países invadieron conjuntamente Polonia, pero a pesar de que los soviéticos se quedaron con la mitad del territorio, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra solamente a Alemania. Y mientras Stalin esperaba a que las demás potencias europeas se desgastasen luchando entre ellas, comenzó un rearme militar ofensivo de una escala sin precedentes, logrando tener en seguida más y mejores tanques que los del resto del mundo combinados.

Como escribí este mismo año:

Estas importantes consideraciones se vuelven particularmente relevantes cuando tratamos de entender las circunstancias de la Operación Barbarroja, el ataque de Alemania en 1941 sobre la Unión Soviética, que fue el gran punto de inflexión en el decurso de la guerra. Tanto en aquel momento como durante el siguiente medio siglo, los historiadores occidentales han afirmado uniformemente que el ataque sorpresa había pillado desprevenido a Stalin, que estaba demasiado confiado, y que el motivo del ataque fue el deseo de Hitler de crear el gran imperio continental alemán al que había aludido en las páginas de Mein Kampf, publicado dieciséis años antes.

Pero en 1990 un antiguo oficial de la inteligencia militar soviética, que había desertado a Occidente y estaba viviendo en Gran Bretaña, le dio un completo vuelco a estas ideas. Bajo el seudónimo de Víktor Suvórov había publicado ya varios libros importantes sobre las fuerzas armadas de la URSS, pero en su libro Icebreaker (traducido al castellano como El rompehielos: ¿Quién empezó la Segunda Guerra Mundial? –N. del T.) afirmaba que sus extensas investigaciones pasadas en los archivos soviéticos habían revelado que para 1941 Stalin había amasado una enorme fuerza militar ofensiva, posicionándola a lo largo de la frontera en preparación para el ataque, con vistas a vencer fácilmente a las fuerzas de la Wehrmacht, que a pesar de haber estado conquistando velozmente toda Europa allí se verían superadas en número y en equipamiento.

Más tarde, casi en el último momento, Hitler se dio cuenta súbitamente de la trampa en la que había caído, y ordenó a sus tropas que intentaran un desesperado ataque sorpresa por su cuenta contra los soviéticos, que estaban todavía organizándose según dicho plan, lo que por fortuna les pilló en el punto en el que sus propias preparaciones finales para lanzarse a la ofensiva les había dejado más vulnerables, y rescató así una gran victoria inicial de las fauces de una derrota asegurada. Ingentes cantidades de munición y armas soviéticas habían sido enviadas cerca de la frontera para proveer al ejército durante la planeada invasión de Alemania, y todo ello cayó en manos alemanas, suplementando así su terriblemente inadecuado arsenal.

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Aunque ignorada casi por completo en el mundo anglófono, esta obra seminal de Suvórov pronto se volvió un superventas sin precedentes en Rusia, Alemania y muchas otras partes del mundo, y junto con varios volúmenes que le siguieron, sus cinco millones de ejemplares impresos le establecieron como uno de los historiadores militares más leídos de toda la historia mundial. Mientras tanto, los medios y comunidades académicas del mundo anglófono se mantuvieron totalmente al margen del debate que estaba teniendo lugar en el resto del mundo, hasta el punto de que ninguna editorial estaba dispuesta a producir una versión en inglés de los libros de Suvórov hasta que un editor de la prestigiosa Naval Academy Press finalmente rompió el bloqueo casi dos décadas después.

 

Aunque el foco de esta disertación se ha centrado hasta ahora en la guerra en Europa, las circunstancias del conflicto en el Pacífico también parecen diferir mucho de las que cuenta nuestra historia oficial. Japón había estado luchando contra China desde 1937, pero esto apenas es considerado por nadie como el comienzo de la guerra mundial. En cambio, el ataque de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 se considera normalmente el punto en el que la guerra se volvió global.

Desde 1940 en adelante, Roosevelt había hecho grandes esfuerzos políticos por involucrar directamente a Estados Unidos en la guerra contra Alemania, pero tenía a la opinión pública abrumadoramente contra él, con encuestas que mostraban que hasta el 80% de la población se oponía a la guerra. Todo esto cambió inmediatamente una vez que las bombas japonesas cayeron sobre Hawái, y súbitamente el país se encontró en guerra.

En vista de estos hechos, surgieron sospechas razonables de que Roosevelt había provocado deliberadamente el ataque mediante su decisión ejecutiva de congelar los activos japoneses, confiscar todo el petróleo traído desde Japón por vía marítima y rechazar las repetidas peticiones de Tokio para entablar una negociación. En el libro de 1953 editado por Barnes, el notable historiador diplomático Charles Tansill resume su sólido argumento de que Roosevelt pretendía utilizar un ataque japonés como “puerta trasera” para asegurarse de entrar en la guerra contra Alemania: un argumento que ya había presentado el año anterior en un libro con ese mismo nombre (“Back Door to War”, algo así como “La puerta trasera hacia la guerra” –N. del T.). A lo largo de los años, la información contenida en diarios privados y documentos gubernamentales parece haber afianzado casi concluyentemente esta interpretación, con el Secretario de Guerra Henry Stimson indicando que el plan era “manipular [a Japón] para que disparasen ellos la primera bala”. En sus memorias, el profesor Oliver se basó en el conocimiento íntimo del asunto que había adquirido durante su labor en los servicios de inteligencia del ejército durante la guerra para afirmar que Roosevelt había engañado conscientemente a los japoneses para que pensaran que había planeado un ataque sorpresa contra sus fuerzas, persuadiéndolos así de lanzar ellos un ataque preventivo antes de que se produjera.

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Para 1941 Estados Unidos había roto todas las normas diplomáticas con los japoneses y estaba leyendo libremente sus comunicaciones secretas. Así pues, también ha existido la creencia ampliamente compartida, aunque también disputada, de que el presidente estaba informado de antemano del ataque japonés sobre nuestra flota y deliberadamente evitó informar a los oficiales pertinentes, asegurándose así de que el gran número de pérdidas estadounidenses condujese a un sentimiento de venganza en toda la nación, uniéndola en favor de la guerra. Tansill y un antiguo investigador jefe del comité de investigación del Congreso presentaron este argumento en el mismo libro de Barnes de 1953, y el año siguiente un ex-almirante de la Marina publicó The Final Secret of Pearl Harbor (“El secreto final de Pearl Harbor”), ofreciendo en gran detalle un relato parecido. Este libro también incluía una introducción por uno de los más altos comandantes de la Marina estadunidense durante la Segunda Guerra Mundial, quien apoyaba por completo tan controvertida teoría.

En el año 2000, el periodista Robert M. Stinnett publicó una abundancia de pruebas adicionales, basadas en sus ocho años de investigación archivística, que fue revisada en un reciente artículo. Una interesante reflexión que aporta Stinnett es que si Washington hubiera alertado a los comandantes de Pearl Harbor, sus preparaciones defensivas consiguientes habrían alertado a los espías japoneses locales, que habrían informado a sus superiores, y sin contar ya con el factor sorpresa el ataque probablemente nunca se habría producido, frustrando así todo el extenso plan de Roosevelt para entrar en la guerra. Aunque pueden discutirse varios detalles, las pruebas a favor de la teoría de que Roosevelt sabía del ataque con antelación me parecen bastante convincentes.

 

Los problemas económicos que acuciaban a la administración Roosevelt le habían llevado a buscar una guerra en el extranjero, pero probablemente fue la poderosa hostilidad de los grupos judíos contra la Alemania nazi lo que le guio en esa dirección particular. El documento confidencial del embajador polaco en Estados Unidos citado por John Wear nos proporciona una impactante descripción de la situación política en el país a principios de 1939:

Prevalece hoy en Estados Unidos un sentimiento de odio creciente contra el fascismo, y sobre todo contra el canciller Hitler y todo lo relacionado con el nacionalsocialismo. La propaganda está mayormente en manos de judíos, que controlan casi el 100% de la radio, el cine y la prensa. Aunque esta propaganda es extremadamente burda y presenta a Alemania bajo la luz más negra posible –en especial se citan los campos de concentración y la persecución religiosa– es, no obstante, extremadamente efectiva, dado que el público estadounidense es completamente ignorante y no sabe nada de la situación en Europa.

En el momento presente, la mayoría de estadounidenses consideran al canciller Hitler y al nacionalsocialismo como el mayor mal y la más grave amenaza en el mundo. Esta situación ofrece una excelente plataforma para oradores públicos de todas clases, y para inmigrantes de Alemania y Checoslovaquia que de forma grandilocuente y con grandes calumnias incitan al público. Aclaman la libertad estadounidense, que contrastan con los estados totalitarios.

Es interesante notar que en esta campaña, extremadamente bien planeada y dirigida sobre todo contra el nacionalsocialismo, la Rusia soviética se encuentra casi completamente ausente. Si se la menciona, se hace de manera amistosa y se presentan los hechos de tal modo que parecería que la Unión Soviética estuviera cooperando con el bloque de estados democráticos. Gracias a esta inteligente propaganda, las simpatías del público estadounidense se encuentran por completo del lado del bando republicano en España.

Dada la fuerte influencia judía en la financiación de Chuchill y sus aliados, y en llevar al gobierno y al público estadounidense hacia la guerra contra Alemania, los grupos organizados judíos probablemente tuvieron una responsabilidad central en provocar la guerra, y esto era sin duda reconocido por los individuos más sagaces de la época. Por ejemplo, los diarios de Forrestal (en inglés, The Forrestal Diaries) dejan constancia de una declaración muy reveladora de nuestro embajador en Londres: “Chamberlain, según él, dijo que Estados Unidos y los judíos habían forzado a Inglaterra a declarar la guerra”.

La constante batalla entre Hitler y los judíos a nivel internacional había recibido considerable atención por parte del público durante años. Durante su ascenso político, Hitler apenas había ocultado su intención de expulsar a la pequeña minoría judía de los puestos de poder que habían llegado a ocupar en las finanzas y los medios alemanes, y en cambio dirigir el país acorde a los intereses del 99% de la población, la mayoría alemana: unas propuestas que provocaron la amarga hostilidad de grupos judíos en todo el mundo. De hecho, inmediatamente después de entrar en el gobierno, un gran periódico londinense sacó un memorable titular en 1933 anunciando que los judíos del mundo habían declarado la guerra contra Alemania, y estaban organizando un boicot a nivel internacional para someter económicamente a los alemanes.

En años más recientes, grupos judíos con intereses similares han llevado a cabo intentos de implementar sanciones económicas contra aquellas naciones que se han negado a convertirse en una parte regular del orden político global. Pero estos días la dominación judía del sistema político estadounidense se ha vuelto tan ubicua que en lugar de boicots privados, tales acciones son llevas a cabo directamente por el gobierno. Hasta cierto punto, esto había sucedido ya con Irak durante la década de 1990, pero se volvió mucho más común con la llegada del nuevo siglo.

Aunque las investigaciones oficiales por parte del gobierno concluyeron que el coste económico total de los ataques terroristas del 11 de septiembre había sido una suma absolutamente trivial, la administración Bush, dominada por los neocons, usó esto como excusa para crear un nuevo e importante puesto en el Departamento del Tesoro (“Treasury Department”): el Vicesecretario de Terrorismo e Inteligencia Financiera (“Under Secretary for Terrorism and Financial Intelligence”). Esta nueva institución pronto empezó a utilizar el control estadounidense sobre el sistema bancario mundial y a aprovechar el dominio del dólar en el comercio internacional para imponer sanciones financieras y hacer la guerra económica, normalmente contra individuos, organizaciones y países considerados hostiles frente a Israel, en particular Irán, Hezbolá y Siria.

Tal vez por pura casualidad, aunque los judíos componen solamente el 2% de la población total de Estados Unidos, resulta que las cuatro personas que han ocupado tan poderoso puesto desde su creación hace 15 años –Stuart A. Levey, David S. Cohen, Adam Szubin y Sigal Mandelker– han sido todas ellas de origen judío, con el último de ellos teniendo también la nacionalidad israelí. Levey, el primer Vicesecretario, comenzó a trabajar con el presidente Bush y continuó en sus funciones ininterrumpidamente bajo el gobierno del presidente Obama, demostrando así que la naturaleza de tales actividades es totalmente transversal a los dos grandes partidos políticos.

La mayoría de los expertos en política exterior ciertamente están al tanto de que grupos y activistas judíos tuvieron un papel central a la hora de conducir a nuestro país hacia la desastrosa guerra de Irak en 2003, y también de que muchos de estos mismos grupos e individuos han pasado la última década o más esforzándose por provocar un ataque similar de Estados Unidos contra Irán, aunque todavía sin éxito. Este patrón recuerda bastante al de la situación política en Estados Unidos y Gran Bretaña a finales de la década de 1930.

Todo aquel que se sintiese indignado por las mentiras de los medios respecto a la guerra de Irak pero que a su vez haya aceptado siempre, sin darle muchas vueltas, el relato convencional respecto a la Segunda Guerra Mundial, debería plantearse un experimento mental que yo propuse el año pasado:

Cuando tratamos de comprender el pasado, debemos evitar basarnos en una selección de fuentes demasiado sesgada, especialmente si uno de los bandos ha resultado ser políticamente victorioso al final y ha dominado completamente la producción posterior de libros y otros medios culturales. Antes de la existencia de internet esta tarea era particularmente difícil, a menudo requiriendo llevar a cabo largas y trabajosas pesquisas, por ejemplo teniendo que revisar enormes volúmenes de periódicos en las hemerotecas. Pero sin tal diligencia uno podía caer en errores muy graves.

La guerra de Irak y sus consecuencias han sido sin duda uno de los acontecimientos centrales de la historia de Estados Unidos durante la década de 2000. Sin embargo, supongamos que algunos lectores en un futuro lejano solo tuvieran los archivos colectivos del Weekly Standard, la National Review, los artículos de opinión del Wall Street Journal y las transcripciones de programas de FoxNews para hacerse una idea de la historia de aquel periodo, tal vez junto con algunos libros escritos por colaboradores de todos estos medios. No me cabe duda de que tan solo una pequeña fracción de lo que leyesen podría clasificarse como mentiras descaradas. Pero su tratamiento de los hechos, tremendamente sesgado, así como las distorsiones, exageraciones y flagrantes omisiones, sin duda les ofrecerían a esos hipotéticos lectores futuros una visión extremadamente alejada de la realidad sobre lo que en verdad ocurrió en aquel importante periodo.

Otro impactante paralelismo histórico ha sido la vehemente demonización del presidente ruso Vladimir Putin, quien provocó gran hostilidad entre ciertos sectores judíos internacionales cuando expulsó del poder al puñado de oligarcas judíos que habían tomado el control de la sociedad rusa bajo el mandato del alcoholizado presidente Boris Yeltsin, empobreciendo totalmente al grueso de la población. Este conflicto se intensificó después de que el financiero judío William F. Browder consiguiese que el Congreso aprobara la denominada “Ley Magnitsky” para castigar a los líderes políticos rusos por las acciones legales que habían emprendido contra su poderoso imperio financiero. Los neocons más críticos con Putin lo han condenado a menudo como “un nuevo Hitler”, mientras que algunos observadores neutrales están de acuerdo en que ningún otro líder extranjero desde el canciller alemán en los años 30 ha sido tan fieramente demonizado por los medios estadounidenses. De hecho, viéndolo desde otro ángulo, puede que sí haya una cierta similitud entre Putin y Hitler, pero no en el sentido que se sugiere normalmente.

Ciertas personas con conocimiento de lo que pasa en el mundo ciertamente saben del papel crucial que los lobbies judíos han jugado en nuestras ofensivas financieras o militares contra Irak, Irán, Siria y Rusia, pero siempre ha sido excepcionalmente raro que cualquier personaje público prominente o periodista de prestigio mencione estos hechos, a riesgo de ser condenado y vilipendiado por estos vehementes activistas judíos y los medios de comunicación que dominan. Por ejemplo, hace un par de años un sencillo pero sugestivo tuit publicado por la famosa ex-oficial de la CIA Valerie Plame provocó una oleada de críticas tan feroces que se vio forzada a dimitir de su puesto en una prominente organización sin ánimo de lucro. Un caso muy semejante, pero esta vez afectando a una persona mucho más famosa, ya había ocurrido tres generaciones atrás:

Estos hechos, ahora firmemente afianzados tras décadas de investigaciones académicas, permiten contextualizar el tan controvertido discurso pronunciado por Lindbergh durante el acto de America First en septiembre de 1941. En aquel evento, acusó a tres grupos en particular de “presionar al país para entrar en la guerra”: los británicos, los judíos y la administración Roosevelt. Con ello desató una furiosa tormenta de ataques y condenas por parte de los medios, incluyendo constantes acusaciones de antisemitismo y de tener simpatías nazis. Dada la realidad de la situación política, las declaraciones de Lindbergh constituían un ejemplo perfecto de la famosa frase de Michael Kinsley, que decía que “lo peor que le puede pasar a un político es decir la verdad: alguna verdad evidente pero que se supone que nunca debería decirse”. En consecuencia, la otrora heroica reputación de Lindbergh sufrió un daño enorme y permanente, con la campaña de demonización en su contra continuando durante las siguientes tres décadas que duró su vida e incluso más allá. Aunque no fue enteramente expulsado de la vida pública, su posición nunca llegó a ser ni remotamente parecida.

 

Teniendo en cuenta los anteriores casos, no debería sorprendernos que, durante décadas, esta influencia de los lobbies judíos de cara a orquestar la Segunda Guerra Mundial se haya omitido cuidadosamente de prácticamente toda historiografía posterior, incluso aquellas que criticaban agudamente la mitología de la versión oficial de los hechos. El índice de aquel iconoclasta libro de 1961 de Taylor no contiene mención alguna a los judíos, y lo mismo ocurre con los volúmenes de Chamberlin y Grenfell. En 1953, Harry Elmer Barnes, el padrino de los revisionistas históricos, editó su gran trabajo dedicado a demoler las falsedades en torno a la Segunda Guerra Mundial, y de nuevo era notoria la ausencia de prácticamente cualquier discusión sobre el papel de los judíos en el asunto, citando tan solo una frase –en parte– y un corto fragmento de Chamberlin al respecto, en un texto de más de 200.000 palabras. Tanto Barnes como muchos de sus colaboradores habían ya sido purgados de la vida pública y sus libros solo se publicaban en una minúscula editorial de Idaho, pero aun así evitaron hablar de ciertos temas tabú.

Incluso el archirrevisionista David Hoggan parece haber pasado cuidadosamente por encima del tema de las influencias judías. Su índice, de treinta páginas de extensión, no tiene ninguna entrada sobre los judíos, y sus 700 páginas de texto contienen solo algunas referencias desperdigadas. De hecho, a pesar de citar las explícitas declaraciones privadas tanto del embajador polaco como del primer ministro británico donde enfatizan el enorme papel de los judíos en la promoción de la guerra, el propio Hoggan –de forma bastante cuestionable– afirma que estas declaraciones, emitidas en privado por personajes que estaban en una posición privilegiada para conocer los hechos desde dentro, deberían ser sencillamente desestimadas.

En la famosa saga literaria de Harry Potter, Lord Voldemort, la gran némesis de los jóvenes magos, es a menudo referido mediante el epíteto “Aquel que no debe ser nombrado”, dado que la mera pronunciación de su nombre podría maldecir al hablante. Los judíos han disfrutado durante mucho tiempo de un enorme poder e influencia sobre los medios de comunicación y la vida política, mientras fanáticos activistas projudíos con la piel extraordinariamente fina denuncian y vilipendian a la mínima a todo aquel sospechoso de no simpatizar lo suficiente con su grupo étnico. La combinación de estos dos factores ha creado, así, un “efecto Lord Voldemort” respecto a las actividades de los judíos como grupo, especialmente entre periodistas, académicos y personajes públicos. Una vez que reconocemos esta realidad deberíamos volvernos muy cautelosos al analizar cualquier episodio histórico controvertido que pudiera tener una dimensión judía, y también tener especial cuidado con los argumentos ad hominem usados para silenciar a ciertas personas contrarias a sus intereses.

Era muy raro que algún escritor estuviese dispuesto a romper con este temible tabú judío respecto a la Segunda Guerra Mundial, pero se me viene a la cabeza una notable excepción. Tal como escribí recientemente:

Hace algunos años me topé con un libro de 1951, completamente desconocido, llamado The Iron Curtain Over America (“El telón de acero sobre Estados Unidos”) escrito por John Beaty, un profesor universitario de cierta reputación. Beaty había pasado la guerra en los servicios de inteligencia del ejército, con la tarea de preparar los informes diarios que se distribuían a todos los oficiales estadounidenses resumiendo la información recabada durante las últimas 24 horas, la cual era una posición de considerable responsabilidad.

Siendo un ferviente anticomunista, consideraba que la mayor parte de la población judía en Estados Unidos estaba implicada en actividades subversivas y por tanto constituían una seria amenaza a las libertades tradicionales del país. En particular, la creciente influencia judía sobre la industria editorial y los medios de comunicación estaba volviendo cada vez más difícil que las voces discordantes llegaran a oídos del público, siendo este régimen de censura el “telón de acero” mencionado en el título de su libro. Culpaba a los intereses judíos por la innecesaria guerra contra la Alemania de Hitler, que había buscado durante mucho tiempo tener buenas relaciones con Estados Unidos, pero que en cambio había sido totalmente destruida por oponerse a la amenaza comunista –respaldada por grupos judíos– en Europa.

Ya entonces, como ahora, un libro defendiendo una posición tan controvertida no tenía muchas posibilidades de encontrar una editorial de renombre en Nueva York, pero pronto fue publicado por una pequeña firma de Dallas, y desde entonces se volvió increíblemente exitoso, viendo diecisiete sucesivas reimpresiones en pocos años. Según Scott McConnell, el fundador de The American Conservative, el libro de Beaty se volvió el segundo texto más popular en los círculos conservadores durante la década de 1950, solo superado por el icónico clásico de Russel Kirk, The Conservative Mind.

Los libros escritos por autores desconocidos y publicados por editoriales minúsculas no suelen vender muchos ejemplares, pero la obra de Beaty llegó a manos de George E. Stratemeyer, un general retirado que había sido uno de los comandantes de Douglas MacArthur, quien escribió una carta de recomendación para el autor. Beaty comenzó incluyendo dicha carta en su material promocional, provocando así la ira de la ADL (Anti-Defamation League, un grupo de presión dedicado en especial a combatir el antisemitismo y otras formas de “discurso de odio” en la sociedad estadounidense –N. del T.), cuyo director nacional contactó a Stratemeyer exigiéndole que condenase el libro, que había sido descrito como “un manual para grupos de lunáticos extremistas por todo el país”. En su lugar, Stratemeyer le devolvió a la ADL una respuesta mordaz, acusándola de hacer “amenazas veladas” contra “la libertad de expresión y pensamiento” y tratar de establecer un clima de represión al estilo soviético en Estados Unidos. Declaró que todo “ciudadano leal” debería leer The Iron Curtain Over America, cuyas páginas revelaban finalmente la verdad sobre nuestra situación nacional, y empezó a promover activamente el libro por todo el país mientras atacaba los intentos de grupos projudíos por silenciarlo. Otros muchos generales y almirantes del más alto rango se unieron poco después a Stratemeyer en su promoción del libro, así como un par de influyentes miembros del Senado estadounidense, lo que hizo que fuese muy vendido a nivel nacional.

En contraste con prácticamente todo el resto de la historiografía sobre la Segunda Guerra Mundial –tanto ortodoxa como revisionista–, como se mencionaba más arriba, el índice del libro de Beaty está absolutamente colmado de referencias a los judíos y sus actividades, conteniendo docenas de entradas separadas y siendo uno de los temas más tratados a lo largo de su relativamente corto volumen. Por ello, sospecho que cualquier lector casual que hoy en día se topase con el libro de Beaty probablemente desestimaría al autor como un loco obsesionado con los judíos; sin embargo, creo que el tratamiento que hace Beaty del asunto es probablemente el más honesto y realista. Tal como apunté el año pasado sobre un tema similar:

(…) Una vez que los registros históricos han sido lo suficientemente manipulados o reescritos, cualquier vestigio de la realidad original que sobreviva será percibido a menudo como un delirio extraño, o acusado de ser una “teoría conspiratoria”.

El papel de Beaty durante la guerra en el centro neurálgico de la inteligencia estadounidense ciertamente le dio una perspectiva preclara sobre el patrón de los acontecimientos, y las aclamaciones de su libro por parte de muchos de nuestros oficiales militares de más alto rango apoyan esa conclusión. Más recientemente, una década de investigación archivística por parte del profesor Joseph Bendersky, un notable historiador, reveló que las intuiciones de Beaty eran compartidas en privado por muchos de nuestros profesionales de los servicios de inteligencia militar y los más importantes generales de la época, siendo prácticamente un lugar común en aquellos círculos.

 

A finales de los años 60, los historiadores volvieron a centrarse de nuevo en el papel central de los judíos en la guerra mundial. Ciertamente, durante las últimas décadas el amargo conflicto entre la Alemania nazi y los judíos de todo el mundo se ha convertido en un tema tan presente en nuestros medios y nuestra cultura popular que este aspecto de la Segunda Guerra Mundial tal vez sea el único que muchos jóvenes estadounidenses conozcan hoy. Pero la verdadera historia es mucho más compleja que esa simple caricatura de que Hitler era malo y odiaba a los judíos porque eran buenos.

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Entre otras cosas, existe la realidad histórica de la importante alianza económica nazi-sionista durante los años 30, que tuvo un papel crucial a la hora de establecer el estado de Israel. Aunque estos hechos están exhaustivamente documentados e incluso recibieron cierta atención mediática en la década de los 80, notablemente por el venerable Times of London, en décadas más recientes la historia ha sido tan masivamente suprimida de los medios que hace un par de años un prominente político izquierdista fue expulsado del Partido Laborista británico simplemente por hacer alusión a tal episodio histórico. David Irving también reveló el fascinante dato de que los dos mayores donantes alemanes al partido nazi durante su ascenso al poder fueron ambos banqueros judíos, siendo uno de ellos además el más prominente líder sionista en el país, aunque los motivos que les llevaron a ello no están totalmente claros.

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Otro hecho histórico olvidado es que unos 150.000 judíos mestizos (con un progenitor o un abuelo judío) sirvieron lealmente en los ejércitos de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, mayormente como oficiales de combate, y entre ellos se contaban al menos 15 generales y almirantes mitad judíos (con un progenitor judío) y otra docena de ellos con una cuarta parte judía (un abuelo judío). El ejemplo más notable fue el mariscal de campo Erhard Milch, el poderoso lugarteniente de Hermann Goering, quien tuvo un papel fundamental en la creación de la Luftwaffe. El padre de Milch era judío y, según ciertas fuentes mucho menos verosímiles, tal vez también lo era su madre, a la vez que su hermana estaba casada con un general de las SS.

Entretanto, aunque nuestros medios de comunicación fuertemente dominados por los intereses judíos presenten normalmente a Hitler como el hombre más malvado que jamás ha existido, muchas importantes figuras coetáneas a él parecen haber tenido opiniones muy diferentes. Como escribí recientemente:

Al haber resucitado una Alemania próspera mientras todos los demás países seguían enfangados en la Gran Depresión, Hitler recibió fulgurantes elogios de figuras a lo largo de todo el espectro ideológico. Después de una extensa visita en 1936, David Lloyd George, el anterior primer ministro británico durante la Gran Guerra, alabó apasionadamente al canciller alemán, incluso llamándolo “el George Washington de Alemania”, un héroe nacional de la mayor talla. A lo largo de los años, he visto aquí y allá afirmaciones plausibles de que durante la década de 1930 Hitler era ampliamente reconocido como el líder nacional más popular y exitoso del mundo, y el hecho de que fuese elegido “Hombre del año” por la revista Time Magazine en 1938 tiende a apoyar dicha creencia.

Este mismo año me encontré con un ejemplo paradigmático de este olvido histórico cuando decidí leer The Prize (traducido al castellano como “La historia del petróleo” –N. del T.), el magistral libro de Daniel Yergin de 1991, ganador de un premio Pulitzer, sobre la industria del petróleo mundial. Allí encontré algunos párrafos sorprendentes escondidos entre las 900 densas páginas de la obra. Yergin explicaba que a mediados de la década de 1930 el exitoso director de Royal Dutch Shell, quien había pasado décadas en las cimas más altas del mundo empresarial británico, quedó fascinado por la figura de Hitler y su gobierno nazi. Él creía que una alianza angloalemana era la mejor manera de mantener la paz en Europa y proteger el continente de la amenaza soviética, e incluso se fue a vivir a Alemania una vez jubilado, en concordancia con sus nuevas simpatías.

Dado que la historia real de la época ha sido tan exhaustivamente reemplazada por una propaganda extrema, los investigadores académicos que examinan de cerca asuntos muy específicos se encuentran a veces con curiosas anomalías. Por ejemplo, una búsqueda rápida en Google me llevó a un interesante artículo escrito por una prominente biógrafa de la famosa escritora modernista judía Gertrude Stein, quien parecía totalmente incapaz de comprender cómo su icono feminista parecía haber sido una gran admiradora de Hitler y una entusiasta promotora del gobierno de Vichy en Francia. La autora también apunta que Stein no era para nada la única que tenía tales convicciones, siendo compartidas por muchos de los principales escritores y filósofos de aquella época.

También está el interesantísimo caso –aunque mucho menos documentado– de Lawrence de Arabia, uno de los mayores héroes militares británicos durante la Primera Guerra Mundial, que también pareció oscilar hacia la misma línea ideológica poco antes de su muerte en 1935 en un posiblemente sospechoso accidente de motocicleta. Existe un artículo sobre la presunta evolución de sus ideas políticas que parece ser extremadamente detallado y quizás digno de investigarse, aunque el original ha desaparecido de internet, salvo por una copia todavía disponible en Archive.org.

Hace un par de años se vendió también el diario de John F. Kennedy escrito en 1945 durante su viaje a Europa tras la guerra, cuando contaba con 28 años, y los contenidos revelaron su fascinación con Hitler. El joven JFK predijo que “Hitler emergerá del odio que le rodea hoy como una de las figuras históricas más importantes que jamás hayan existido”, y decía que “poseía ese extraño elemento con el que se forman las leyendas”. Estas ideas son particularmente notorias por haber sido expresadas justo después de la brutal guerra contra Alemania y a pesar de la ingente cantidad de propaganda hostil que la acompañó.

El entusiasmo político de intelectuales, literatos, jóvenes escritores o incluso viejos hombres de negocios no es la mejor fuente con la que evaluar un régimen particular. Pero este mismo año me refería también a un relato bastante exhaustivo de los orígenes y políticas de la Alemania nacionalsocialista producido por uno de los más importantes historiadores británicos:

Hace no mucho, me topé con un libro muy interesante escrito por Sir Arthur Bryant, un influyente historiador cuya página de Wikipedia le describe como el favorito de Winston Churchill y otros dos primeros ministros británicos. Había trabajado en su obra Unfinished Victory (“Victoria inacabada”) durante los últimos años de la década de 1930, que después modificó para acabar publicándola a principios de los años 40, unos pocos meses después de que el estallido de la Segunda Guerra Mundial hubiese alterado considerablemente el panorama político. Pero, no mucho tiempo después, la guerra se volvió mucho más amarga y hubo una dura represión contra las voces discordantes en la sociedad británica, de modo que Bryant se sintió alarmado por que su libro se pudiese usar en su contra e intentó sacar de circulación los ejemplares que quedaban. Debido a esto, hoy los únicos ejemplares que quedan a la venta en Amazon tienen precios exorbitantes, aunque afortunadamente su obra también se encuentra disponible, gratis, en Archive.org.

Habiéndola escrito antes de que la “versión oficial” de los hechos hubiera sido ya rígidamente establecida, Bryant describe la difícil situación interna de Alemania entre las dos guerras mundiales, su problemática relación con la pequeña minoría judía que formaba parte de su población y las circunstancias tras el ascenso de Hitler al poder, proporcionando una perspectiva sobre todos estos importantes acontecimientos que resulta muy diferente de la que se puede encontrar normalmente en nuestros libros de texto.

Entre otros sorprendentes hechos, Bryant apunta que aunque los judíos conformaban solo el 1% de la población total, aparentemente incluso cinco años después de que Hitler tomase el poder e implementase varias medidas antisemitas todavía eran dueños de “algo así como un tercio de todos los bienes inmuebles” en Alemania, habiendo adquirido la mayor parte de esta increíble riqueza de manos de alemanes desesperados y hambrientos durante los terribles años a comienzos de la década de 1920. Así pues, buena parte de ese 99% de la población no judía en Alemania había sido recientemente desposeída de sus bienes adquiridos a lo largo de generaciones…

Bryant también menciona cándidamente la enorme presencia judía a la cabeza de los movimientos comunistas que habían tomado el poder temporalmente tras la Primera Guerra Mundial, tanto en buena parte de Alemania como en la cercana Hungría. Esto era ominosamente semejante a la abrumadora mayoría de judíos entre los bolcheviques que habían tomado el control de Rusia y después aniquilado o expulsado del país a las élites tradicionales, integradas por rusos autóctonos y también alemanes, y que eran por ello una gran fuente de temor para los nazis.

Al contrario que muchos de los historiadores mencionados más arriba, después de cambiar el clima político Bryant trabajó asiduamente por eliminar de la esfera pública sus escritos, en los que defendía ideas que de pronto estaban tremendamente mal vistas en su sociedad. A consecuencia de ello disfrutó de una carrera profesional larga y exitosa, colmado por los elogios de un agradecido establishment británico. Recientemente he incorporado su libro a mi archivo de libros en formato HTML, de modo que quien esté interesado puede leerlo y decidir por sí mismo.

 

A día de hoy, para la mayoría de los estadounidenses la imagen asociada con Hitler y su régimen es la horrorosa magnitud de los crímenes de guerra que supuestamente cometieron durante aquel conflicto que, también supuestamente, ellos mismos desencadenaron. Pero en una de sus charlas, Irving observa agudamente que la escala relativa de tales crímenes de guerra y especialmente el corpus de pruebas documentales que hay detrás podrían no apuntar necesariamente a Alemania como la gran culpable.

Aunque Hollywood y aquellos bajo su hechizo han citado constantemente las conclusiones de los tribunales de Núremberg como la última palabra respecto a la barbarie nazi, un ligero análisis de dicho proceso judicial es suficiente para levantar cierto escepticismo. Con el tiempo, los historiadores gradualmente han ido reconociendo que algunas de las pruebas más morbosas e impactantes empleadas para garantizar la universal condena de los acusados a ojos del mundo –como las lámparas hechas de piel humana, las pastillas de jabón hechas con cenizas de cuerpos cremados o las cabezas reducidas– eran enteramente fraudulentas. Los soviéticos estaban determinados a perseguir a los nazis por la masacre de Katyn contra los oficiales polacos capturados, a pesar de que los Aliados estaban convencidos de que el responsable de tal matanza había sido el propio Stalin: una creencia fue eventualmente confirmada cuando Gorbachov abrió los viejos archivos soviéticos. Si los alemanes habían hecho tantas cosas horribles, uno se pregunta por qué la acusación en Núremberg se molestaría en incluir datos falsos y manipulados.

Y a lo largo de las décadas, se han ido acumulando considerables evidencias de que las cámaras de gas y el Holocausto judío –los elementos centrales de la “leyenda negra” nazi– eran tan ficticios como esos otros elementos de la acusación. Los alemanes llevaban meticulosos registros de todo, abrazando la pulcritud burocrática como ningún otro pueblo, y casi todos sus archivos fueron capturados al final de la guerra. En estas circunstancias, parece bastante raro que no haya prácticamente indicios de los planes u órdenes de llevar a cabo los monstruosos crímenes que sus líderes supuestamente mandaron cometer a escala masiva e industrial. En cambio, toda la evidencia parece consistir en un pequeño número de documentos dudosos, discutibles interpretaciones de ciertas frases y varias confesiones de oficiales alemanes, a menudo obtenidas por medio de brutales torturas.

Dado su papel crucial en la inteligencia militar, Beaty fue particularmente duro en su denuncia de este proceso judicial, y los numerosos generales estadounidenses que apoyaron su libro añaden considerable peso a su veredicto:

Beaty repudiaba los Juicios de Núremberg, que describió como “una gran mancha indeleble” sobre Estados Unidos y “una perversión de la justicia”. Según él, los procesos estuvieron dominados por vengativos judíos alemanes, muchos de los cuales falsificaron su testimonio o incluso tenían antecedentes penales. Como resultado, este “ponzoñoso fiasco” sencillamente enseñó a los alemanes que “nuestro gobierno no tenía ningún sentido de la justicia”. El senador Robert Taft, el líder republicano de la época inmediatamente posterior a la guerra, adoptó una posición muy similar, lo que más tarde le ganó los elogios de John F. Kennedy en Profiles in Courage (traducido al castellano como “Perfiles de coraje”). El hecho de que el fiscal jefe de la Unión Soviética en Núremberg hubiese desempeñado ese mismo papel durante los infames pseudojuicios estalinistas de finales de los años 30, durante los cuales una buena parte de la vieja guardia bolchevique confesó todo tipo de cosas absurdas y ridículas, difícilmente aumentaba la credibilidad de este proceso a ojos de muchos observadores externos.

Por el contrario, Irving argumenta que si los Aliados hubieran sido los sentados en el banquillo en Núremberg, las evidencias de su culpabilidad habrían sido absolutamente abrumadoras. Después de todo, fue Churchill quien comenzó a bombardear ciudades ilegalmente para inspirar terror en la población, una estrategia que además estaba deliberadamente pensada para provocar que Alemania respondiese de la misma forma y que en última instancia provocó la muerte de un millón o más de civiles europeos. Hacia el final de la guerra, los reveses militares sufridos persuadieron al líder británico de ordenar ataques también ilegales con gas venenoso contra las ciudades alemanas, además de planificar una guerra biológica aún más mortífera mediante bombas de ántrax. Irving localizó estas órdenes firmadas en los archivos británicos, aunque Churchill fue convencido más tarde de retirarlas antes de que fueran ejecutadas. En contraste, el material presente en los archivos alemanes demuestra que Hitler se había negado repetidamente a usar ese tipo de armamento ilegal bajo ninguna circunstancia, incluso a pesar de que el arsenal de Alemania, mucho más letal, podría haber tornado el desarrollo de la guerra a su favor.

Aunque hoy se encuentra ya olvidada, Freda Utley fue una periodista de cierta importancia a mediados del siglo XX. Nacida en Inglaterra, se había casado con un comunista judío y había emigrado a la Rusia soviética, para más tarde huir a Estados Unidos después de que su marido muriese en una de las purgas estalinistas. Aunque no tenía simpatías por los nazis recién derrotados, compartía fervientemente la visión de Beaty respecto a la monstruosa perversión de la justicia ocurrida en los Juicios de Núremberg, y su relato en primera persona de los meses que pasó en la Alemania ocupada resulta revelador en cuanto a su descripción del horrible sufrimiento impuesto sobre la sufriente población alemana incluso años después del fin de la guerra. Más aún:

Su libro también trata en detalle las expulsiones de poblaciones de ascendencia germana de las regiones de Silesia, los Sudetes, Prusia oriental y otras partes de la Europa central y oriental, donde habían vivido pacíficamente durante muchos siglos, estimándose el total de expulsados entre los 13 y los 15 millones. A las familias se les daba a veces tan solo diez minutos para dejar sus hogares en los que habían residido durante un siglo o más, para después marchar a pie, en ocasiones durante cientos de kilómetros, a una tierra lejana que nunca habían visto antes, llevando consigo solo las posesiones que podían cargar en sus propias manos. En algunos casos, los hombres supervivientes eran separados y enviados a campos de trabajo esclavo, produciéndose así un éxodo constituido casi en exclusiva por mujeres, niños y ancianos. Todas las estimaciones coincidían en que al menos dos millones perecieron por el camino, ya fuera de hambre, enfermedades o frío.

Hoy en día leemos constantemente terribles relatos sobre el “Sendero de lágrimas” sufrido por los cheroquis en el lejano pasado de principios del siglo XIX, pero este evento tan similar, ocurrido en el XX, fue de una magnitud casi mil veces mayor atendiendo al número de personas. A pesar de esta enorme discrepancia en cuanto a los números y la mayor duración en el tiempo, yo aventuraría que el primero de estos acontecimientos atrae mil veces más la atención del público estadounidense. Si esto es así, se demostraría que el aplastante control de los medios puede fácilmente trastocar la realidad percibida por el público por un factor de un millón o más.

Este movimiento de la población alemana ciertamente parece haber sido el mayor proceso de limpieza étnica en la historia universal, y si Alemania hubiera hecho algo remotamente parecido durante sus años de victorias y conquistas en Europa, las acongojantes imágenes de una marea tal de refugiados maltrechos y desesperados se habría convertido sin duda en una pieza central de las numerosas películas sobre la Segunda Guerra Mundial de los últimos setenta años. Pero dado que nada parecido ocurrió por ese lado, los guionistas de Hollywood perdieron una estupenda oportunidad.

Creo que tal vez la explicación más plausible de que en Núremberg se promovieran tan ampliamente una multitud de crímenes de guerra alemanes (en muchos casos ficticios) es que hacerlo sirvió para camuflar y ocultar los crímenes de guerra, esta vez muy reales, cometidos por los Aliados.

 

Otros indicios relacionados pueden encontrarse en el tono extremista de las publicaciones estadounidenses de aquel periodo, incluso aquellas producidas antes de que nuestro país entrase en la guerra. Por ejemplo:

Ya en 1940, un judío estadounidense llamado Theodore Kaufman se enfureció tanto por lo que él consideraba el maltrato de la población judía alemana a manos de Hitler que publicó un opúsculo evocativamente titulado Germany Must Perish! (“¡Alemania debe perecer!”), en el que proponía explícitamente la exterminación total del pueblo alemán. Y ese libro aparentemente recibió críticas favorables, si bien no una discusión enteramente seria, por parte de muchos de nuestros medios más prestigiosos, incluyendo el New York Times, el Washington Post y Times Magazine.

Sin duda cualquier libro parecido publicado en la Alemania de Hitler que abogase por el exterminio de todos los judíos o eslavos habría sido una pieza central en los Juicios de Núremberg, y cualquier periódico o columnista que lo hubiera tratado favorablemente se habría sentado en el banquillo por “crímenes contra la humanidad”.

Natalie Nickerson, de 20 años, observa la calavera presuntamente perteneciente a un soldado japonés enviada por su novio desde Nueva Guinea mientras luchaba en el Pacífico (revista Life, 22 de mayo de 1944, pág. 35).
Natalie Nickerson, de 20 años, observa la calavera presuntamente perteneciente a un soldado japonés enviada por su novio desde Nueva Guinea mientras luchaba en el Pacífico (revista Life, 22 de mayo de 1944, pág. 35).

Entretanto, la terrible naturaleza de la Guerra del Pacífico desencadenada tras el ataque de Pearl Harbor era tratada en un número de la revista Life de 1944, que llevaba la foto de una joven mujer estadounidense contemplando la calavera de un soldado japonés que su novio le había enviado como un souvenir de la guerra. Si una revista nazi hubiese llevado imágenes similares en algún momento, dudo que los Aliados hubieran tenido que inventarse historias tan ridículas como las de las lámparas de piel humana o jabón hecho con las cenizas de judíos.

Y, curiosamente, esa escena grotesca nos proporciona de hecho un indicio bastante veraz de las salvajes atrocidades que se cometían con regularidad durante las brutales luchas en el frente del Pacífico. Estos desagradables hechos fueron presentados al completo en War Without Mercy (“Guerra sin piedad”) un libro muy premiado de 1986 escrito por el eminente historiador estadounidense John W. Dower, que fue aclamado con entusiasmo por importantes académicos e intelectuales.

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La terrible verdad es que los estadounidenses normalmente masacraban a los japoneses que intentaban rendirse o incluso que ya habían sido hechos prisioneros, con el resultado de que solo una pequeña fracción –durante algunos años apenas inexistente– de las tropas japonesas derrotadas en combate llegaban a sobrevivir. La excusa tradicional que se ofreció al público para explicar la ausencia de prisioneros de guerra japoneses fue que su código de honor, el bushido, hacía que rendirse fuera para ellos impensable; sin embargo, cuando los soviéticos derrotaron a los japoneses en 1945 no tuvieron dificultades para capturar a más de un millón de prisioneros. En efecto, dado que interrogar a prisioneros era importante desde el punto de vista de la inteligencia militar, los oficiales estadounidenses empezaron a ofrecer recompensas (como raciones de helado) a sus tropas con la condición de que capturasen a algún japonés vivo tras rendirse en lugar de matarlos en el momento.

Los soldados estadounidenses también cometían salvajes atrocidades con cierta regularidad. Con frecuencia, les extraían a golpes los dientes de oro a los japoneses muertos o heridos, tomándolos como botín de guerra, y a veces les cortaban las orejas para guardarlas como souvenir, lo que también ocurría en algunos casos con sus cráneos. Al relatar todo esto, Dower también subraya la falta de evidencias de que el bando contrario tuviese comportamientos semejantes. Los medios estadounidenses generalmente mostraban a los japoneses como una plaga a ser erradicada, y muchas declaraciones públicas por parte de líderes militares de alto rango sentenciaban explícitamente que el grueso de la población japonesa seguramente debería ser exterminado para poder alcanzar la paz. Resulta un ejercicio muy revelador comparar estos hechos ampliamente documentados con las más bien endebles acusaciones normalmente lanzadas sobre los líderes políticos o militares nazis.

 

A finales de la década de 1980, salieron de pronto a la luz pruebas de otro secreto celosamente guardado durante la guerra:

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Mientras estaba visitando Francia en 1986 para preparar su siguiente libro, el escritor canadiense James Bacque se topó con ciertos indicios de que uno de los secretos más terribles sobre la Alemania de la posguerra había estado totalmente tapado hasta el momento, y decidió embarcarse en una investigación exhaustiva sobre el asunto, que culminó con la publicación de Other Losses (“Otras pérdidas”) en 1989. Basándose en considerables evidencias, incluyendo registros del gobierno, entrevistas personales y testimonios de testigos que vivieron los hechos en primera persona, Bacque argumentaba que tras el fin de la guerra los estadounidenses habían dejado morir de hambre hasta a un millón de prisioneros de guerra alemanes, al parecer siguiendo directrices explícitas de sus superiores; un crimen de guerra que sin duda se encontraría entre los más terribles de la historia.

Durante décadas, los propagandistas del mundo occidental acusaron incesantemente a los soviéticos aduciendo que retuvieron a un millón o más de prisioneros de guerra alemanes “desaparecidos” como trabajadores esclavos en sus gulags; acusaciones que los soviéticos siempre negaron. Según Bacque, eran estos últimos quienes habían estado diciendo la verdad todo el tiempo, y los soldados desaparecidos habían sido parte del enorme número de refugiados que huyeron hacia el oeste en las postrimerías de la guerra, buscando lo que ellos suponían que sería un mejor trato a manos de los ejércitos británico y estadounidense. Pero en lugar de eso se les negaron todas las protecciones legales y fueron encarcelados en condiciones horribles, donde rápidamente murieron de hambre, enfermedades y frío.

Sin intentar resumir el extenso material de Bacque, es interesante mencionar algunos de los hechos que desvela. Con el fin de las hostilidades, el gobierno estadounidense empleó sofisticados argumentos jurídicos para concluir que los muchos millones de soldados alemanes que habían capturado no deberían ser considerados “prisioneros de guerra” y por tanto no tenían derecho a gozar de las protecciones otorgadas por las Convenciones de Ginebra. Poco después, los intentos de la Cruz Roja Internacional de llevar ayuda alimentaria a los numerosos campos de prisioneros de los Aliados fueron rechazados frontalmente, y se pusieron carteles en las calles de los pueblos y ciudades alemanas adyacentes que informaban de que cualquier civil que fuera descubierto intentando llevar comida a los hambrientos prisioneros de guerra sería disparado sin miramientos. Estos innegables hechos históricos parecen sugerir ciertas oscuras posibilidades.

Aunque el libro de Bacque fue inicialmente publicado por una editorial muy poco conocida, pronto se volvió una sensación y se convirtió en un superventas internacional. El autor pone al general Dwight Eisenhower como el principal culpable de la tragedia, al notar que en las áreas fuera de su control las tasas de muerte de los prisioneros de guerra eran mucho menores, y sugiere que al ser un “general político” muy ambicioso y con ascendencia germanoamericana, puede que se sintiera especialmente presionado para demostrar su “dureza” contra el ya derrotado enemigo de la Wehrmacht.

Más aún, cuando terminó la Guerra Fría y se abrieron los archivos soviéticos a los investigadores, sus contenidos parecieron validar sólidamente la tesis de Bacque. Según él, aunque los archivos contienen pruebas explícitas de atrocidades soviéticas largo tiempo negadas por el régimen, como la masacre de oficiales polacos en Katyn por orden de Stalin, no hay ningún indicio de que los rusos retuvieran a ese millón de prisioneros de guerra alemanes, que en cambio probablemente terminaron muriendo de hambre o enfermedades en los campos de exterminio de Eisenhower. Bacque señala que el gobierno alemán ha amenazado con severas repercusiones legales a cualquiera que intente investigar los lugares donde es más probable que existan fosas comunes conteniendo los restos de estos prisioneros de guerra, y en una nueva edición del libro también menciona que existen nuevas leyes en Alemania que condenan a duras sentencias de prisión a cualquiera que se atreva siquiera a cuestionar el relato oficial de la Segunda Guerra Mundial.

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En su siguiente libro publicado en 1997, Crimes and Mercies (traducido al castellano como Crimen y perdón: el trágico destino de la población alemana bajo la ocupación aliada –N. del T.), los nuevos datos aportados por la apertura de los archivos del Kremlin juegan un papel relativamente menor, dado que este trabajo se centraba en unas revelaciones aún más explosivas, llegando también a ser un superventas en varios países.

Como decía más arriba, algunos testigos que vieron en primera persona la Alemania de posguerra en 1947 y 1948, como Gollanz y Utley, habían hablado francamente de las horribles circunstancias que se encontraron, y afirmaron que durante años las raciones de comida asignadas por el estado a la población habían sido comparables a las de los prisioneros en los campos de concentración nazis, y en ocasiones aún más escasas, lo que llevó a la situación de malnutrición masiva y las epidemias que pudieron constatar en primera persona. También observaron la destrucción del mercado inmobiliario de antes de la guerra en gran parte de Alemania, así como la severa sobrepoblación producida por las oleadas de refugiados alemanes procedentes de otras partes de Europa central y oriental. Pero, como observadores extranjeros, no tenían acceso a estadísticas demográficas concluyentes, y solo podían hacer especulaciones respecto al inmenso número de muertes que el hambre y las enfermedades habían ya causado, y que sin duda continuaría creciendo si no se remediaba rápidamente.

Con años de investigación archivística a sus espaldas, Bacque se propuso responder a esta pregunta, y la conclusión que ofrece no es para nada agradable. Tanto el gobierno militar de los Aliados como las posteriores autoridades civiles alemanas parecen haber hecho un esfuerzo concertado para ocultar u oscurecer la verdadera magnitud de la calamidad que sufrieron los civiles alemanes entre 1945 y 1950. Las estadísticas de mortalidad oficiales que pueden encontrarse en los registros gubernamentales son sencillamente demasiado fantasiosas como para ser ciertas, aunque a pesar de ello se convirtieron en la base de los estudios históricos posteriores. Bacque señala que, en esos registros oficiales, las cifras indican que la tasa de mortalidad durante el terrible año de 1947 –recordado a veces como “el año del hambre” (“Hungerjahr”) y relatado vívidamente por Gollanz– habría sido menor que la de la próspera Alemania de los años 60. Sin embargo, algunos informes privados del gobierno estadounidense, los registros de muertes en localidades y municipios individuales y otras fuertes evidencias apuntan a que estos números aceptados durante tanto tiempo son básicamente ficticios.

Por su parte, Bacque intenta proporcionar estimaciones más realistas basándose en un examen de las cifras de población total en varios censos alemanes y contando a su vez con el enorme influjo de refugiados alemanes de otras partes de Europa. Con este sencillo análisis argumenta contundentemente que el exceso de muertes alemanas durante ese periodo alcanzó por lo menos los 10 millones, y posiblemente muchos más. Además ofrece también pruebas sustanciales de que la hambruna fue deliberadamente provocada, o al menos enormemente agravada, por la resistencia del gobierno estadounidense a la hora de proporcionar ayuda alimentaria. Tal vez estos números no sean del todo sorprendentes si tenemos en cuenta que el Plan Morgenthau había previsto la eliminación de alrededor de 20 millones de alemanes, y tal como demuestra Bacque algunos notables líderes estadounidenses acordaron secretamente continuar con dicho plan en la práctica a pesar de haber renegado de él en teoría.

Suponiendo que estas cifras fuesen siquiera remotamente correctas, las implicaciones derivadas de ellas serían gigantescas. La catástrofe humana experimentada por la Alemania de posguerra podría sin duda contarse entre los mayores desastres históricos ocurridos en tiempos de paz, con un número de muertes que excede ampliamente los de la hambruna en Ucrania a principios de los años 30 y posiblemente incluso acercándose a las muertes ocasionadas inintencionadamente por el Gran Salto Delante de Mao entre 1959 y 1961. Además, las muertes alemanas durante la posguerra superarían en términos cuantitativos a otros desgraciados acontecimientos históricos incluso si las estimaciones de Bacque se redujesen sustancialmente. Sin embargo, dudo mucho que siquiera una pequeña parte de la población estadounidense esté al tanto hoy de esta tremenda catástrofe humanitaria. Presumiblemente, el recuerdo de esta será más fuerte en la propia Alemania, pero dada la creciente represión legal contra toda visión discordante en tan desafortunado país, sospecho que cualquiera que hable de este asunto demasiado se arriesga a ser encarcelado inmediatamente.

Esta ignorancia histórica ha sido considerablemente promovida por nuestros gobiernos, a menudo subrepticiamente y con medios cuestionables. Tal como ocurrió en la antigua Unión Soviética, gran parte de la legitimidad política del gobierno actual de Estados Unidos y sus varios estados vasallos en Europa descansan sobre un relato particular respecto a la Segunda Guerra Mundial, y enfrentarse a dicho relato puede tener consecuencias políticas muy graves. Bacque comenta algunos de los esfuerzos que se hicieron para que ningún gran periódico ni revista publicase artículos reseñando su primer libro, ocasionando un silencio mediático deliberadamente promovido para minimizar su diseminación. Tales medidas parecen haber tenido efecto, pues hasta hace ocho o nueve años no recuerdo haber oído una sola palabra acerca de estas impactantes ideas, y ciertamente nunca las he visto seriamente debatidas en ninguno de los numerosos periódicos y revistas que tan cuidadosamente he ido leyendo a lo largo de las últimas tres décadas.

También se utilizaron medios ilegales para obstaculizar el trabajo de este académico solitario. La línea de teléfono de Bacque fue pinchada en ocasiones, su correo interceptado, sus materiales de investigación copiados sin su conocimiento, y su acceso a algunos archivos oficiales bloqueado. Algunos de los ancianos alemanes que con sus testimonios personales corroboraron su análisis recibieron notas con amenazas y sufrieron actos vandálicos en sus casas.

En su prólogo a este libro de 1997, De Zayas, el famoso abogado internacional por los derechos humanos, elogió la seminal investigación de Bacque y expresó sus esperanzas de que su obra pronto generase un debate académico para reevaluar los verdaderos hechos históricos que tuvieron lugar hacía medio siglo. Pero en la edición actualizada de 2007 dejaba ver, en cambio, su indignación porque tal debate nunca se produjese, y en su lugar el gobierno alemán se limitase a aprobar una serie de duras leyes condenando a penas de prisión a cualquiera que pusiera en duda sustancialmente la versión oficial sobre la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, por ejemplo centrándose demasiado en el sufrimiento de los civiles alemanes.

Aunque los dos libros de Bacque se convirtieron en superventas en varios países, la ausencia casi absoluta de cobertura mediática provocó que sus descubrimientos nunca entrasen de lleno en la opinión pública. Otro factor a tener en cuenta es la tremenda desproporción entre el alcance de la prensa escrita y el de los medios audiovisuales. Un libro superventas puede ser leído por decenas de millones de personas, pero siempre que Hollywood siga produciendo en masa un sinfín de películas denunciando las atrocidades cometidas por Alemania y ninguna desde la perspectiva contraria, los verdaderos hechos históricos difícilmente llegarán al gran público. Tengo la fuerte sospecha de que hoy en día seguramente hay mucha más gente que cree que Batman y Spiderman existen realmente que gente que conozca las teorías de Bacque.

 

Muchas de las cosas expuestas más arriba han sido extraídas de mis propios artículos publicados durante el último año o así, pero creo que es valioso unificar todo el material respecto a este tema aquí en lugar de tenerlo por separado, incluso si la longitud de este artículo se vuelve más que considerable.

La Segunda Guerra Mundial domina el panorama del siglo XX como un coloso desde las alturas, proyectando todavía su inmensa sombra sobre nuestro mundo actual. Aquel conflicto global probablemente haya tenido más cobertura mediática, ya sea impresa o digital, que cualquier otro acontecimiento en la historia humana. De modo que si nos encontramos con un puñado de elementos anómalos que parecen contradecir el aparente océano de información tan detallada y aceptada que normalmente contemplamos, hay una tendencia natural a despreciar a estos elementos periféricos como implausibles e incluso delirantes. Pero una vez que el número total de voces discordantes pero aparentemente bien documentadas se vuelve lo bastante alto, debemos tomarlas en serio y tal vez incluso conceder eventualmente que la mayoría de ellas sean correctas. Tal como reza una cita atribuida –aunque dudosamente– a Stalin, “la cantidad es calidad por sí misma”.

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Yo no he sido en absoluto el primero en conocer esta amplia y cohesionada contranarrativa sobre la Segunda Guerra Mundial, y hace solo unos pocos meses que leí Germany’s War (“La guerra de Alemania”), publicado en 2014 por el historiador aficionado John Wear. Basándose en fuentes que se solapan en gran medida con las que yo he mencionado aquí, sus conclusiones son también bastante parecidas a las mías, pero presentadas en un libro que incluye unas 1.200 referencias bibliográficas y documentales precisas. De modo que aquellos interesados en una exposición más pormenorizada de estos mismos asuntos pueden leerlo y decidir por sí mismos.

Cuando la libertad intelectual se encuentra bajo asedio, enfrentarse a una mitología oficialmente sacralizada puede ser legalmente peligroso. He encontrado afirmaciones de que miles de personas con opiniones heterodoxas respecto a distintos aspectos de la historia de la Segunda Guerra Mundial se encuentran hoy encarceladas a lo largo y ancho de Europa por defender tales creencias. Si esto fuera efectivamente así, nos encontraríamos ante un total de disidentes ideológicos encarcelados probablemente mucho mayor que el que hubo en los países de la Unión Soviética durante la década de 1980.

 

La Segunda Guerra Mundial terminó hace casi tres generaciones, y pocos de los que la vivieron siendo adultos siguen vivos hoy. Desde una cierta perspectiva, la cuestión de cuáles fueron los verdaderos hechos ocurridos durante el conflicto y si contradicen o no nuestras creencias tradicionales al respecto puede parecer irrelevante. Derribar las estatuas de unos personajes históricos ya largo tiempo muertos para sustituirlas por otras difícilmente parece tener algún valor en la práctica.

Pero si gradualmente llegamos a concluir que la historia que nos han contado durante todas nuestras vidas es sustancialmente falsa y tal vez incluso un reflejo inverso de la realidad, las implicaciones que esto tendría para nuestra comprensión del mundo en que vivimos serían enormes. Gran parte del sorprendente material presentado en estas páginas es público y no está guardado bajo llave en ningún archivo secreto. Casi todos los libros se pueden encontrar fácilmente en Amazon o incluso gratuitamente diseminados por internet, muchos de sus autores han recibido elogios por parte de la crítica y la academia, y en algunos casos han vendido millones de ejemplares. Sin embargo, este importante material ha sido casi completamente ignorado o desestimado por los medios de comunicación convencionales que moldean las creencias compartidas en nuestras sociedades. De modo que debemos empezar a preguntarnos necesariamente qué otras falsedades pueden haber sido igualmente promovidas por dichos medios, tal vez en torno a incidentes de nuestro pasado más reciente o incluso de la actualidad. Y estos últimos sí tienen, sin duda, una enorme relevancia práctica. Como dije hace ya varios años en mi artículo fundacional de la serie American Pravda:

Sin contar las evidencias procedentes de nuestros propios sentidos, casi todo lo que sabemos acerca del pasado o del presente que vemos en las noticias proviene de motas de tinta sobre un papel o píxeles de colores en una pantalla, y afortunadamente durante las últimas una o dos décadas el crecimiento de internet ha ampliado mucho el alcance de la información accesible en esta segunda categoría. Incluso aunque la mayor parte de las afirmaciones heterodoxas provenientes de este tipo de fuentes nuevas y digitales sea incorrecta, al menos ahora existe la posibilidad de encontrar algunas pequeñas pero importantes verdades entre las montañas de mentiras y propaganda.

Debemos entender también que muchas de las ideas fundamentales que dominan nuestro mundo presente están basadas en una perspectiva particular de lo que ocurrió durante aquella histórica guerra, y si hay buenas razones para creer que ese relato es sustancialmente falso tal vez deberíamos empezar a cuestionarnos el marco más amplio de creencias erigido a partir de él.

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George Orwell luchó en la Guerra Civil española durante los años 30 y descubrió que los verdaderos hechos eran radicalmente distintos de los que le habían llevado a creer los medios de comunicación británicos de su tiempo. En 1948, estas experiencias suyas, junto con la cristalización de la “historia oficial” sobre la Segunda Guerra Mundial que estaba ya en proceso, fueron posiblemente lo que tenía en mente cuando publicó su clásica novela 1984, en la que se puede leer la famosa cita que reza: “Quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”.

En efecto, como decía ya el año pasado, esta observación nunca ha sido más cierta que en el presente, sobre todo si consideramos los presupuestos históricos que dominan la política mundial a día de hoy y la posibilidad de que sean totalmente engañosos:

Allá por los años de la Guerra Fría, las cifras de civiles inocentes asesinados por la Revolución bolchevique y las primeras dos décadas del régimen soviético se estimaban en varias decenas de millones si se incluían las bajas de la guerra civil rusa, las hambrunas producidas por el gobierno, los gulags y las ejecuciones políticas. He oído que estas cifras han sido sustancialmente revisadas a la baja con el tiempo, hasta encontrarse en torno a los veinte millones, pero esa no es la cuestión. Aunque algunos defensores convencidos de la Unión Soviética pongan en cuestión estos números, el hecho es que siempre han sido parte del relato histórico convencional impartido en Occidente.

Al mismo tiempo, todos los historiadores saben perfectamente bien que los líderes bolcheviques eran eminentemente judíos, contándose entre ellos, por ejemplo, tres de los cinco revolucionarios que Lenin designó como sus posibles sucesores. Aunque solo un 4% de la población rusa era entonces de origen judío, hace unos años Vladimir Putin afirmó que los judíos conformaban quizás el 80-85% del gobierno soviético en sus inicios, una estimación que es coherente con las declaraciones de personajes de la época como Winston Churchill, el corresponsal del Times of London Robert Wilton o los oficiales del servicio de inteligencia del ejército estadounidense. Algunos libros recientes firmados por figuras como Alexander Solzhenitsyn, Yuri Slezkine y otros presentan un escenario parecido. Y antes de la Segunda Guerra Mundial, los judíos seguían estando enormemente sobrerrepresentados en los mandos comunistas, especialmente en torno a la administración de los gulags y en los altos cargos del temido NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos).

Estos dos simples hechos han sido ampliamente aceptados en Estados Unidos durante toda mi vida. Pero si los combinamos con la relativamente pequeña proporción de judíos a nivel mundial –unos 16 millones antes de la Segunda Guerra Mundial–, la inescapable conclusión es que, per cápita, los judíos como grupo han sido los mayores asesinos de masas del siglo XX, por un amplio margen y sin ningún otro grupo que se les acerque. Y no obstante, por virtud de la mágica alquimia de Hollywood, los mayores asesinos de los últimos cien años han sido de alguna manera transmutados en las mayores víctimas: una transformación aparentemente tan implausible que dejará seguro a las futuras generaciones con la boca abierta.

Hoy, los neocons en Estados Unidos son un grupo tan mayoritariamente judío como lo fueron en su día los bolcheviques rusos, y se han beneficiado enormemente de la inmunidad política proporcionada por esta extraña inversión de la realidad histórica. Gracias en parte a su estatus de víctimas, fabricado por los medios de comunicación, han logrado tomar el control de gran parte de nuestro sistema político, especialmente nuestra política exterior, y han pasado los últimos años haciendo todo lo posible para fomentar una guerra totalmente irresponsable contra Rusia, que es también una potencia nuclear. Si consiguen alcanzar tan desgraciado objetivo lograrán también sin duda superar las impresionantes cifras de muertes acumuladas por sus predecesores, tal vez multiplicándolas por un factor de diez o más.

 
Personal Classics
The sources of America’s immigration problems—and a possible solution
Our Reigning Political Puppets, Dancing to Invisible Strings
Talk TV sensationalists and axe-grinding ideologues have fallen for a myth of immigrant lawlessness.
The unspoken statistical reality of urban crime over the last quarter century.